El ático de la Torre Volkov, con sus techos infinitos y su decoración minimalista, se sentía más pequeño que nunca. El aire estaba viciado por el perfume floral y excesivo de Malvina, una fragancia que a Elena les recordaba a sus peores años de encierro. Sus hermanastras, Penélope y Tiffany, se movían por el salón como si estuvieran en una pasarela, evaluando cada mueble, cada cuadro y cada centímetro de mármol con una avaricia que no se molestaban en ocultar.
Adrián estaba de pie junto al ventanal, con la mandíbula tensa. Desde el incidente del despacho —donde Elena lo había visto en una situación que aún le provocaba náuseas—, él parecía más irritable. Sin embargo, su desprecio por Elena seguía intacto; para él, ella seguía siendo el "virus" que debía controlar hasta que el contrato le permitiera deshacerse de ella.
—¡Elena, querida! Mírate, pareces un poco más... presentable —exclamó Malvina, acercándose para darle un beso en el aire que Elena recibió con la rigidez de una estatua—. Adrián, espero que no te esté dando demasiados problemas. Ya sabes que su mente suele traicionarla cuando se siente bajo presión.
—Elena sabe que en esta casa no hay espacio para sus crisis, Malvina —respondió Adrián con voz gélida, lanzándole una mirada de advertencia a su esposa.
Elena bajó la mirada, manteniendo sus manos enguantadas entrelazadas frente a ella.
—Solo trato de ser una buena esposa, madrastra —susurró Elena, usando esa voz pequeña y dócil que tanto les gustaba—. Adrián ha sido muy... estricto conmigo.
—Como debe ser —sentenció Malvina con una sonrisa triunfal.
La llegada de un invitado adicional cambió el ritmo de la tarde. Las puertas se abrieron para dar paso a la silla de ruedas de Viktor Volkov. El patriarca entró con su habitual aire de autoridad antigua, su bastón de ébano descansando sobre sus piernas y sus ojos azules eléctricos escaneando la habitación hasta detenerse en Elena.
—Veo que el lado carente de clase de los Soler ha llegado para contaminar el aire de la torre —gruñó Viktor con su franqueza habitual.
—¡Abuelo! —exclamó Adrián, acercándose con un respeto que no mostraba por nadie más—. No esperábamos que bajaras hoy.
—Bajo cuando quiero, muchacho. Y menos mal que lo hice —Viktor señaló a Elena con su bastón—. Acércate, niña. Mi nieto dice que sigues siendo una carga, pero yo sigo viendo a alguien que sabe más de lo que calla. Llévame a la terraza, necesito tomar un poco de aire fresco y este lugar se ha llenado de ruidos innecesarios.
Elena se acercó con pasos suaves, sintiendo la mirada asesina de Malvina clavada en su nuca. Adrián intentó colocarse entre ellos para tomar las manijas de la silla, pero la mirada de Viktor lo detuvo en seco.
—Señor Volkov —dijo Elena con una pequeña inclinación—. Me alegra volver a verlo. La terraza está perfecta en este momento.
—Recuerdo lo que hablamos, Elena —dijo el anciano en voz baja una vez que estuvieron a unos metros del resto—. Hablamos de las cenizas y del fuego. Adrián cree que te tiene bajo llave, pero yo sé reconocer un diamante que está empezando a cortar el cristal.
Elena sintió un escalofrío. Viktor no la veía como una loca; la veía como una amenaza necesaria para el orden establecido por su nieto.
—Deme tiempo, señor Volkov —respondió ella en un susurro apenas audible—. Solo necesito un poco de tiempo.
Viktor soltó una carcajada seca y, tras unos minutos de silencio frente al horizonte de la ciudad, pidió regresar a donde estaba Adrián.
—He decidido algo, Adrián. Malvina quiere que seamos inversionistas y tú quieres el control. Les daré quince días. Quince días hasta el evento benéfico de la fundación. Si para entonces Elena no ha demostrado ser la esposa impecable que nuestra imagen requiere, aceptaré que la traslades a esa clínica en Suiza de la que tanto hablas. Pero si ella brilla... tú tendrás que empezar a escucharla.
Adrián frunció el ceño, claramente molesto por la interferencia de su abuelo, pero asintió. Quince días eran suficientes para que Elena cometiera un error. Malvina y Tiffany intercambiaron miradas de complicidad; quince días era tiempo de sobra para terminar de destruir los nervios de Elena y deshacerse de ella de una vez por todas.
La cena fue un suplicio de humillaciones encubiertas. Viktor Volkov se había retirado apenas se sentaron a la mesa, dejándola sola frente a las hienas. Tiffany se sentó al lado de Adrián, usando un vestido con un escote que dejaba poco a la imaginación, rozando su brazo constantemente y riendo de sus comentarios sobre la bolsa de valores.
—Es tan refrescante hablar con un hombre que entiende de poder —decía Tiffany, ignorando olímpicamente a Elena—. No sé cómo soportas tanto silencio en esta mesa, Adrián. Debes sentirte muy solo con este intento de esposa que apenas sabe decir "sí".
Adrián no la apartó. De hecho, Elena notó cómo su mirada se desviaba hacia el pecho de Tiffany con una mezcla de cinismo y deseo. "Hipócrita", pensó Elena, mientras recordaba la imagen de la mujer rubia en el despacho. El hombre que le exigía pureza y estabilidad se deleitaba con el coqueteo barato de su hermanastra frente a su propia cara.
—Elena está acostumbrada al silencio —dijo Adrián, cortando su carne con precisión—. Es lo mejor que sabe hacer. Y sabe lo que le conviene, o terminará en Suiza antes de que termine el plazo.