Cenizas en la Pasarela

Capítulo 11.

El sexto día de la tregua amaneció con una calma engañosa, una neblina que cubría los rascacielos y que parecía imitar la opacidad de la vida de Elena. Para Adrián, ella seguía siendo la misma mujer rota, una sombra dócil que habitaba los rincones del ático; él no sospechaba que, bajo los inseparables guantes de seda blanca, la piel de Elena estaba recuperando su fuerza.

El ungüento de Arlette había obrado el milagro de cerrar las grietas físicas, pero Elena se aseguraba de mantener sus manos ocultas, usando la seda como una barrera entre su verdadera identidad y el mundo que pretendía destruirla.

Su estrategia era clara: la sumisión absoluta. Durante el desayuno, bajo la luz fría del comedor, Elena bajaba la mirada, respondía con monosílabos y aceptaba cada orden de Adrián con una obediencia que rozaba lo servil.

—Mañana llega tu familia, Elena —dijo Adrián, sin apartar la vista de su tablet—. Espero que el servicio haya preparado la suite de invitados según las instrucciones de tu madrastra. No toleraré escenas ni crisis nerviosas. El prestigio de esta casa no se negocia.

—Todo está listo, Adrián —respondió ella con voz suave, casi inaudible—. Solo quiero que ellas vean que estoy... cumpliendo con lo pactado. Que nada ha cambiado.

Él levantó la vista, escrutando su rostro pálido con una mezcla de aburrimiento y posesión. La docilidad de Elena le resultaba cómoda, una confirmación diaria de su poder. Para el "Carnicero de Wall Street", ella ya no era una amenaza, sino un virus bajo control total, una pieza de software defectuosa que finalmente había sido parcheada.

—Me alegra que por fin entiendas tu lugar —concluyó él, levantándose para irse—. Volveré tarde. Tengo una cena con inversores internacionales. No me esperes despierta.

En cuanto el ascensor se cerró, Elena se despojó de la máscara. Sus hombros se enderezaron y sus ojos recuperaron un brillo gélido. Como se había vuelto costumbre en esos días, aprovechó su "invisibilidad" para bajar por la ruta de servicio al taller de Arlette.

Durante esas horas, Elena se convirtió en la sombra de la anciana. Sin que Arlette sospechara quién era realmente aquella "niña perdida", Elena se ganó su confianza a través del trabajo duro y el silencio. Le ayudaba a organizar los carretes de hilo por colores, a limpiar las mesas de corte y a hilvanar piezas sencillas. Incluso, en un gesto de gratitud, Elena comenzó a prepararle un refrigerio sencillo cada tarde: té de jazmín y pequeñas tostadas, compartiendo un espacio donde la jerarquía de la Torre Volkov no existía.

—Tienes manos para algo más que solo hilvanar, muchacha —le dijo Arlette un día, entregándole un cuaderno de dibujo de tapas gastadas y un carboncillo—. Si no puedes hablar lo que sientes, dibújalo. A veces el papel aguanta más que el alma.

Elena guardó ese cuaderno como si fuera oro. En la soledad de su habitación, cuando las luces de la ciudad eran lo único que la acompañaba, empezó a diseñar a escondidas. Eran vestidos que gritaban libertad, líneas agresivas y elegantes que Malvina jamás podría imaginar. Para proteger su secreto, encontró un falso fondo en el inmenso armario del ático, ocultando el cuaderno tras una fila de abrigos de piel que Adrián le había comprado solo para exhibirla.

Esa última noche antes de la llegada de su familia, Elena no podía dormir. La ansiedad le cerraba la garganta. Cerca de la medianoche, bajó a la cocina en busca de un vaso de agua, moviéndose en la penumbra. El ático estaba silencioso, o eso creía ella. Al pasar cerca del despacho de Adrián, una luz tenue que se filtraba por la puerta entornada le llamó la atención. Creyó que él se había quedado dormido trabajando o que había olvidado apagar las luces.

Se acercó con cautela, pero al estar a unos pasos, un sonido la detuvo en seco. No era el murmullo de papeles, sino un jadeo ahogado, rítmico, seguido de un quejido femenino que hizo que el vaso de agua en su mano vibrara.

El corazón le martilleaba en las costillas. Empujó la puerta apenas unos milímetros, movida por una curiosidad dolorosa. Al asomarse por la rendija que daban a los paneles de descanso, la imagen la golpeó como un impacto físico.

Adrián estaba allí. Pero no estaba solo.

Una mujer de espaldas, con el cabello rubio cayendo en cascada sobre sus hombros desnudos, estaba sentada sobre el escritorio de cuero, con la ropa interior de encaje negro a medio caer. Adrián estaba frente a ella, con la camisa blanca desabrochada y las manos apoyadas con fuerza en la mesa, acorralándola entre sus brazos. La escena tenía una carga sexual cruda; la luz de la lámpara de escritorio bañaba la piel sudorosa de la desconocida mientras ella arqueaba la espalda, buscando los labios de Adrián con desesperación.

Elena vio la tensión en los hombros de su marido, sus manos grandes apretando los bordes de la mesa mientras se hundía en el cuello de la mujer con una pasión voraz, una escena digna de películas para adultos. El hombre que la llamaba "enferma" y "neurótica", el que exigía una moralidad e imagen impecable para proteger su apellido, se estaba revolcando con una extraña en el mismo despacho donde firmaba sus contratos millonarios.

Elena retrocedió, sintiendo que el aire se volvía ácido. No era celos lo que sentía —no podía sentir celos por un monstruo—, sino un asco visceral y una epifanía violenta. Era la confirmación de que Adrián Volkov era un hipócrita de la peor calaña. Mientras la amenazaba con encerrarla en un manicomio en Suiza por sus supuestos "vicios", él satisfacía los suyos bajo su propio techo, burlándose de su matrimonio de contrato en su propia cara.




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