Cenizas en la Pasarela

Capítulo 19.

La mañana del noveno día se sentía como una soga apretándose alrededor del cuello de Elena. El ático de Adrián Volkov se había transformado en una prisión de alta seguridad. Guardias apostados en las salidas, cámaras nuevas que parecían seguir cada uno de sus movimientos y la presencia constante de Penélope, quien entraba a su estudio cada hora para exigirle nuevos bocetos, convertían el aire en algo irrespirable.

Elena se mantenía sentada frente al escritorio, con la espalda dolorida y los ojos cansados de dibujar basura técnica. Trazaba mangas desproporcionadas y cortes anticuados que Penélope, en su ignorancia y desesperación por cumplir con las expectativas de Adrián, aceptaba como "vanguardistas".

—"Sigue así, Penélope" —, pensaba Elena con una amargura triunfante. —"Presenta esto en la Gala y el mundo se reirá de Soler Luxury antes de que el primer modelo llegue al final de la pasarela".

Sin embargo, el verdadero problema era Phantom. Elena necesitaba terminar el bordado manual del corpiño de la pieza central. Sin su presencia en el taller de Arlette, la colección estaba incompleta. Aprovechando que Tiffany se había quedado dormida en el sofá tras una noche de fiesta, Elena sacó el móvil oculto bajo una baldosa suelta del baño.

—Arlette, no puedo salir —susurró al contestar la llamada—. Tienen el ático con guardias en todas las salidas. Adrián está paranoico.

—Lo sé, niña. Los hombres de tu esposo han estado merodeando por el vecindario —la voz de Arlette sonaba tranquila, casi divertida—. Pero olvidas que un fantasma no necesita puertas. Mañana, a la medianoche, habrá un cambio de turno en la seguridad del edificio. He contactado con el inversor anónimo. Él enviará a alguien. Prepárate.

Elena sintió un rayo de esperanza. No sabía quién era ese inversor, pero su poder parecía no tener límites.

Mientras tanto, en la oficina central de Volkov Holdings, Adrián estaba frente a una pantalla gigante que mostraba los flujos de capital de la fusión. Algo no cuadraba. Las advertencias de Elena, por más que Malvina intentara descartarlas como "delirios", habían dejado una semilla de duda.

—Señor Volkov —intervino su jefe de seguridad—. Hemos rastreado el origen de la filtración del tal Phantom. La señal digital proviene de un servidor encriptado, pero la ubicación física apunta a un radio de tres kilómetros del ático.

Adrián apretó la mandíbula. Estaba tan cerca. —Quiero patrullas en cada taller de costura, en cada bodega de telas. Si ese "espectro" respira, quiero oír sus pulmones.

En ese momento, el intercomunicador sonó. Era Malvina.

—Adrián, cariño, Penélope ha terminado los bocetos principales —dijo con voz melodiosa—. Elena ha sido de gran ayuda, parece que su tratamiento está funcionando. ¿Por qué no vienes a verlos esta noche? Una cena familiar para celebrar que Soler Luxury sigue en pie.

Adrián aceptó, pero su instinto, ese que le había ganado el apodo de "Carnicero", le gritaba que estaba siendo conducido a una trampa.

La cena fue un despliegue de hipocresía. Malvina y Penélope celebraban un éxito que no les pertenecía, mientras Tiffany intentaba llamar la atención de Adrián con risas estridentes. Elena permanecía en un rincón de la mesa, comiendo en silencio, manteniendo su papel de "mujer rota".

—¿Estás muy callada hoy, Elena? —preguntó Adrián, clavando sus ojos grises en ella—. Malvina dice que estás colaborando y los medicamentos están funcionando. ¿Es cierto?

Elena levantó la vista. Por un segundo, la máscara de sumisión flaqueó y Adrián vio un destello de inteligencia tan puro que lo dejó sin respiración.

—Hago lo que se me ordena, Adrián —respondió ella—. Pero recuerda lo que te dije: las apariencias son engañosas. Un vestido puede verse perfecto por fuera, mientras las costuras internas se están deshaciendo.

Malvina palideció levemente y se apresuró a intervenir. —¡Oh, ya ven! Sigue con sus metáforas extrañas. Pobre criatura. Adrián, no le prestes atención. Hablaré con el psiquiatra para que le suba su dosis.

Adrián no respondió, pero durante el resto de la cena no le quitó la vista de encima a su esposa. Había algo en su calma que no era locura. Era la paciencia de un cazador.

Esa noche, Elena regresó a su habitación. Tomó el marcador rojo y, con una mano que ya no temblaba, tachó el número ocho. El calendario mostraba la recta final.

—Siete días, Adrián —murmuró a la oscuridad—. Siete días para que el ático se convierta en tu tribunal, y las víboras descubran que no hay suficiente dinero en las Caimán para comprar su salvación.

Cerca de la medianoche, Elena se vistió con ropas oscuras, ocultando su rostro. Se preparaba para el cambio de guardia, esperando la señal del contacto de Arlette. Pero justo cuando se acercaba a la puerta de servicio, escuchó pasos en el pasillo principal. Se ocultó tras una pesada cortina de terciopelo.

La puerta principal se abrió y Adrián entró. No venía solo. Una mujer rubia, de piernas largas y vestido ajustado, venía colgada de su brazo, riendo en voz baja mientras depositaba besos húmedos en el cuello de su esposo. Elena sintió una punzada de asco, no por celos, sino por la desfachatez de Adrián al traer a sus amantes al lugar donde la mantenía prisionera.

—Eres un hombre muy tenso, Adrián —susurró la mujer, pasando sus manos por el pecho del magnate—. Olvida a la loca que tienes por esposa y deja que yo te ayude a relajarte.




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