Cenizas en la Pasarela

Capítulo 18.

La mañana del octavo día amaneció con un cielo plomizo que parecía reflejar el humor denso dentro del ático. Mientras Elena se preparaba para escabullirse hacia una nueva jornada de trabajo secreto en el taller de Arlette, escuchó voces sibilantes provenientes de la suite de invitados. Se detuvo en el pasillo, fundiéndose con las sombras y conteniendo la respiración, aprovechando que para ellas seguía siendo la "esposa invisible".

—¡Te digo que no tengo nada, mamá! —el grito ahogado de Penélope estaba cargado de una histeria mal contenida—. He intentado replicar el estilo de los bocetos que le robamos a Elena para la siguiente temporada, pero mis manos no responden igual. ¡No fluyen! Y ahora, con ese tal Phantom acaparando las portadas... Adrián me está presionando para hacer algo innovador que lo supere. ¡Si no lo logro, me va a destruir!

Elena escuchó el sonido de cristales chocando; Malvina probablemente se estaba sirviendo un trago fuerte para calmar los nervios.

—Cállate y piensa, Penélope —siseó Malvina—. Si la colección de Soler Luxury fracasa, la fusión se irá al traste y Adrián empezará a auditar cada centavo. Y si pone a sus sabuesos a rastrear las cuentas de la empresa... estamos muertas.

—A mí no me miren —intervino la voz aguda de Tiffany—. Mientras mi parte del dinero esté segura en las Islas Caimán, me importa poco si Soler Luxury desaparece o si Adrián se queda con una mano adelante y otra atrás. Al final del día, Elena acabará loca de verdad, encerrada en un sanatorio y perdiéndolo todo. Nosotras seremos ricas y estaremos muy lejos de aquí.

Elena apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. No les importaba el legado de su padre. Solo querían el botín para huir.

—Exacto —sentenció Malvina—. Ese dinero es nuestra única salida. Nos largamos del país antes de que el "Carnicero" se dé cuenta de que le hemos vaciado las arcas. Pero para eso, Penélope, necesitas presentar algo. Usaremos a la fuente original.

La puerta se abrió de golpe y Malvina atrapó a Elena en el pasillo.

—Vaya, qué oportuna. Adrián ha ordenado que no salgas del ático por tu "seguridad". Así que vas a ayudar a tu hermana con los diseños. Considéralo tu pago por mi generosidad.

Elena sintió un frío glacial. Estaba atrapada. Horas más tarde, sentada frente al escritorio y custodiada por Tiffany, quien limaba sus uñas con aburrimiento, Elena fingía trazar líneas erráticas. Logró enviar un mensaje a Arlette desde el móvil oculto: "Estoy encerrada". La respuesta fue clara: "Sobrevive. El Phantom encontrará su camino".

Al final de la tarde, Adrián entró al estudio. Se veía exhausto, rodeado de carpetas y con el ceño fruncido. La tensión entre él y Elena seguía siendo una herida abierta. Ni siquiera la miró, enfocándose en Malvina.

—He enviado a mi equipo a investigar la revista, por si aparece ese tal Phantom —dijo Adrián con voz gélida—. No quiero distracciones. Si descubro que alguien trama algo contra la fusión, la destruiré. Por algo me llaman el “Carnicero” de Wall Street. Despedazo y no queda nada que sirva.

Elena, empujada por Penélope para ocupar su lugar en el escritorio, sintió el peso del USB oculto en el forro del viejo bolso de su madre.

—Deberías vigilar detenidamente y no bajar la guardia, Adrián —respondió ella—. A veces el enemigo está más cerca de lo que piensas.

—Ya te lo advertí, Elena. No juegues a los acertijos conmigo. Tu palabra no vale nada. No eres más que una sombra, guarda silencio o desaparece de mi vista.

Elena le sostuvo la mirada con una mezcla de lástima y odio antes de retirarse. En cuanto la puerta de su habitación se cerró, Malvina aprovechó el silencio para acercarse a Adrián. Caminó con una elegancia felina y puso una mano suave sobre el hombro del magnate, fingiendo una preocupación maternal que destilaba veneno puro.

—Adrián, querido, no dejes que sus palabras te afecten —susurró Malvina, su voz era como seda empapada en arsénico—. Elena está en un estado muy delicado. El médico me lo advirtió: cuando los pacientes de su tipo sienten que pierden el control, empiezan a inventar conspiraciones. Esa mirada de "valentía" que viste... no es más que un síntoma de su psicosis. Quiere hacerte dudar de nosotras porque somos las únicas que vemos su verdadera condición.

Adrián exhaló un suspiro cargado de fatiga, cerrando los ojos por un segundo. La manipulación de Malvina estaba calando hondo.

—Ella insiste en que hay algo en las cuentas —murmuró Adrián, aunque más para sí mismo.

—¡Por Dios! —Malvina soltó una risita condescendiente—. Elena no sabe distinguir un balance de un libro de cuentos. Lo que ella intenta es sembrar discordia para que tú bajes la guardia y ella pueda escapar o, peor aún, humillarte públicamente. Es igual que su madre, Adrián. Una manipuladora emocional que usaba la culpa para salirse con la suya. Lo que ella necesita es mano dura y aislamiento, no que escuches sus delirios.

En ese momento, Tiffany, que había estado observando la escena desde el umbral, decidió entrar en juego. Se acercó a Adrián con un caminar sugerente, dejando que el aroma de su perfume caro inundara el espacio. Se inclinó sobre el escritorio, rozando "accidentalmente" el brazo de Adrián con su figura.

—Mamá tiene razón, Adrián —dijo Tiffany con una voz ronca y juguetona, clavando sus ojos en los de él—. Estás demasiado estresado por culpa de esa... "loca". Relájate. Penélope tiene todo bajo control para la Gala. ¿Por qué no dejamos de hablar de negocios y de locas por un momento? Te ves tan guapo cuando dejas de fruncir el ceño.




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