Cenizas en la Pasarela

Capítulo 2.

Nueva York no recibió a Elena con luces brillantes, sino con un cielo de plomo y una lluvia helada que empañaba los cristales del Bentley negro. Sentada en el asiento trasero, Elena apretaba su viejo bolso contra su pecho con los nudillos blancos. Era lo único que conservaba de su madre: un accesorio de cuero gastado que desentonaba de forma casi ofensiva con el lujo estéril del vehículo.

A su lado, Malvina revisaba su maquillaje en un pequeño espejo de mano, ajena por completo al temblor en las manos de su hijastra.

—Escúchame bien, Elena —dijo Malvina sin dejar de retocarse los labios de un rojo agresivo—. Entraremos en la Torre Volkov, firmarás el acta matrimonial ante el juez privado y te quedarás allí. No quiero llamadas, no quiero quejas. Si Adrián decide que duermas en el suelo, dormirás en el suelo.

—¿Ni siquiera podré llevar mis telas? —La voz de Elena sonó pequeña, casi infantil, ahogada por la opresión del pecho.

Malvina soltó una carcajada seca y cruel mientras guardaba el labial.

—¿Telas? Vas a la casa de un hombre que maneja fondos de inversión, no a un taller de costura. Tus bocetos se quedan conmigo. Mañana mismo los registraré a nombre de Penélope. Es hora de que ella brille, y tú... bueno, tú solo asegúrate de no espantar al señor Volkov con esa cara de mártir.

El coche se detuvo frente a un rascacielos de cristal negro que parecía perforar las nubes como una daga de obsidiana. La Torre Volkov.

Al bajar, el viento cortante de la Quinta Avenida azotó el delgado abrigo de Elena, que apenas la protegía de la inclemencia neoyorquina. Caminó tras Malvina, sintiéndose como una prisionera marchando hacia el patíbulo. El vestíbulo era una catedral de mármol frío y seguridad armada. Nadie las saludó; simplemente las escoltaron hacia un ascensor privado que subió a toda velocidad hacia el piso 80, provocando que los oídos de Elena estallaran por la presión.

Cuando las puertas se abrieron, el silencio era absoluto, roto solo por el zumbido del sistema de climatización. El despacho de Adrián Volkov era inmenso, con paredes de cristal que ofrecían una vista aterradora y vertiginosa de la ciudad. En el centro, detrás de un escritorio de piedra oscura, estaba él.

Adrián Volkov no era el anciano decrépito que Elena había imaginado en sus peores pesadillas. Era un hombre joven, de unos treinta años, con hombros anchos y un rostro tallado en ángulos severos, como si hubiera sido esculpido en granito. Sus ojos, grises como el acero fundido, ni siquiera se levantaron de los documentos que estaba revisando.

—Llegan dos minutos tarde —dijo él. Su voz era un barítono profundo que vibró en el pecho de Elena, cargado de una autoridad implacable que no admitía réplicas.

—El tráfico de Manhattan, ya sabe, señor Volkov —se apresuró a decir Malvina con una sonrisa servil que él ignoró por completo.

Adrián finalmente levantó la vista. Su mirada recorrió a Elena de arriba abajo, deteniéndose con frialdad en su labio ligeramente hinchado por el golpe de la noche anterior y en su ropa barata. No hubo rastro de compasión en su expresión, solo un destello de desprecio profesional.

—¿Esta es la chica? —preguntó Adrián, como si estuviera evaluando la calidad de un mueble usado—. Parece que se va a desmayar si soplo sobre ella.

—Es resistente, se lo aseguro —respondió Malvina, empujando a Elena hacia adelante sin ninguna delicadeza.

Elena tropezó y estuvo a punto de caer frente al escritorio. Se sintió humillada, expuesta bajo la luz cruda de la oficina. Podía ver su propio reflejo en el cristal de la ventana: pálida, con ojeras profundas que parecían moretones, una sombra de la mujer que alguna vez soñó con ser.

—Firma aquí —ordenó Adrián, deslizando un documento hacia ella. No se levantó. No le ofreció una silla. No hubo un "mucho gusto" ni un gesto mínimo de cortesía.

Elena tomó la pluma estilográfica. Pesaba en su mano como si fuera de plomo. Sus dedos estaban tan fríos que apenas podía sostenerla. Leyó rápidamente el encabezado: Contrato de Convivencia Matrimonial. Las cláusulas eran brutales: ella no tenía derecho a su fortuna, no podía hablar con la prensa sin autorización, debía estar disponible para eventos sociales y, lo más doloroso, aceptaba que el matrimonio no sería consumado a menos que él lo decidiera.

Ella era, legalmente, una posesión.

—Firma, Elena —presionó Malvina, apretándole el hombro con sus uñas largas, recordándole con el dolor quién mandaba.

Con una lágrima silenciosa rodando por su mejilla pálida, Elena firmó. En ese instante, sintió que entregaba no solo su apellido, sino lo último que quedaba de su alma.

—Bien —dijo Adrián, poniéndose de pie. Era mucho más alto de lo que parecía sentado, una figura imponente que dominaba toda la estancia. Se acercó a Malvina y le entregó un sobre con un cheque—. Aquí está el primer pago para salvar su empresa. Ahora, llévese sus cosas y deje a mí... esposa.

Malvina tomó el cheque con una avidez repugnante, sus ojos brillando de codicia. Ni siquiera miró a Elena para despedirse. Se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor sin decir adiós, sin un gramo de remordimiento por haber abandonado a su hijastra en la guarida de un lobo.

Elena se quedó sola en medio de la inmensa oficina. El silencio era tan pesado que podía oír los latidos desbocados de su propio corazón. Adrián caminó hacia el ventanal, dándole la espalda, observando su imperio desde las alturas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.