Cenizas en la Pasarela

Capítulo 8.

La mansión de los Soler en los Hamptons siempre había sido un monumento a la apariencia. Aquella mañana, el salón principal estaba impregnado del aroma a café caro y de una energía malévola que parecía espesar el aire. Sobre la mesa de mármol descansaba la edición física de la revista Lifestyle. La portada era un triunfo de la mentira: Adrián Volkov, el hombre más temido de Wall Street, sujetando a Elena como si fuera su tesoro más preciado.

Penélope, sentada en uno de los sofás de terciopelo, arrojó su iPad con un golpe seco que resonó en la estancia. Sus ojos, cargados de una envidia patológica, no se apartaban de la imagen de su hermanastra.

—No entiendo por qué ella tiene que estar ahí —gruñó Penélope—. Se supone que este arreglo era para salvarnos a nosotras, no para que esa rata de sótano terminara viviendo en un ático de lujo, luciendo joyas que valen una fortuna. Mírala, mamá. Parece que realmente se cree una reina.

Malvina se giró con una parsimonia aterradora. Tomó la revista y acarició el rostro de Elena en la foto con una uña perfectamente afilada, como si decidiera dónde clavar el colmillo.

—Paciencia, Penélope. No seas corta de miras —dijo Malvina con voz melosa—. Elena no es más que un puente. Adrián Volkov es un hombre de inteligencia pura, frío y calculador. Ahora mismo la acepta porque cree que es un objeto que debe gestionar, pero mi guion es perfecto. La semilla de su inestabilidad ya está plantada en la mente de ese hombre.

—Pero la gente está fascinada con ella —intervino Tiffany, la menor de las hermanas, quien analizaba cada detalle con ambición—. Si él se llega a encariñar, nuestro control sobre el dinero se perderá.

Malvina soltó una carcajada seca y caminó hacia Tiffany, tomándola por la barbilla con una delicadeza que daba escalofríos.

—Adrián Volkov no se encariña con nada que no rinda beneficios, querida. Él la ve como una carga inestable, una adicta al juego que solo sabe destruir. El plan siempre ha sido este: dejamos que Elena abra las puertas de la Torre Volkov, que soporte los primeros golpes de la crueldad del "Carnicero", y cuando ella finalmente se quiebre bajo el peso de su desprecio y él la deseche como basura, tú estarás ahí.

Tiffany sonrió de medio lado, captando la magnitud de la traición.

—Elena está dañada —continuó Malvina—. Una vez que ella colapse bajo la presión de la vida pública y el maltrato de Adrián, sugeriremos que necesita ser internada para su "protección". En ese vacío, Tiffany, entrarás tú. El Carnicero necesitará una esposa de verdad, no un "error" constante. Obtendremos el apellido, el prestigio y la fortuna. Elena solo está calentando el asiento de tu futuro trono, y para que otra no lo ocupe, más que tú. Es una pieza sacrificable que descartaremos cuando deje de sernos útil.

A kilómetros de distancia, en el gélido silencio del ático en Manhattan, Elena sentía el peso de su soledad. Estaba de pie en la biblioteca, rodeada de miles de libros, sintiéndose como un objeto decorativo más. Sus manos estaban ocultas bajo los guantes de seda blanca que Adrián le había ordenado usar. Para ella eran mordazas. Cada vez que movía los dedos, la seda le recordaba que su verdadera identidad como creadora estaba prohibida.

Adrián estaba sentado tras su escritorio de caoba, envuelto en un aura de autoridad implacable. No levantó la vista de los documentos mientras hablaba.

—Toma el sobre que está sobre la mesa —ordenó él—. Es el guion para tu entrevista de mañana en Good Morning New York. Memorízalo. No quiero una sola vacilación. Dirás que nuestro matrimonio fue el resultado de años de amistad discreta. Dirás que tu padre, antes de morir, me confió tu tutela porque sabía que tú no podías valerte por ti misma.

—¿Incluso si cada palabra es un insulto a su memoria? —preguntó Elena. Su voz sonó pequeña en la inmensidad de la sala—. Mi padre murió intentando protegerme de la ambición de Malvina, no entregándome a un hombre que me trata como a un mueble.

Adrián finalmente levantó la mirada. Sus ojos grises eran dos témpanos capaces de diseccionar el alma de Elena.

—Tu padre murió en la ruina absoluta porque no supo gestionar el desastre que eres —sentenció él con una frialdad que la dejó sin aliento—. Eres una carga, Elena. Una mujer inestable que se muerde las manos por la ansiedad de sus vicios. Si no fuera por este apellido, estarías en un hospital psiquiátrico. Así que harás lo que se te ordena. Mañana quiero que seas la esposa devota que Nueva York espera ver.

—¿Y si me canso de mentir para ti? —desafió ella, aunque por dentro se desmoronaba.

Adrián se puesto de pie, rodeando el escritorio con la elegancia peligrosa de un lobo. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Su perfume a sándalo y poder la invadió, reclamando el aire a su alrededor.

—Si dejas ver una sola grieta de esa inestabilidad, si me haces perder un solo centavo por un escándalo sobre tu salud mental, te juro que cumpliré el deseo de tu madrastra —siseó él—. Te enviaré a una clínica en Suiza de la que no saldrás nunca. Allí no necesitarás guantes, porque no tendrás nada que tocar. ¿Fui claro?

Elena sintió que el desprecio de Adrián dolía más que cualquier bofetada del pasado. Era la injusticia de ser juzgada por pecados ajenos por el único hombre que ahora tenía poder total sobre ella.

—Eres un monstruo, Adrián —susurró ella, negándose a llorar frente a su verdugo.




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