Cenizas en la Pasarela

Capítulo 13.

El primer día de los quince pactados por Viktor Volkov amaneció con un sol pálido que apenas lograba calentar los fríos cristales del ático. Elena se despertó antes que el resto, una costumbre arraigada de sus días en el sótano, donde el silencio absoluto era su único aliado para sobrevivir. Se aplicó el ungüento de Arlette con parsimonia, observando con una mezcla de asombro y triunfo cómo la piel de sus manos recuperaba una lozanía que contrastaba violentamente con la oscuridad de su situación actual.

Al bajar al comedor, la escena que encontró fue el primer recordatorio de que aquel lugar, aunque llevara su nombre en los registros civiles, no era su hogar. Malvina presidía la mesa con la autoridad de quien se cree dueña de un imperio recién conquistado, revisando documentos financieros mientras Tiffany, envuelta en una bata de seda transparente que no dejaba nada a la imaginación, desayunaba frente a un Adrián que parecía absorto en su computadora. Penélope, por su parte, revisaba su celular soltando risitas ante lo que fuera que veía en la pantalla, ignorando por completo el protocolo.

—Buenos días —susurró Elena, manteniendo la cabeza baja, la espalda ligeramente encorvada y los guantes blancos impecables.

—Vaya, la bella durmiente ha decidido honrarnos con su presencia —se burló Tiffany, lanzándole una mirada cargada de veneno—. Adrián y yo estábamos comentando lo productiva que será esta semana. Él nos llevará a la oficina para que empecemos a familiarizarnos con los departamentos de diseño de Volkov Holdings. Pero primero, las niñas se irán con él para una revisión de los activos.

Elena sintió una punzada, pero no era el dolor de los celos, sino el fuego de la indignación. Penélope y Tiffany iban a ocupar su lugar, a sentarse en las sillas que por derecho le correspondían en la empresa que legalmente debería haber sido parte de su herencia.

—Me parece una idea excelente, madrastra —dijo Elena, dirigiéndose a Malvina con una cortesía tan gélida que rozaba lo irónico—. Penélope y Tiffany siempre han tenido un don especial para... las apariencias. Estoy segura de que sabrán encajar perfectamente en el decorado.

Adrián levantó la vista de golpe. Por un segundo, sus ojos grises buscaron los de Elena, intentando descifrar si había un dardo envenenado tras ese comentario. Pero ella sostuvo la máscara de sumisión intacta, sus ojos fijos en la taza de té.

—Tú te quedarás aquí, Elena —sentenció Adrián, cerrando su laptop con un golpe seco que resonó en todo el comedor—. Malvina dice que necesitas reposo absoluto para que tus "episodios" no arruinen la sesión de fotos de mañana. No quiero que salgas de este piso sin mi autorización expresa. ¿Ha quedado claro?

—Como digas, Adrián. Solo quiero ser una carga menos para ti —respondió ella, sentándose en el extremo más alejado de la mesa, como si buscara hacerse pequeña.

Durante el desayuno, Elena soportó en silencio la humillación de ser tratada como un mueble viejo mientras sus hermanastras planeaban su futuro. Tiffany no dejaba de tocar el brazo de Adrián, riendo de forma estridente ante cualquier comentario insignificante. Sin embargo, Elena notó que la mirada de Adrián volvía a ella una y otra vez. Él la estaba analizando, buscando la falla en su sumisión, inquieto por ese silencio que, lejos de parecer roto, se sentía... estratégico.

En cuanto ellos se marcharon, el ático quedó bajo el mando de la madrastra. Malvina se acercó a Elena, atrapándola contra el aparador.

—No te creas muy lista por lo que dijo Viktor, Elena —siseó, su rostro a centímetros del de su hijastra—. Ese viejo no estará aquí para siempre. Tienes quince días para demostrar que eres útil. Si Adrián te dice que saltes, lo haces sin protestar y le preguntas a qué altura en el aire. ¿Me has entendido? O te juro que la clínica en Suiza no será el lugar más acogedor en el que hayas estado.

Elena no respondió con palabras, solo con un asentimiento sumiso que ocultaba el odio que le quemaba la garganta. Esperó a que Malvina se encerrara en la suite de invitados para deslizarse por el ascensor de servicio. Necesitaba la paz del taller de Arlette.

Al llegar, la sastre la recibió con su habitual aspereza protectora. Elena sacó el cuaderno de dibujo que se había convertido en su aliado silencioso, el refugio de sus obras robadas.

—Necesito tela, Arlette. Pero no cualquier tela —dijo Elena, su voz recuperando la firmeza que solo tenía en aquel sótano—. Necesito algo que brille bajo las luces, algo imposible de ignorar. Si Adrián quiere una esposa impecable para el evento de la fundación, le daré una que nunca podrá arrancar de su memoria.

Arlette la observó con orgullo contenido. —¿Adrián Volkov? —preguntó, elevando una ceja.

—Sí. Es mi esposo por contrato —respondió Elena con amargura.

—Cuidado, estás jugando con fuego, niña. El fuego que no se controla siempre quema a quien lo enciende —advirtió la anciana.

—Quiero mi venganza y mi libertad, Arlette. Y para obtenerlas, no hay otra forma más que comenzar el incendio.

Pasó horas hilvanando no solo seda, sino su propia red. Entendió que para derrotar al "Carnicero" no debía enfrentarlo, sino volverse una necesidad. Tenía que hacer que su silencio fuera más intrigante que la verborrea de Tiffany.

Regresó al ático justo antes del anochecer. Para su sorpresa, el lugar estaba en calma. Adrián llegó solo; las "niñas" y Malvina se habían quedado en un evento de moda en la ciudad. Elena lo esperaba en el salón, sentada cerca de la chimenea con un libro de arte. La luz del fuego bailaba en su rostro, dándole una apariencia etérea, casi fantasmal.




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