El taller de Arlette era un santuario de sombras y luz a las dos de la mañana. Elena, con los dedos volando sobre el encaje de Bruselas, sentía que cada puntada era una forma de purgar el asco que le había provocado ver a la mujer rubia entrar de nuevo al despacho de Adrián. No eran celos; era la confirmación de que su esposo la veía como una pieza de mobiliario más en su ático, un activo que él mismo había comprado a Malvina para limpiar su imagen y proyectar la estabilidad que Wall Street exigía.
—Estás cosiendo con demasiada fuerza, niña —observó Arlette, acercándole una taza de té—. Vas a romper la aguja si sigues así.
—No es la aguja lo que quiero romper, Arlette —respondió Elena sin levantar la vista—. Es la segunda vez que trae a esa mujer a casa. Adrián cree que, porque él mismo negoció mi contrato con Malvina, soy de su propiedad. Me mantiene encerrada mientras él desfila con sus amantes frente a mis ojos.
Arlette suspiró, acariciando la seda negra del vestido central. —Él cree que compró a una mujer rota y sumisa para guardar las apariencias y que olviden sus escándalos con esas mujeres. Pero no sabe que compró a la mujer que le arrebatará el imperio.
—La tendrá —sentenció Elena—. Pero primero, haré que me desee. Haré que cada una de esas mujeres le parezca insípida comparada con el misterio de Phantom. Y cuando esté lo suficientemente cerca como para creer que me posee de verdad... le mostraré quién sostuvo el cuchillo todo este tiempo.
—Cuidado, niña. Si el fuego no se controla, terminará quemando todo a su paso —advirtió Arlette con gravedad—. Debes saber que con Adrián Volkov no se juega. Si te descubre antes de tiempo, no tendrá piedad.
Pasaron las horas en un frenesí creativo. Elena terminó el corpiño, una estructura que parecía emerger de la piel como ramas de un árbol quemado, elegante y letal. A las cuatro de la mañana, el contacto de Arlette volvió para llevarla de regreso. El reingreso al ático fue una operación de nervios templados; Elena se deslizó por el elevador de carga y llegó a su habitación justo cuando los primeros rayos del sol teñían el cielo de un gris pálido.
Apenas tuvo tiempo de ocultar su móvil y el calendario cuando escuchó pasos pesados y autoritarios en el pasillo. No era el andar de un humano cualquiera, era el paso del depredador. Elena se asomó por la barandilla del segundo piso. En el despacho de abajo, la luz seguía encendida. Adrián estaba de pie frente a su contador y dos analistas financieros que temblaban visiblemente.
—¿Me están diciendo que hay una fuga de capital de tres millones en la cuenta de Soler Luxury y no saben a dónde fue? —la voz de Adrián era un látigo helado.
—Señor Volkov, los registros parecen legítimos, pero... —empezó el contador.
—¡No me den "peros"! —Adrián golpeó la mesa con una violencia que hizo vibrar el cristal—. Me llaman el Carnicero de Wall Street porque sé cómo despedazar una empresa hasta encontrar el cáncer que la mata. Si no encuentran ese dinero para mediodía, los despedazaré a ustedes profesionalmente. No quedará ni una firma que quiera contratar sus servicios.
Elena se retiró a su cuarto, impresionada por la brutalidad de su esposo. Minutos después, la puerta de su alcoba se abrió. Era él. Venía con la camisa ligeramente desabotonada, el rostro endurecido por la noche de trabajo y el aroma rancio del perfume de la rubia todavía flotando débilmente a su alrededor.
—¿Qué haces aquí, Adrián? —preguntó ella, fingiendo una voz soñolienta y sumisa.
Él caminó hacia la cama, observándola con una intensidad que no le había visto antes. Sus ojos recorrieron el rostro de Elena, deteniéndose en sus labios. La duda de la noche anterior seguía ahí, pero ahora se mezclaba con una atracción oscura que él intentaba reprimir. Se sentó en el borde de la cama, invadiendo el espacio personal de Elena.
—Vine a recordarte quién manda en esta casa —dijo él con voz ronca—. Malvina dice que has estado colaborando con los diseños, pero tus advertencias sobre las cuentas me siguen molestando. Si me estás ocultando algo, Elena, o si este "juego" de cordura es una artimaña, te aseguro que las consecuencias tendrán un precio muy alto. Un precio que tendrás que aceptar sin rechistar.
Adrián extendió una mano y acarició la mejilla de Elena con una brusquedad que rayaba en la posesión. Ella no se apartó; inclinó levemente el rostro hacia su mano, mirándolo con un fuego estratégico.
—A veces el Carnicero está tan ocupado buscando a la presa afuera, que no ve que la tiene justo frente a él —susurró Elena.
Adrián apretó la mandíbula y le tomó el mentón con fuerza, obligándola a sostener la mirada. El desprecio en sus ojos era cortante.
—No te confundas —siseó él—. Eres solo un objeto, una mercancía que compré para mantener una fachada de estabilidad ante el mundo. No eres más que un activo en mi balance general. No olvides nunca que jamás habrá algo real entre nosotros; mi cama puede estar abierta para muchas, pero mi respeto no es algo que una mujer como tú pueda comprar. Haz tu trabajo, mantente en las sombras y no vuelvas a sugerir que estamos al mismo nivel.
Soltó su rostro con un gesto de asco y se puso de pie bruscamente.
—Hoy vendrá el sastre para las pruebas de la Gala. Espero que Penélope presente algo que valga el dinero que invertí en tu familia. No quiero escenas, ni delirios.