Cenizas en la Pasarela

Capítulo 15.

La mañana del quinto día comenzó con un silencio sepulcral que Elena decidió aprovechar. Había salido temprano de su habitación para buscar un poco de agua, intentando evitar los encuentros matutinos en el comedor que siempre terminaban en humillación. Sin embargo, al regresar por el pasillo de mármol, se detuvo en seco antes de cruzar el umbral de su propia alcoba. La puerta estaba entornada y, desde el exterior, el sonido de cajones siendo forzados y perchas chocando entre sí le heló la sangre.

A través de la rendija, vio a Malvina y Penélope moviéndose por su cuarto como sombras carroñeras. No era una simple inspección; era un saqueo.

—Busca bien, Penélope —susurró Malvina, revolviendo el armario con un desprecio manifiesto, lanzando al suelo sin cuidado varios de los vestidos de seda que Adrián había comprado—. Elena tiene que estar dibujando en alguna parte. El talento no se apaga, así como así, y menos cuando se siente acorralada. Necesitamos esos diseños para la colección de invierno de Soler Luxury. Adrián está empezando a dudar de tu capacidad y necesitamos algo que lo deje sin aliento en la próxima junta.

—¡No encuentro nada, mamá! —chilló Penélope en un susurro histérico, rebuscando con brusquedad entre los pesados abrigos de lana—. He mirado en cada rincón. Quizás realmente se volvió loca y ya no puede ni sostener un lápiz. Mira este lugar, está tan vacío como su cabeza.

Elena sintió una rabia fría recorrerle la columna. Sabía perfectamente lo que buscaban: su cuaderno de bocetos. Por fortuna, el doble fondo del armario, oculto tras los abrigos de invierno, seguía intacto. Decidió entrar, forzando su rostro a adoptar la expresión de miedo y fragilidad que ellas esperaban.

—¿Qué... qué están haciendo? —preguntó Elena con la voz temblorosa, fingiendo sorpresa mientras veía el desastre en el suelo.

Malvina se giró con una lentitud felina, acomodándose un mechón de cabello sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento. Sus ojos brillaron con una crueldad que hizo que Elena apretara los dientes por dentro.

—Solo revisábamos que no tuvieras objetos peligrosos, querida. Ya sabes que tu mente suele jugarte malas pasadas —dijo Malvina, caminando hacia ella de forma intimidante—. Aunque, viendo este desastre, parece que lo único peligroso aquí es tu inutilidad.

Elena bajó la mirada, fingiendo sumisión. —Es mi habitación... por favor, no toquen mis cosas.

Malvina soltó una carcajada seca y se acercó tanto que Elena pudo oler su perfume asfixiante. Le tomó el mentón con fuerza, obligándola a mirarla.

—Mírate, Elena. Das lástima. Eres igual de patética que tu madre antes de morir; una mujer débil que no supo retener lo que era suyo —soltó Malvina con un veneno que buscaba herir lo más profundo de su alma—. No te engañes, si Adrián te deja estar en este cuarto es por puro compromiso, no porque le importes. Eres un fantasma, una mancha en su historial de éxito. Recógelo todo ahora mismo; si dejas que él vea este desorden, le diré que tuviste otro ataque y esta vez no habrá abuelo que te salve de la clínica.

Penélope soltó una risa burlona mientras salían de la habitación, golpeando el hombro de Elena al pasar. Elena esperó a que el sonido de sus pasos se desvaneciera. En cuanto se quedó sola, la máscara de fragilidad cayó, dejando paso a una mirada de acero.

No podía perder más tiempo. Fue directo al fondo del armario, movió los abrigos de invierno y rescató su cuaderno y el ungüento. Sus manos estaban firmes. Se vistió con rapidez, ocultó su tesoro bajo un abrigo largo y se escabulló por la salida de servicio hacia el taller de Arlette. Necesitaba aire, necesitaba seguridad.

El taller de la sastre la recibió con su habitual aroma a tiza y vapor. Elena entró casi sin aliento, poniendo el cuaderno sobre la mesa de corte.

—Mi madrastra y Penélope registraron mi cuarto hoy —soltó Elena, su voz vibrando con determinación—. Buscaban mis bocetos. Quieren robarme otra vez para que Penélope pueda brillar frente a Adrián. No puedo tener nada seguro en ese ático, Arlette.

Arlette dejó su cinta métrica y se acercó, observando la palidez en el rostro de la joven, pero también el fuego que ardía en sus pupilas.

—Te lo advertí, niña. Adrián Volkov es tu esposo por contrato, pero ese hombre y tu familia son veneno —dijo la sastre con gravedad—. Los Volkov, y especialmente Adrián, son hombres muy peligrosos. En este tipo de juegos de poder siempre hay un ganador y un perdedor. Y no me gustaría que fueras tú la perdedora; ya has sufrido bastante bajo el látigo de esa mujer y no quiero verte derrotada. Si te atrapan, te destruirán.

Elena bajó la mirada, tocando las tapas del cuaderno.

—Él me llama "objeto invisible", Arlette. Cree que me compró para adornar su imperio. Pero no voy a permitir que me reduzcan a nada. Necesito que me ayudes. Guarda este cuaderno aquí; es lo único que me pertenece, el refugio de mis nuevas obras. Esta vez no se las llevarán.

Arlette tomó el cuaderno con sus manos callosas, casi con reverencia. Miró a Elena con una resolución que selló su destino.

—Hagamos algo más que guardar un cuaderno, Elena. Si quieres tu libertad, necesitas una colección que el mundo no pueda ignorar. Unámonos. Trabajaremos aquí, a espaldas de Adrián y de tu madrastra. Tú pondrás el genio y yo pondré mi taller y mi silencio. Pero una colección de este calibre requiere materiales de primera: sedas de Lyon, encajes de Bruselas... ¿quién va a financiar este proyecto?




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