Cenizas en la Pasarela

Capítulo 6.

El ático de la Torre Volkov se había transformado en un set de fotografía de alta gama. Cables negros serpenteaban por el suelo de mármol, luces robóticas suavizaban las sombras de las paredes blancas y un equipo de estilistas, maquilladores y asistentes se movía con la precisión de un ejército. En el centro de todo, Alexander, un fotógrafo de moda famoso por su capacidad para desnudar el alma de sus modelos con un solo clic, ajustaba su lente con impaciencia.

Elena estaba sentada frente a un espejo de tocador, permitiendo que una mujer de manos rápidas aplicara capas de maquillaje sobre su rostro. Se sentía como un lienzo en blanco siendo pintado para una exposición en la que no quería participar. A través del reflejo, vio entrar a Adrián. Vestía una camisa de lino blanco con los primeros botones desabrochados y unos pantalones oscuros que le daban un aire de elegancia relajada, pero su mandíbula seguía tan tensa como la de un depredador acechando.

—¿Estás lista? —preguntó él, ignorando a los estilistas. Su mirada se encontró con la de Elena en el espejo.

—Lo estaré cuando terminen de ocultar mis ojeras —respondió ella con una calma que no sentía.

—Recuerda lo que hablamos en el coche —dijo Adrián, bajando la voz mientras se inclinaba sobre ella—. La revista Lifestyle no quiere fotos con una pareja acartonada. Quiere el romance del siglo. Quiere que las mujeres de este país envidien tu lugar y que los hombres envidien el mío. Si Alexander te pide que me mires como si me amaras, lo haces.

Elena tragó saliva, sintiendo el calor de su presencia tan cerca.

—Sé actuar, Adrián. He pasado años fingiendo que no existo. Fingir que te quiero será solo otra capa de maquillaje.

Él entrecerró los ojos, pero antes de que pudiera responder, Alexander los llamó al set. El escenario era el inmenso ventanal que mostraba el skyline de Manhattan. El sol de la tarde bañaba la estancia con una luz dorada y cinematográfica.

—Bien, señores Volkov —exclamó Alexander, gesticulando con las manos—. Olviden que hay veinte personas aquí. Quiero intimidad. Adrián, rodea a tu esposa con los brazos. Elena, apóyate en su pecho. Necesito ver esa conexión eléctrica de la que todos hablan.

Adrián dio un paso adelante y, con una lentitud deliberada, rodeó la cintura de Elena. Sus manos, grandes y firmes, se posaron sobre su abdomen. Elena contuvo el aliento. A través de la fina seda de su vestido, sentía cada dedo de él, el calor de su palma y la fuerza de su agarre. Se obligó a apoyarse contra su pecho, escuchando el latido rítmico y potente de su corazón.

—Más cerca —instó el fotógrafo—. Elena, gira la cabeza. Mira a tu marido. Adrián, baja la vista hacia ella. No me den poses de catálogo de oficina; denme fuego.

Elena levantó la vista. Al hacerlo, se encontró con los ojos grises de Adrián a solo unos centímetros de los suyos. Eran como tormentas contenidas. Podía oler su perfume, ese aroma a sándalo que ahora asociaba con su nueva jaula, y sintió una corriente eléctrica recorrerle la columna. No era miedo, o al menos no solo eso. Era una atracción peligrosa y prohibida que la dejó sin aliento.

—Relájate —susurró Adrián, y su aliento rozó sus labios—. Estás temblando.

—Es el aire acondicionado —mintió ella, aunque sabía que él no le creía.

—Mírense como si el resto del mundo hubiera desaparecido —gritó Alexander mientras el obturador de la cámara disparaba frenéticamente—. ¡Eso es! Adrián, acaricia su mejilla. Elena, cierra los ojos un segundo.

La mano de Adrián subió por su cuello, rozando la delicada piel de su garganta antes de acunar su rostro. El pulgar de él pasó lentamente por el labio inferior de Elena, justo donde aún quedaba una pequeña marca de la bofetada de Malvina, ahora oculta por el maquillaje. El contacto fue tan íntimo, tan cargado de una ternura fingida que parecía real, que Elena se olvidó de actuar por un momento. Sus pestañas temblaron y, sin darse cuenta, se inclinó hacia su toque.

Por un microsegundo, la máscara de Adrián se rompió. Su mirada ya no era fría; era hambrienta, confusa, como si estuviera descubriendo algo en el rostro de Elena que no figuraba en sus informes financieros.

—¡Perfecto! ¡Increíble! —exclamó Alexander, rompiendo el hechizo—. Ahora, una más. Elena, pon tus manos sobre las de él. Quiero ver vuestras manos unidas.

Elena obedeció, pero al colocar sus manos sobre las de Adrián, el pánico la invadió. Sus dedos, marcados por las cicatrices de las agujas, quedaron expuestos bajo las potentes luces del set. Intentó esconderlos, pero Adrián, con un movimiento rápido, entrelazó sus dedos con los de ella, obligándola a mantenerlos a la vista del lente.

Ella lo miró con súplica, temiendo que el fotógrafo viera la verdad de su pasado, pero Adrián no la soltó. Al contrario, apretó su mano con una firmeza que se sintió como una protección real, ocultando las peores marcas con sus propios dedos.

—Sigue mirando a la cámara —le ordenó él en un susurro imperceptible—. Yo te cubro.

La sesión continuó durante dos horas más. Cambios de vestuario, diferentes ángulos, pero la tensión solo aumentaba. Cada vez que Alexander pedía más cercanía, las barreras entre ellos se volvían más delgadas. En una de las últimas tomas, Adrián tuvo que susurrarle algo al oído para lograr una expresión de complicidad.




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