El estudio de Good Morning New York era un hervidero de luces cegadoras y personal corriendo con auriculares. El aire estaba cargado de electricidad y el penetrante olor a laca para el cabello. Elena estaba sentada en un sofá de cuero blanco, frente a un set decorado con flores frescas y una vista artificial de Central Park. A su lado, Adrián proyectaba una imagen de poder absoluto; su traje gris marengo acentuaba la frialdad de sus ojos, convirtiéndolo en la definición misma de un monarca moderno.
Elena sentía que los guantes de seda blanca, que apretaban sus dedos bajo la atenta mirada de las cámaras, eran lo único que mantenía sus pedazos unidos.
—Treinta segundos para el aire —anunció un asistente.
Adrián se inclinó hacia ella, simulando un gesto de cariño para los que observaban tras bambalinas, pero su voz fue un susurro gélido en su oído que le erizó el vello de la nuca.
—Si fallas una sola palabra del guion, el avión a Suiza saldrá esta misma noche. Sonríe, Elena. Haz que crean que eres feliz antes de que decida convertirte en un fantasma.
Las luces se encendieron y la presentadora, Sarah, comenzó la introducción con esa falsa calidez profesional.
—Elena, todos nos preguntamos... ¿cómo es que una mujer tan hermosa se mantuvo oculta tanto tiempo antes de este flechazo repentino con el soltero más codiciado de Manhattan?
Elena sintió que la garganta se le cerraba. Miró a Adrián por el rabillo del ojo; él la observaba con la intensidad de un juez esperando la sentencia.
—Fue... una decisión familiar —comenzó Elena, repitiendo las palabras del guion que había memorizado bajo coacción—. Mi padre siempre quiso que yo estuviera alejada del ruido de la prensa hasta que encontrara a alguien en quien confiar plenamente.
—¿Y ese hombre fue Adrián? —preguntó Sarah, volviéndose hacia él—. Adrián, se dice que usted solo invierte en negocios seguros. ¿Qué vio en Elena?
—Vi una joya que necesitaba ser protegida de sí misma —respondió Adrián con una fluidez aterradora. Colocó su mano sobre la de Elena, apretándola justo lo suficiente para que ella sintiera la advertencia—. Elena es de una sensibilidad delicada. Tras la pérdida de su padre, su familia y yo acordamos que lo mejor era formalizar nuestra unión para que ella tuviera la estabilidad que su condición... requiere.
El uso de la palabra "condición" fue un golpe bajo. Elena vio cómo la presentadora captaba el matiz de inmediato. La trampa de Malvina estaba funcionando: Adrián estaba confirmando ante millones de personas que ella era alguien frágil, alguien mentalmente inestable que necesitaba ser "gestionado".
—Hablando de su padre —dijo Sarah, inclinándose hacia delante—, hay rumores de que el matrimonio fue el último recurso para salvar el legado de Soler Luxury de sus supuestos errores financieros y crisis personales. Elena, ¿qué tienes que decir a quienes piensan que eres una carga para los Volkov?
El silencio cayó sobre el estudio. Elena sintió el sudor frío bajo la seda de sus guantes. Esa pregunta no estaba en el guion; era el veneno de Malvina filtrado estratégicamente. Adrián endureció la mandíbula, esperando que ella se quebrara. Pero algo en el interior de Elena, algo que había sobrevivido a años de sótano, se rebeló.
—Mi padre amaba su legado —dijo Elena, mirando fijamente a la cámara con una claridad que desarmó a la presentadora—. Y si algo me enseñó, es que la verdad siempre encuentra su camino, sin importar cuántas capas de seda intenten ocultarla. No confundan mi silencio con debilidad. Estoy aprendiendo a ocupar mi lugar.
Adrián la miró con una mezcla de sorpresa y furia contenida. No era la respuesta sumisa que él esperaba. En cuanto las cámaras se apagaron, Adrián soltó su mano como si quemara y la guio con brusquedad hacia el camerino privado. Al cerrar la puerta, se giró con una violencia contenida.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó él, su voz era un trueno bajo—. Te di un guion para proteger mi imagen, y decidiste jugar a ser la filósofa frente a todo el país.
—Solo defendí la memoria de mi padre, Adrián —dijo ella, quitándose los guantes con manos temblorosas—. No puedo seguir diciendo que soy el desastre que Malvina te vendió.
—¡Es lo que eres para este contrato! —rugió él, acorralándola contra la pared—. Por tu improvisación, los analistas buscarán significados ocultos. Malvina tenía razón: eres un espécimen impredecible.
Elena lo miró con desafío, a pesar de que su corazón martilleaba.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Llamar al avión para Suiza?
Adrián la observó con desprecio, pero luego retrocedió, recuperando su máscara de hielo.
—No. Suiza sería demasiado fácil. Tenemos una semana —dijo él, cruzándose de brazos—. En siete días, Malvina y tus hermanas llegarán a Nueva York para una visita oficial. Se hospedarán aquí, en la Torre. Vamos a celebrar una cena de gala para anunciar nuestra "felicidad" y tú vas a demostrarles que puedes ser la esposa perfecta.
—¿Vienen aquí? —el pulso de Elena se aceleró.
—Exacto. Tienes siete días para aprender a comportarte, Elena. Siete días para que me demuestres que no eres la carga inútil que Malvina describió. Si para el final de esa semana vuelves a avergonzarme o si permites que tu supuesta "inestabilidad" cause un escándalo, te juro que yo mismo te entregaré a la clínica de la que tanto te habló tu madrastra. No habrá más oportunidades.