Cenizas en la Pasarela

Capítulo 14.

La mañana de la sesión de fotos para la revista Lifestyle comenzó con el ático invadido por extraños. Fotógrafos, asistentes con paraguas de iluminación y estilistas se movían por el salón principal como una coreografía ensayada. Malvina y sus hijas se habían asegurado de estar en primera fila, observando con ojos de halcón cada movimiento de Elena, esperando el más mínimo error, el primer rastro de la supuesta "inestabilidad" que justificara su encierro definitivo.

Elena estaba sentada frente al tocador de su habitación mientras una maquilladora profesional trabajaba en su rostro. Llevaba los guantes puestos, como siempre, pero esta vez eran de un encaje negro tan fino que parecía una segunda piel, elegante y letal a la vez.

—Señora Volkov, tiene una piel envidiable —comentó la maquilladora—. Casi no necesita retoques.

—Es el beneficio de vivir en las sombras —respondió Elena con una voz tan suave que la mujer no supo si era un cumplido o una amarga queja.

Adrián entró en la habitación sin llamar. Iba impecable en un traje hecho a medida en gris grafito que resaltaba la dureza de su mandíbula y el brillo metálico de sus ojos. Se detuvo detrás de ella, observando su reflejo en el espejo con una frialdad analítica. La maquilladora se retiró discretamente, sintiendo la presión en el aire que siempre acompañaba al "Carnicero".

—Espero que estés lista para tu mejor actuación, Elena —dijo él, apoyando sus manos en los hombros de ella. Elena sintió el peso de su contacto y, por un instante, la imagen de la mujer rubia en su despacho cruzó su mente, llenándola de un asco renovado que transformó en fuerza.

—No te preocupes, Adrián. Sé exactamente qué papel debo interpretar —respondió ella, mirándolo fijamente a través del espejo—. Una esposa sumisa, una joya silenciosa que adorna tu imperio. Es lo que pagaste, ¿no?

Adrián entreabrió los labios, a punto de replicar ante el dardo oculto en sus palabras, pero el fotógrafo jefe asomó la cabeza por la puerta interrumpiendo el momento.

—Señor Volkov, estamos listos. La luz en el gran salón es perfecta ahora mismo.

La sesión fue un campo de batalla disfrazado de glamour. El fotógrafo les pedía cercanía, calidez; esa chispa que convence al mundo de que un matrimonio es real. Adrián, experto en el arte de la manipulación de imagen, rodeaba la cintura de Elena con una posesividad que ante la cámara parecía protección, pero que ella sentía como una cadena de hierro.

—Míralo a él, Elena. Con adoración —pidió el fotógrafo.

Elena levantó la vista hacia Adrián. Sus ojos se encontraron. En lugar de la mirada vacía que él esperaba, Elena le sostuvo la mirada con una intensidad que lo dejó helado. No había adoración; había un desafío silencioso, una inteligencia punzante que le gritaba sin palabras: "Sé quién eres realmente, y aun así, estoy aquí ganándote el juego".

Adrián se tensó. Sus dedos se apretaron involuntariamente en la cintura de ella. Por un segundo, el control que él tanto presumía se tambaleó. ¿Cómo podía esa mujer, a la que todos llamaban loca, tener una mirada tan lúcida y peligrosa?

Desde un rincón, Malvina observaba la escena con los labios apretados en una línea fina. Tiffany, por su parte, no dejaba de hacer comentarios en voz alta para intentar desestabilizarla.

—¡Qué buena actriz es mi hermana! —exclamó Tiffany, riendo con falsedad—. Casi parece que no ha pasado los últimos meses encerrada gritando en el sótano, ¿verdad, mamá?

El fotógrafo y su equipo se quedaron en silencio, incómodos ante la crueldad del comentario. Adrián lanzó una mirada gélida a Tiffany, pero fue Elena quien respondió, sin dejar de mirar fijamente al lente de la cámara.

—La memoria es una facultad curiosa, Tiffany —dijo Elena con una sonrisa perfecta y aterradora—. Algunos olvidan lo que hicieron, otros recordamos cada detalle. Pero hoy estamos aquí para hablar de futuro, no de los sótanos del pasado.

El fotógrafo capturó el momento exacto. El resultado fue una imagen poderosa: un Adrián Volkov imperturbable y una Elena que, por primera vez, no parecía su sombra, sino su igual... o quizás algo mucho más temible.

Tras horas de flashes, la sesión terminó. Mientras el equipo recogía, Adrián arrastró a Elena hacia un rincón apartado de la terraza, lejos de los oídos de su madrastra.

—¿Qué fue eso de ahí adentro? —siseó él, acorralándola contra la barandilla—. Te pedí que actuaras, no que lanzaras amenazas veladas.

—Solo respondí a un comentario de "familia", Adrián. ¿Acaso no es eso lo que hace una esposa devota? Defender la imagen de su hogar —respondió ella, su voz recuperando la frialdad del acero—. O quizás te molesta que empiece a recuperar mi voz.

—Tu voz solo existe porque yo lo permito —sentenció él, acortando la distancia hasta que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Mi abuelo te dio quince días, pero yo soy el que decide si al final de ese tiempo terminas en un trono o en una celda acolchada. No te confundas, Elena. No eres más que un objeto invisible que compré porque así me conviene.

Elena soltó una risa amarga que lo descolocó por completo. Se acercó a su oído, asegurándose de que el roce fuera casi íntimo, una parodia de la seducción que él buscaba en otras.

—Un objeto invisible que puede conocer tus secretos, Adrián —susurró ella—. ¿Realmente crees que soy el carbón sin valor que dijiste anoche? ¿O tienes miedo de que, si me miras de cerca, descubras que el "Carnicero" ha sido el único ciego en esta casa?




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