El invierno en Nueva York no tiene piedad, pero el frío que calaba los huesos de Elena Soler no venía del viento que golpeaba las ventanas de la mansión en los Hamptons, sino del vacío persistente en su estómago. Eran las tres de la mañana. Sus dedos, entumecidos y manchados de tinta y tiza, apenas podían sostener la aguja de plata.
Frente a ella, sobre un maniquí decapitado, descansaba un vestido de seda color medianoche. Era una pieza arquitectónica, una obra de arte que capturaba la luz de la luna de una manera que parecía cobrar vida propia. Era el diseño principal para la colección de otoño de Soler Luxury, la empresa que su padre había construido con sudor y que ahora, tras su muerte, se había convertido en la jaula de Elena.
—Un punto más… solo un punto más —susurró Elena, su voz apenas un hilo quebradizo que se perdía en la oscuridad del sótano.
Sus ojos ardían. Llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir, alimentándose solo de agua del grifo y un pedazo de pan rancio que había logrado rescatar de la cocina antes de que Malvina, su madrastra, cerrara la puerta con llave.
De repente, el estrépito de unos tacones sobre el suelo de madera resonó como disparos en el silencio de la noche. La puerta del sótano se abrió de golpe, golpeando la pared con una violencia que hizo saltar el polvo de las vigas.
—¿Todavía no has terminado, inútil? —La voz de Malvina era como el roce de dos cristales rotos.
Entró envuelta en una bata de seda italiana que valía más de lo que Elena vería en un año. Detrás de ella, sus dos hijas, Penélope y Tiffany, entraron riendo, sosteniendo copas de champán con una indolencia insultante.
—Mamá, dile que se apure —chilló Tiffany, acercándose al vestido con dedos descuidados—. Tengo la prueba con Vogue mañana a primera hora. Si este vestido no me queda como un guante, haré que quemen todos sus bocetos.
Elena se puso de pie rápidamente, protegiendo la delicada prenda con su propio cuerpo. Sus piernas temblaron, amenazando con ceder ante el agotamiento.
—Cuidado, Tiffany… la seda es delicada —logró decir Elena con un rastro de orgullo profesional.
¡ZAS!
El impacto de la bofetada de Malvina fue tan seco que el sonido pareció quedar suspendido en el aire frío. Elena cayó al suelo, golpeándose la mejilla contra la base de hierro de la mesa de costura. El sabor metálico de la sangre inundó su boca de inmediato.
—No te atrevas a darles órdenes a mis hijas —siseó Malvina, inclinándose sobre ella. Sus ojos brillaban con un odio antiguo, una envidia que ni siquiera la muerte del padre de Elena había logrado aplacar—. Tú no eres más que una herramienta. Una sombra. Tu padre fue un estúpido al dejarte acciones en su testamento, pero recuerda quién tiene la custodia legal de tu salud y tu libertad. Si este vestido no es perfecto, volverás al internado psiquiátrico donde te encerré el año pasado. ¿Quieres volver a las descargas eléctricas, Elena?
Un escalofrío de puro terror recorrió la columna de la joven. Los meses que pasó en esa clínica, enviada bajo diagnósticos falsos de Malvina para silenciarla tras el funeral, eran la pesadilla que la mantenía sumisa.
—No, por favor —rogó Elena, con las lágrimas desbordándose y limpiando el polvo de sus mejillas—. Lo terminaré. Estará listo.
—Más te vale. —Malvina miró el vestido con una codicia depredadora—. Es hermoso. Mañana, el mundo entero dirá que Penélope es la nueva genio del diseño. Nadie sabrá jamás que la "pobre y trastornada" Elena Soler sigue viva, cosiendo en la oscuridad.
Las tres mujeres salieron de la habitación, apagando la luz principal y dejando a Elena en la penumbra de una pequeña lámpara de escritorio que parpadeaba.
Elena se abrazó a sí misma, sollozando en un silencio absoluto para no provocar otro ataque. Miró sus manos: estaban llenas de pequeñas cicatrices, pinchazos de agujas y quemaduras de plancha. Era la mejor diseñadora de Nueva York y, sin embargo, era un fantasma. Su nombre no aparecía en las etiquetas; en su lugar, el nombre de su hermanastra brillaba en letras doradas bajo los focos.
Se acercó a la pequeña ventana a ras del suelo. Desde allí, solo podía ver los neumáticos de los autos de lujo estacionados en la entrada. Recordó a su padre, cómo él solía llamarla su "pequeña aguja de oro". Él le prometió que algún día ella dirigiría el imperio. Pero él ya no estaba, y ella estaba atrapada en un contrato de servidumbre disfrazado de cuidado familiar.
Pasaron las horas. El sol empezó a teñir de un gris sucio el cielo de Long Island. Elena terminó el último dobladillo invisible. Sus ojos estaban tan hinchados que apenas podía ver la punta de la aguja.
A las siete de la mañana, Malvina regresó. Esta vez no vestía su bata, sino un traje de sastre impecable. Su expresión no era de furia, sino de una calma calculadora que asustó a Elena aún más.
—Levántate y lávate esa cara —ordenó Malvina, tirándole un sobre grueso sobre la mesa—. Tenemos invitados. Bueno, un invitado.
—¿Quién? —preguntó Elena, limpiándose la sangre seca del labio con el dorso de la mano.
—Tu salvación… o tu sentencia de muerte —respondió Malvina con una sonrisa gélida—. La empresa está en quiebra, Elena. Tus "geniales" diseños no han sido suficientes para pagar las deudas de juego de tus hermanas y mi estilo de vida. Necesitamos una inyección de capital inmediata.