Cenizas en la Pasarela

Capítulo 4.

El hotel The Pierre, frente a Central Park, resplandecía bajo la luz de mil lámparas de cristal. Era el epicentro del poder de Nueva York, un escenario donde las fortunas se sellaban con champán y las reputaciones se destruían con un susurro. Fotógrafos y reporteros se amontonaban tras las vallas de seguridad, esperando captar la primera imagen del "Carnicero de Wall Street" con su misteriosa y repentina esposa.

Dentro del coche, el silencio era asfixiante. Adrián vestía un esmoquin negro hecho a medida que resaltaba su figura imponente y sus hombros anchos. No había mirado a Elena en todo el trayecto, pero sus nudillos blancos al apretar su teléfono delataban que no estaba tan tranquilo como aparentaba.

—Recuerda —dijo él mientras el chófer abría la puerta—. No hables a menos que sea necesario. Sonríe, asiente y mantente cerca de mí. Si te preguntan por nuestra boda, di que fue un flechazo en París. No dejes que nadie vea la grieta en esa historia.

Elena respiró hondo, tratando de ignorar el nudo en su estómago. El vestido que había transformado la noche anterior se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, fluyendo con una elegancia que ella misma apenas reconocía. Al bajar del coche, el estallido frenético de los flashes la cegó por un segundo. Sintió el impulso primitivo de retroceder, de esconderse de nuevo en la oscuridad de su sótano, pero una mano firme y cálida se posó a la altura de su espalda.

Adrián la atrajo hacia él con una posesividad que le quitó el aliento.

—Camina —susurró él cerca de su oído, su aliento rozándole la piel—. No agaches la cabeza. Ahora eres una Volkov. Actúa como si este lugar te perteneciera.

Al entrar en el salón, un murmullo recorrió la estancia. Elena era una visión de elegancia rota y sofisticada. Su diseño era único, una pieza que gritaba arte y dolor, lejos de las marcas comerciales que todas las demás invitadas lucían. Pero el verdadero drama comenzó cuando, entre la multitud, aparecieron tres figuras vestidas de colores chillones y joyas excesivas: Malvina, Penélope y Tiffany.

Malvina se detuvo en seco, su copa de champán temblando en su mano enguantada. Sus ojos se clavaron en el vestido de Elena con una mezcla de horror y furia contenida. Reconoció el diseño original que le había robado, pero la transformación era tan magistral que la dejó sin palabras por un instante.

—Vaya, pero si es la "enferma" de mi hijastra —dijo Malvina, acercándose con una sonrisa venenosa que no llegaba a sus ojos—. Señor Volkov, espero que Elena no le esté dando muchos problemas. Es tan... inestable, como ya le advertí.

Adrián no soltó la cintura de Elena. Al contrario, la apretó más contra su costado, una señal de advertencia que Elena sintió vibrar en todo su cuerpo.

—Al contrario, Malvina —respondió Adrián con una voz tan gélida que pareció bajar la temperatura del salón—. Mi esposa es una revelación. Aunque me pregunto cómo es que su firma, Soler Luxury, presenta diseños tan... mediocres últimamente, comparados con lo que Elena lleva puesto esta noche.

Penélope se puso roja de rabia, perdiendo el poco decoro que tenía.

—¡Ese vestido es una copia barata de nuestra nueva colección! —exclamó, olvidando dónde estaba—. Elena, ¿cómo te atreves a robarnos de esta manera?

Elena sintió que el pánico subía por su garganta como ácido. El trauma de años de ser llamada ladrona y mentirosa por ellas amenazaba con quebrarla frente a toda la élite de Manhattan. Bajó la mirada, esperando el regaño de Adrián, esperando que él se diera cuenta de que ella solo traía problemas.

Pero Adrián no la regañó. Dio un paso adelante, cubriendo a Elena con su sombra imponente, enfrentándose a las tres mujeres con una mirada asesina que hizo que Tiffany diera un paso atrás.

—Cuidado con sus palabras, señorita Soler —dijo Adrián en un tono peligrosamente bajo—. Está hablando de mi esposa. Si insinúa una vez más que ella es una ladrona, me encargaré personalmente de que no quede ni un hilo de su empresa para mañana al mediodía. ¿Fui lo suficientemente claro?

Malvina palideció, dándose cuenta de que Adrián no estaba jugando. En el mundo de los negocios, una amenaza de un Volkov era una sentencia de muerte financiera.

—Solo... era una broma, Adrián —tartamudeó Malvina, retrocediendo mientras forzaba una sonrisa falsa—. Disfruten de la noche.

Cuando se alejaron, Elena sintió que sus piernas fallaban. Se apoyó ligeramente en el brazo sólido de Adrián, sintiendo la tela de su esmoquin bajo sus dedos.

—Gracias —susurró, sorprendida por su defensa.

Adrián la miró de reojo, y por primera vez, no hubo desprecio en sus ojos, sino una curiosidad oscura y perturbadora.

—No lo hice por ti —mintió él, aunque su corazón latía con una furia protectora que no lograba comprender—. Lo hice porque nadie insulta lo que me pertenece. Ahora, vamos. Hay gente que quiere conocer a la mujer que "diseñó" su propio vestido de bodas.

Elena se dio cuenta de algo en ese momento: Malvina era un monstruo que conocía bien, pero Adrián Volkov era un enigma mucho más peligroso. Él la protegía del mundo, pero ¿quién la protegería de él?

Mientras caminaban hacia el centro del salón, Elena vio a lo lejos a un hombre mayor, sentado en una silla de ruedas, observándola con una agudeza inquietante. Era el abuelo de Adrián, el patriarca de los Volkov. Y en su mirada no había la frialdad que Elena esperaba, sino una tristeza profunda que ella reconoció de inmediato: la soledad de los que viven en la cima.




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