Cenizas en la Pasarela

Capítulo 3.

El ala este del ático de Adrián Volkov era un monumento al minimalismo: paredes de un blanco quirúrgico, muebles de diseñador que parecían esculturas de hielo y un silencio sepulcral que hacía que el sonido de los pasos de Elena resultara escandaloso, casi un sacrilegio. El ama de llaves, una mujer de rostro severo y mirada impenetrable llamada la señora Gable, la había dejado en una habitación inmensa antes de marcharse sin mediar palabra, como si Elena fuera simplemente una pieza más del mobiliario que Adrián acababa de adquirir.

Elena se sentó en el borde de la cama matrimonial. Las sábanas de seda de mil hilos se sentían frías, ajenas contra su piel. Miró a su alrededor con una opresión en el pecho; no había ni una fotografía, ni un libro, ni una sola mancha de color que delatara humanidad. Todo en la vida de Adrián era como él: impecable, caro y aparentemente carente de alma.

Se levantó, impulsada por una inquietud nerviosa, y caminó hacia el gran vestidor. Al abrir las puertas, se encontró con una fila interminable de vestidos de noche, abrigos de piel y zapatos de suelas rojas. Todos eran de su talla, seleccionados con una precisión que le dio escalofríos.

—Comprada y empaquetada —susurró Elena, acariciando con amargura un vestido negro.

De repente, sus dedos se detuvieron. Reconoció la caída de la tela, el corte del escote. Miró la etiqueta: Soler Luxury. Era uno de los diseños que ella misma había dibujado, llorando de cansancios en el sótano de los Hamptons, apenas un mes atrás. Verlo allí, colgado en un armario extraño, le recordó que Malvina ya estaba lucrando con su matrimonio mientras le robaba su identidad artística frente a todo Nueva York.

Un nudo de rabia y tristeza se formó en su garganta. No podía quedarse allí sentada esperando a ser la "esposa decorativa" de un hombre que la despreciaba por una ambición que no era suya, sino de la mujer que la había vendido al mejor postor.

Buscando algo que la hiciera sentir real, Elena empezó a revisar los cajones del fondo del vestidor, ocultos tras las cajas de zapatos. En un rincón polvoriento, encontró algo que no encajaba con la estética glacial del ático: una pequeña caja de madera vieja. Al abrirla, sus ojos se iluminaron por primera vez en días.

Era un kit de costura básico, pero completo. Hilos de seda, unas tijeras de acero oxidado y un puñado de agujas. Quizás pertenecía a alguna empleada anterior o era un vestigio olvidado de la madre de Adrián. Para Elena, era un tesoro de valor incalculable. Era su única arma.

—Si quieres una muñeca de exhibición, Adrián, te daré una que no olvidarás —murmuró, mientras sus ojos se fijaban en un vestido de gala color champán que colgaba del armario. Era elegante, pero aburrido; una prenda sin alma para una mujer que él creía vacía y codiciosa. Le faltaba fuego. Le faltaba dolor.

Elena sacó el vestido y lo extendió sobre la alfombra. Pasó las siguientes horas trabajando bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal, proyectando sombras alargadas sobre la seda. No necesitaba máquinas; sus manos, expertas tras años de esclavitud, se movían con una precisión quirúrgica, casi febril.

Desmontó el cuello rígido, creó pliegues asimétricos que fluían como agua y, usando hilos que rescató de la caja, bordó pequeñas flores de cerezo casi invisibles en el dobladillo, ocultando entre los pétalos una marca que era su rebelión silenciosa: una "E" minúscula.

Cerca de las cinco de la mañana, el clic de la cerradura la sobresaltó. La puerta de la habitación se abrió de golpe.

Adrián estaba allí, con la camisa desabrochada y la corbata colgando del cuello con un descuido peligroso. Se veía cansado, pero su mirada seguía siendo una cuchilla afilada. Se detuvo en seco al ver a Elena en el suelo, rodeada de retazos de tela, con el cabello desordenado y una aguja entre los labios.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó él, entrando en la habitación. Su voz era un gruñido bajo que erizó el vello de la nuca de Elena.

Elena no se encogió. Se puso de pie lentamente, con la espalda recta, sosteniendo el vestido transformado frente a ella como si fuera un escudo.

—Me pidió que no pareciera una huérfana rescatada —dijo ella, con una calma desafiante que lo sorprendió—. El vestido que compró era mediocre, carecía de carácter. Lo he mejorado.

Adrián se acercó, sus ojos grises recorriendo la prenda con una intensidad que Elena sintió físicamente. Por un segundo, un destello de algo parecido al asombro cruzó sus facciones, pero lo borró de inmediato con una mueca de calculada indiferencia. Para él, esto solo era otro truco de una mujer astuta tratando de llamar su atención.

—No te pagué para que fueras mi costurera, Elena. Te pagué para que fueras mi esposa ante las cámaras. Mañana es la gala de la Fundación Volkov. Vendrán gobernadores, banqueros y la prensa más voraz del país. No me hagas quedar en ridículo con tus inventos de aficionada.

Se acercó tanto que ella pudo sentir el calor embriagador que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con su actitud gélida.

—Si ese vestido se deshace en mitad del salón, te juro que desearás no haber salido nunca de la casa de tu madrastra —amenazó él, bajando la voz hasta que fue casi un susurro letal en su oído.

Elena sintió un escalofrío, pero esta vez no era solo de miedo. Era una chispa de adrenalina, de puro desafío.




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