Cenizas en la Pasarela

Capítulo 5.

El aire en el salón del hotel The Pierre era denso, saturado de perfumes caros y conversaciones sobre acciones que subían y caían como hachazos. Adrián guiaba a Elena con una eficiencia mecánica, presentándola a hombres de negocios de mirada gélida y mujeres que la escaneaban como si fuera un activo más en el balance general de los Volkov. Elena mantenía una sonrisa ensayada, pero por dentro se sentía como una impostora; cada vez que alguien elogiaba su vestido, la marca de la aguja en su dedo índice parecía arder.

—Quédate aquí. No te muevas y no hables de más —ordenó Adrián, soltando su cintura con una brusquedad que la hizo tambalear—. Tengo que hablar con el senador. Trata de parecer... encantadora.

Elena asintió, agradecida por el respiro. Se alejó hacia una mesa de aperitivos, buscando un rincón donde la luz de los flashes no fuera tan directa. Sin embargo, antes de alcanzar una copa de agua, una voz ronca y cargada de una autoridad antigua la detuvo.

—Ese vestido no lo hizo un sastre de la Quinta Avenida, por mucho que mi nieto presuma de su chequera.

Elena se giró y se encontró frente al hombre de la silla de ruedas. Su rostro era un mapa de arrugas profundas, pero sus ojos eran de un azul eléctrico que conservaba toda la agudeza de su juventud. Era Viktor Volkov, el patriarca.

—Señor Volkov —dijo Elena, haciendo una pequeña inclinación—. Es un honor.

—Déjate de formalidades, niña. Estoy viejo, pero no ciego —Viktor señaló con su bastón el bordado casi invisible de las flores de cerezo en el dobladillo—. Esos puntos son manuales. Tensión constante, acabado invisible. Solo alguien que ha pasado miles de horas frente a una lámpara puede lograr esa precisión. Adrián es un experto en activos, pero un analfabeto en belleza; él cree que compraste eso para impresionarlo, pero yo sé reconocer el trabajo de alguien que pone su vida en la tela.

Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. En años de servidumbre bajo Malvina, nadie había analizado su trabajo con tanta profundidad. Viktor no veía un vestido; veía su sacrificio.

—Lo hice yo —admitió ella en un susurro, mirando de reojo hacia la multitud—. Pero se lo ruego, no se lo diga a su nieto. Él prefiere creer que soy... lo que mi madrastra le vendió: una mujer ambiciosa que solo busca un apellido.

Viktor soltó una carcajada seca.

—Mi nieto es un genio para los números, pero un absoluto idiota para la vida. Cree que las personas son como las empresas: entes que se compran y se desechan. Pero tú... tú tienes los ojos de alguien que ha sobrevivido a un incendio y ha decidido construir algo con las cenizas.

Elena bajó la mirada, abrumada por la franqueza del anciano.

—A veces las cenizas son lo único que queda, señor Volkov.

—Entonces asegúrate de que el fuego valga la pena —sentenció Viktor—. Adrián te ve como una inversión de riesgo. Demuéstrale que es la única apuesta que no puede permitirse perder.

Antes de que Elena pudiera responder, Adrián regresó. Su presencia enfrió el aire de inmediato. Su expresión se endureció al ver a su abuelo hablando tan íntimamente con ella.

—Veo que ya conociste al patriarca —dijo Adrián, colocándose entre ambos de forma posesiva—. Abuelo, no la aburras. Elena no está acostumbrada a tus interrogatorios.

—No la estoy aburriendo, muchacho —respondió Viktor, mirando a su nieto con sabiduría—. Le estaba diciendo que tiene un talento que tu limitada visión financiera no comprende. Ten cuidado, Adrián. A veces, por mirar tanto los activos, uno ignora que tiene un diamante en bruto quemándole las manos.

Adrián frunció el ceño, irritado por el acertijo.

—Ya es suficiente de filosofía. El coche nos espera y tengo una junta a primera hora.

Se despidieron de Viktor con una formalidad tensa, pero mientras caminaban hacia la salida, Elena sintió la mirada del anciano clavada en su nuca. Una vez dentro del Bentley, el silencio ya no era de indiferencia, sino de sospecha. Adrián no miró su teléfono; la observaba de reojo, analizando su perfil como si buscara la "falla" que su abuelo había detectado.

—¿De qué hablaron realmente? —preguntó él de repente, con su voz barítona rompiendo la calma—. Mi abuelo no desperdicia palabras con cualquiera.

—Hablamos de la tela y de la vida —respondió Elena, fija en las luces de los rascacielos—. Tu abuelo es un hombre que sabe observar, Adrián. Quizás deberías aprender de él.

Adrián soltó un bufido de desdén.

—Mi abuelo está perdiendo la lucidez. Ve fantasmas donde solo hay conveniencia —se acercó a ella, invadiendo su espacio personal—. No te confundas, Elena. Él busca un heredero y cree que cualquier cara bonita es la solución. Pero yo sé por qué estás aquí. Sé cuánto dinero recibió tu madrastra y sé que harías cualquier cosa por este lujo.

Elena se giró para enfrentarlo. La cercanía era tal que podía oler su perfume a sándalo.

—¿Realmente crees que me importa tu dinero? —preguntó con una amargura que lo descolocó por un segundo.

—Es lo único que le importa a la gente de tu clase —sentenció él, aunque su mirada descendió a los labios de Elena—. Mañana tenemos la sesión de fotos para la revista Lifestyle. Vendrán al ático. Quiero que actúes como la esposa devota. La prensa sospecha que este matrimonio es un arreglo frío, y mi abuelo exige que nuestra imagen sea impecable.




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