Cenizas en la Pasarela

Capítulo 17.

La mañana del séptimo día no trajo paz al ático de los Volkov; trajo paranoia. Para Adrián, la noche anterior había sido un laberinto de dudas. Las palabras de Elena sobre "cimientos podridos" y "libros contables" se habían quedado grabadas en su mente como un tatuaje. No era solo lo que ella había dicho, sino cómo lo había dicho: con una seguridad gélida que no pertenecía a la mujer frágil que él creía haber comprado.

Mientras Adrián intentaba concentrarse en los informes financieros en su despacho, el sonido de un portazo lo hizo levantar la vista. Malvina entró como un torbellino, con el rostro inusualmente pálido bajo su espesa capa de maquillaje caro.

—¡Adrián, tenemos un problema! —exclamó ella, lanzando una tableta sobre el escritorio.

Él la miró con desprecio, sin inmutarse. —¿Otro escándalo de Tiffany? Porque ya te advertí que no voy a tolerar más circo mediático.

—No es Tiffany. Es el mercado —Malvina señaló la pantalla, donde un blog de moda de alta influencia, Le Miroir, había publicado un artículo que estaba incendiando las redes—. Alguien bajo el pseudónimo de "Phantom" ha filtrado un boceto digital de una pieza llamada "Resurrección". Los críticos dicen que es lo más innovador que se ha visto en una década. Se rumorea que se presentará de forma anónima en la Gala Benéfica de la próxima semana.

Adrián tomó la tableta. El diseño era una obra maestra: un vestido que parecía hecho de sombras y luz, con una estructura que desafiaba la gravedad. Sintió un escalofrío. Había algo en la agresividad de los trazos, en la elegancia oscura de la pieza, que le resultaba inquietantemente familiar.

—¿Y por qué te altera tanto un diseñador anónimo, Malvina? —preguntó Adrián, entornando los ojos—. Se supone que Soler Luxury tiene la colección de invierno lista. Penélope debería estar por encima de cualquier "espectro".

Malvina tragó saliva, sus manos temblaron levemente. —Por supuesto que lo está. Pero este... este "Phantom" está robando la atención de nuestros inversores. La gente está cancelando sus pedidos preventa para esperar a ver qué presenta este desconocido. Si esa colección es real, podría eclipsar el lanzamiento de la fusión.

Adrián se levantó, caminando hacia el ventanal que daba a la ciudad. Recordó a Elena anoche, con sus manos blancas y su mirada de acero. Llamó a su asistente por el intercomunicador.

—Busca quién es —ordenó Adrián con voz de trueno—. Quiero un nombre, una dirección y un contrato frente a mí antes de que termine el día. Nadie sabotea una fusión de Volkov Holdings y vive para contarlo.

Mientras tanto, a kilómetros de allí, en la seguridad del taller de Arlette, el ambiente estaba cargado de electricidad. Sobre el maniquí principal, la seda negra comenzaba a tomar forma bajo las manos expertas de Elena. Cada puntada era un acto de liberación, un clavo más en el ataúd de su pasado.

—El artículo de Le Miroir causó el impacto esperado, niña —dijo Arlette, ajustando un alfiler en el hombro del vestido—. El mundo de la moda es un nido de cuervos; basta con lanzar un poco de brillo para que todos empiecen a picotearse entre sí. Adrián y Malvina deben estar perdiendo la cabeza en este momento.

Elena sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos. Estaba concentrada en el corte de una manga. Sus manos, ahora completamente sanas gracias al ungüento, se movían con una agilidad prodigiosa que Arlette observaba con fascinación.

—Que la pierdan —sentenció Elena—. Ella me quitó mi nombre, así que yo le quitaré su prestigio. Mañana es el octavo día, Arlette. Necesito que el inversor anónimo acelere la entrega de los encajes de Bruselas. No podemos permitirnos ni un error. La Gala es nuestra única oportunidad.

—Él ya lo sabe —respondió la sastre—. Ese hombre está más interesado en tu éxito de lo que imaginas. Dice que ver la caída de las Soler será el mejor dividendo de su inversión; que estaría matando dos pájaros de un solo tiro.

Al caer la noche, Elena regresó al ático por la entrada de servicio, deslizándose como una sombra hacia su habitación para cambiarse antes de enfrentarse a la fiera. Al entrar al comedor, notó que la atmósfera era distinta. Adrián la estaba esperando, pero no había cena servida. Solo había una botella de whisky y dos copas que brillaban bajo la luz de la lámpara.

—Siéntate, Elena —dijo él. No era una invitación, era una orden que resonó en las paredes de mármol.

Ella obedeció con una calma que lo irritaba profundamente. Se sentó frente a él, manteniendo la espalda recta y las manos entrelazadas sobre la mesa.

—He pasado el día revisando libros contables, tal como sugeriste —comenzó Adrián, sirviendo el licor con movimientos lentos—. Y aunque no he encontrado nada fuera de lugar todavía, he descubierto algo más interesante.

Deslizó la tableta con la imagen del vestido de Phantom hacia ella. Sus ojos grises se clavaron en los de ella, buscando una grieta, una señal de traición.

—¿Qué opinas de esto? Petit couturière, presumiste hace días que habías arreglado aquel vestido que tanto elogié. Dime... ¿te resulta familiar este estilo? Porque a mí me parece que los trazos tienen una firma que ya he visto antes.

Elena miró la pantalla. Su propio diseño la saludaba desde la luz led, desafiante y majestuoso. Sintió un vuelco en el corazón, pero su rostro permaneció como una máscara de mármol. Sabía que Adrián la estaba probando, buscando confirmar si ella era la mente detrás de esa amenaza.




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