La mañana del sexto día transcurrió en una calma que, para Elena, no era más que el ojo de una tormenta que ella misma estaba alimentando. Adrián se había marchado temprano, arrastrando a Tiffany con él en un intento deliberado —instigado por Malvina— de desplazar a Elena de cualquier círculo de influencia profesional. Sin embargo, Elena no se sentía derrotada. Mientras el ascensor privado descendía con su esposo y su hermanastra, ella sentía que el silencio del ático era el mejor aliado para su siguiente gran movimiento.
Se dirigió al pequeño despacho que Adrián le permitía usar bajo la premisa de que solo lo utilizaba para sus "lecturas de recuperación". Sabía que la red de la casa contaba con una seguridad de grado militar, pero Malvina y Adrián cometían el mismo error garrafal: creían que Elena era una analfabeta tecnológica, una mente rota incapaz de procesar algo más complejo que un diseño de modas. Lo que nadie recordaba era que, antes del infierno del encierro, Elena pasaba noches enteras en la biblioteca de su padre, no solo dibujando, sino aprendiendo el interior de los sistemas de gestión de Soler Luxury.
Con manos expertas y una concentración gélida, Elena comenzó a navegar por la red interna. No buscaba simples correos; buscaba el rastro del dinero. Tras un par de horas de sortear cortafuegos y descifrar contraseñas que Malvina, en su arrogancia, apenas se molestaba en cambiar, Elena logró acceder a una carpeta oculta en la nube familiar. Sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y triunfo al encontrar lo que buscaba: una serie de facturas duplicadas, contratos con empresas fantasma con sede en las Islas Caimán y transferencias sistemáticas de los activos de la fusión hacia una cuenta privada.
—Así que esto es lo que ocultas tras tu máscara de perfección, madrastra —susurró Elena para sí misma, mientras la luz del monitor se reflejaba en sus pupilas—. No solo me robaste la vida y mis diseños; estás vaciando las arcas de los Volkov para cubrir el agujero negro de deudas que tú misma generaste con tu vida de excesos.
Con un movimiento metódico, guardó las capturas de pantalla y los archivos PDF en una pequeña memoria USB que Arlette le había conseguido. Tenía la primera pieza del rompecabezas, una evidencia que podría destruir a Malvina en un segundo, pero sabía que debía jugar sus cartas con precisión. Adrián no creería en la palabra de una mujer a la que él mismo consideraba inestable a menos que la prueba fuera irrefutable y golpeara su orgullo de empresario.
Mientras tanto, en las lujosas oficinas de Volkov Holdings, la situación no era tan idílica como Tiffany había soñado. Elena, desde su soledad, monitoreaba las redes sociales y veía con una sonrisa amarga cómo su hermanastra se encargaba de hacerle el trabajo sucio. Tiffany no dejaba de publicar historias en Instagram desde el despacho de Adrián, posando con café de especialidad y carpetas de cuero con el logo de la empresa, acompañadas de frases hirientes: "Apoyando al poderoso Adrián Volkov en lo que su esposa no puede" y "Donde realmente pertenezco". Los comentarios de los seguidores y de la prensa de chismes empezaban a ser feroces; la imagen de "estabilidad" que Adrián tanto protegía se estaba convirtiendo en un circo mediático.
Al final de la tarde, el sonido del ascensor anunció el regreso de Adrián. Entró al ático solo, con el nudo de la corbata flojo y una expresión de agotamiento que rayaba en la furia. Encontró a Elena en la biblioteca, bañada por la luz anaranjada del atardecer, rodeada de gruesos volúmenes de historia de la moda.
—Tu familia no deja de causar problemas, Elena —dijo él, lanzando su saco sobre el sofá—. Tiffany se pasó el día publicando sandeces que afectan la imagen de seriedad de esta empresa. Mi abuelo ya me llamó tres veces preguntando por qué la hija de Malvina parece estar actuando como si fuera la dueña del holding.
Elena se levantó lentamente, cerrando el libro con una elegancia pausada que obligó a Adrián a detenerse.
—Tú decidiste llevarla, Adrián. Tú decidiste que ella era la cara adecuada para representar a Soler Luxury hoy —respondió ella—. No me culpes ahora por las decisiones que tomaste con el único fin de humillarme. El ruido que Tiffany causa es el precio de tu propia ceguera.
Adrián se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. Sus ojos bajaron a las manos de Elena; por primera vez en días, no llevaba guantes. La piel de sus dedos se veía suave y recuperada, una visión que lo distrajo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—¿Qué estás tramando, petite couturière? —preguntó él en un susurro barítono—. Te veo moverte por esta casa como si fueras un fantasma que conoce todos los pasadizos. Ya no hablas como la mujer rota que me vendieron. ¿De dónde has tomado esas ínfulas de valentía?
—Quizás el "Carnicero" se siente tan seguro en su trono de hierro que no se ha dado cuenta de que los cimientos de su castillo están podridos por la gente que él mismo invitó a pasar —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. Te rodeas de víboras y te sorprendes cuando el veneno empieza a circular por tus propias venas.
Adrián la tomó del brazo, no con la fuerza bruta de antes, sino con una urgencia que rayaba en la desesperación por descifrarla.
—Si sabes algo es mejor que me lo digas. El castigo a tu desobediencia no te va a gustar, así que dímelo ahora —exigió él, apretando ligeramente el agarre mientras sus ojos grises buscaban una grieta en la armadura de ella.
Elena soltó una risa suave, casi etérea, que lo dejó descolocado.