La noche había caído sobre Manhattan, pero el ático de la Torre Volkov no conocía la verdadera oscuridad. Las luces de la ciudad se filtraban por los inmensos ventanales, dibujando rectángulos de plata sobre el frío suelo de mármol. Elena se había despojado del maquillaje pesado, pero no podía deshacerse de la sensación opresiva que la presencia de Adrián dejaba en cada rincón de la estancia.
Se encontraba en la cocina, buscando un vaso de agua para calmar la sequedad de su garganta, cuando lo vio. Adrián estaba de pie frente al ventanal del salón, con un vaso de whisky y la mirada perdida en el abismo de luces de la gran manzana. Vestía una camiseta negra que marcaba la tensión de sus hombros, una figura imponente que recordaba por qué lo llamaban el "Carnicero de Wall Street": un hombre que no negociaba, sino que despedazaba a sus oponentes hasta que no quedaba nada de ellos más que ruinas.
Elena intentó retroceder, pero el leve sonido de sus pasos sobre el mármol lo alertó. Él poseía la agudeza sensorial de un depredador.
—Es tarde para estar deambulando, Elena —dijo él sin girarse. Su voz era un murmullo profundo que cortó el aire como una cuchilla afilada.
—No podía dormir —respondió ella, obligándose a mantener la voz firme para no darle el placer de verla quebrada—. Supongo que la "estrategia" de hoy fue demasiado agotadora para ambos.
Adrián se giró lentamente. La luz de la luna iluminaba la mitad de su rostro, dejando la otra en una sombra impenetrable, acentuando la dureza de sus facciones. Caminó hacia la mesa de centro y tomó la tableta, deslizándola hacia Elena con un gesto cargado de una indiferencia hiriente.
—Míralas. Alexander ha enviado los previos. Mañana estarán en todas las redacciones de moda del país.
Elena tomó el dispositivo. En la pantalla, las imágenes eran asombrosas desde el punto de vista estético, pero lo que la detuvo fue la foto de sus manos unidas. El contraste entre la piel perfecta, cuidada y poderosa de él y sus dedos maltratados era evidente. Recordó con amargura cómo él los había apretado durante la sesión, no por afecto, sino por control.
—Tus manos, Elena —dijo él, rompiendo el silencio con un tono de asco apenas disimulado. Se acercó un paso, rodeándola con esa aura de peligro que siempre lo acompañaba—. Malvina me advirtió sobre ellas. Me dijo que son el recordatorio físico de tu falta absoluta de control.
Elena sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. —¿Falta de control?
—El juego —sentenció Adrián con un desprecio cortante, como si pronunciara una palabra sucia—. Tu madrastra fue muy clara al respecto. Me explicó que esas cicatrices y el temblor de tus dedos no son por "trabajo", sino el resultado de noches enteras de ansiedad y vicios que no puedes costear. Una mujer enferma por el azar que se muerde las manos hasta sangrar cuando las cartas no le favorecen.
Elena abrió la boca para defenderse, para gritarle que esas manos habían creado el vestido que él mismo había elogiado indirectamente, pero Adrián la silenció con una mirada tan gélida que le heló la sangre.
—No intentes negarlo. Malvina me confesó que te has convertido en una carga insoportable para ellas. Que tus deudas y tu inestabilidad estaban hundiendo el apellido Soler en el fango. Por eso aceptaron este arreglo. No te vendieron por avaricia, Elena; te entregaron porque eras una responsabilidad que ya no podían sostener. Eres la única responsable de la ruina de tu propia casa.
La injusticia de sus palabras golpeó a Elena como un impacto físico, dejándola sin aire. Malvina no solo le había robado su talento y su juventud, sino que había diseñado una mentira tan perversa que la convertía a ella en la villana de su propia tragedia frente al hombre que ahora era su dueño legal.
—¿Y tú te creíste cada una de sus palabras? —susurró ella, apretando el borde de la tableta hasta que le dolieron los nudillos.
—Creo en los hechos —respondió él, dándole un sorbo lento a su whisky, disfrutando de su posición de poder—. El hecho es que, para controlar tu desequilibrio, tuvieron que mantenerte encerrada en un sótano, escondida del mundo como un secreto vergonzoso y sucio. El hecho es que tu familia necesitaba el dinero de este contrato para sobrevivir a tus errores. No me importa quién eres realmente, pero ten algo claro: conmigo las cosas no van a ser fáciles. No me conmuevo con lágrimas ni caritas inocentes. Conozco todos los trucos de las mujeres como tú.
Adrián dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco y se acercó tanto que Elena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Su perfume a madera y ambición la mareaba.
—Me llaman el Carnicero por una razón —siseó él, su aliento rozándole el rostro—. Despedazo a mis oponentes en los negocios porque no tengo un ápice de piedad con la debilidad. Y tú eres la definición de debilidad, Elena. No esperes que te salve de tus vicios ni que sienta lástima por esas manos. Para mí, eres una transacción que debe mantenerse impecable ante la prensa. Si vuelves a causarle un solo problema a mi imagen, te juro que desearás haberte quedado en ese sótano para siempre.
Él bajó la mirada a las manos de ella con una mueca de repugnancia antes de añadir:
—Y por el amor de Dios, a partir de mañana, usa guantes. Haz lo que sea necesario para ocultar tus imperfectas manos. Me producen náuseas.