Cenizas en la Pasarela

Capítulo 10.

El ático de la Torre Volkov no era un hogar; era una jaula de cristal y acero diseñada para la obediencia absoluta. Tras la entrevista televisiva, el ambiente se había vuelto gélido, transformando el lujo en una prisión de alta seguridad. Adrián apenas le dirigía la palabra, pero su control se había intensificado de una manera humillante. No necesitaba estar presente para asfixiarla; sus órdenes, ejecutadas con precisión militar por el personal, lo hacían por él.

Esa mañana, Elena intentó acercarse a la puerta principal con la vana esperanza de sentir el aire de la calle, pero un hombre de seguridad le cerró el paso con una cortesía mecánica que escondía una amenaza latente.

—Lo siento, señora Volkov. El señor ha dado instrucciones claras: no tiene permitido abandonar el ático sin su consentimiento expreso. Es por su "estabilidad".

Elena retrocedió, sintiendo el peso de la humillación quemándole las mejillas. Regresó al salón principal, donde Adrián terminaba de anudarse la corbata frente a un espejo veneciano que parecía reflejar solo la perfección y la frialdad.

—¿Soy tu prisionera ahora, Adrián? —preguntó ella, tratando de que su voz no temblara frente a aquel hombre que parecía no tener sangre en las venas.

Él se giró lentamente, ajustándose los puños de la camisa. Sus ojos grises, como dos témpanos de hielo, la recorrieron con una desaprobación que la desnudaba de toda dignidad.

—Eres una responsabilidad, Elena. Y una bastante costosa —respondió él con voz monocorde—. Después de tu vergonzoso despliegue en la televisión, no voy a arriesgarme a que deambules por Nueva York. Malvina fue muy clara sobre tus hábitos: si te dejo salir sola, terminarás en algún casino clandestino despilfarrando lo que queda de mi paciencia o, peor aún, empañando el apellido Volkov con una de tus crisis públicas.

—¡Eso es mentira! Malvina te ha llenado la cabeza de veneno —replicó ella, dando un paso al frente.

Adrián soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor. Caminó hacia ella y, con un gesto brusco, le arrebató el pequeño bolso que ella sostenía. Lo abrió y extrajo su billetera, vaciándola sobre la mesa de mármol. Solo cayeron unas monedas y una identificación.

—No hay tarjetas de crédito, Elena. He cancelado cualquier acceso que pudieras tener a cuentas bancarias —sentenció él, observando su reacción con crueldad—. No vas a manejar ni un solo dólar de mi fortuna para alimentar tus vicios. Si necesitas algo, se lo pedirás a mi asistente. Ella evaluará si es una necesidad básica o un capricho de tu mente inestable. Eres un espécimen bajo vigilancia, nada más.

—Me dejas sin nada... ni siquiera para comprar un hilo —susurró ella, apretando los puños.

—Te dejo con lo que mereces: supervisión —cortó él—. Tienes siete días antes de que llegue tu familia. Siete días para aprender a ser la esposa sumisa que este contrato exige. Si para cuando Malvina llegue no has aprendido a controlar esos impulsos neuróticos, te juro que la clínica en Suiza dejará de ser una amenaza para convertirse en tu nueva dirección permanente.

Adrián salió del ático sin esperar respuesta, dejando tras de sí un silencio sepulcral. Elena se quedó sola, temblando de rabia y desamparo. Sin dinero, sin libertad y sin voz. Sin embargo, su instinto de supervivencia, forjado en el sótano donde Malvina la ocultaba, la obligó a buscar una salida. Sabía que los edificios de este calibre tenían rutas de escape para el servicio.

Le tomó horas de observación silenciosa, escondida tras las columnas, hasta que encontró una pequeña puerta cerca de la lavandería que llevaba a un ascensor de carga. Se deslizó dentro con el corazón martilleando contra sus costillas. El ascensor la dejó varios pisos más abajo, en una zona de mantenimiento que olía a detergente y metal.

Fue allí, caminando por pasillos de cemento, donde el aroma a vapor y tela fina la detuvo en seco. Era un olor que sus dedos reconocían antes que su cerebro. Se asomó a una habitación amplia y luminosa: la sastrería privada de la torre, un santuario de telas preciosas y máquinas de coser que brillaban bajo las luces fluorescentes.

—Es mala educación espiar, niña —dijo una voz rasposa, cargada de años y autoridad.

Elena se tensó, lista para huir. Una mujer mayor, de cabello canoso recogido en un moño severo y manos nudosas, la observaba desde una inmensa mesa de corte. Era Madame Arlette. No sonreía; sus ojos eran tan afilados como las tijeras de acero que sostenía con firmeza.

—Yo... me perdí —mintió Elena, apretando sus manos enguantadas contra su pecho, sintiéndose pequeña bajo aquella mirada inquisidora.

Arlette la miró de arriba abajo, deteniéndose en su postura defensiva. No la reconoció como la flamante "esposa de Volkov" de las revistas; solo vio a una chica pálida, con los hombros hundidos y los ojos cargados de un terror antiguo que Arlette conocía demasiado bien.

—Te perdiste en el mundo de allá arriba, supongo —dijo Arlette, volviendo a su costura sin darle más importancia—. Ese lugar donde el aire es tan caro que no se puede respirar. Si buscas un rincón donde el ruido no te explote el oído, este es el sitio. Siéntate si quieres, pero no me hagas preguntas. No me gusta la gente que habla demasiado.

Elena, sin saber a dónde más ir, se sentó en el rincón más oscuro del taller, manteniendo su máscara de silencio. Durante horas, el único sonido fue el rítmico golpe de la aguja atravesando la seda y el vapor de la plancha. Elena observaba cada movimiento de la anciana con una fascinación que no podía ocultar. Su mente, hambrienta de creación, devoraba la técnica de Arlette. Sin darse cuenta, sus propios dedos empezaron a moverse bajo los guantes, imitando las puntadas en el aire con una memoria muscular asombrosa.




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