La mañana del décimo día, el ático bullía con una actividad frenética que ocultaba un trasfondo de desesperación. Malvina había convocado a un prestigioso sastre y a un equipo de estilistas para realizar la prueba final de los diseños que, supuestamente, Penélope había "creado" bajo la tutela de Soler Luxury. Adrián estaba presente, sentado en un sillón de cuero con un café negro en la mano. Su expresión de aburrimiento letal ponía nerviosos a todos; su paciencia con la familia Soler estaba pendiendo de un hilo tan fino como la seda que intentaban manejar.
Elena observaba desde un rincón, manteniendo la máscara de sumisión que tanto irritaba a Malvina por su aparente falta de espíritu. Sin embargo, tras esa mirada baja, Elena contaba cada segundo de la caída de sus enemigas.
—¡Penélope, querida, sal ya! —exclamó Malvina, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Adrián está ansioso por ver el fruto de tu arduo trabajo.
Cuando Penélope salió del probador, el silencio fue sepulcral. El vestido, basado en los bocetos de "basura técnica" que Elena había dibujado meticulosamente para sabotearlas, era un desastre visual. Mangas asimétricas que parecían errores de novato, un cuello que asfixiaba a la modelo y un volumen grotesco en la cadera que desafiaba cualquier concepto de elegancia. Adrián dejó la taza de café lentamente sobre la mesa, sus ojos grises cargados de un desprecio absoluto.
—¿Esto es lo que va a salvar el prestigio de Soler Luxury en la Gala? —preguntó Adrián con una voz tan baja que resultaba aterradora.
—Es... es vanguardismo, Adrián —tartamudeó Penélope, tratando de acomodar la tela rígida—. Elena me ayudó con los conceptos; ella dijo que esto era lo que se usaba ahora en las pasarelas de vanguardia.
Adrián giró la cabeza hacia su esposa, quien sostenía su taza de té con una calma insultante. —¿Tú dibujaste esto, Elena?
—Hice lo que pude bajo la supervisión de ella, Adrián —respondió ella con una suavidad gélida que lo descolocó—. Penélope insistió en que los cortes desproporcionados eran la tendencia. Yo solo soy una "sombra" que sigue órdenes, ¿recuerdas? Mi opinión no cuenta frente al "genio" de mi hermana.
Malvina intervino, sintiendo el sudor frío bajar por su espalda. —¡Solo necesita unos ajustes técnicos! El sastre puede arreglarlo en un par de días. La visión de Penélope es muy avanzada para ojos inexpertos...
—¡Basta de estupideces, Malvina! —Adrián se puso de pie, su imponente estatura llenando la sala como una amenaza física—. He invertido millones en esta fusión y no voy a permitir que mi apellido se asocie con esta basura. Si en cinco días no veo algo que sea digno de una pasarela internacional, no solo cancelaré la presentación de Soler Luxury, sino que la fusión también se acaba. Y créeme, Malvina, la deuda que tienen conmigo la pagarán con creces; no habrá un lugar sobre la tierra que las proteja de mi alcance.
Adrián salió de la sala hecho una furia, dejando a las tres mujeres en un estado de shock. Fue entonces cuando la puerta doble del salón se abrió y entró Viktor Volkov, apoyado en su bastón de ébano, con una mirada que parecía juzgar hasta el aire que respiraban. Había estado observando desde la entrada, y su decepción era palpable.
—Salgan todos —ordenó el anciano al sastre y a los asistentes—. Menos tú, Adrián. Tenemos que hablar.
Malvina intentó acercarse con su habitual zalamería. —Señor Volkov, le aseguro que...
—Dije todos, mujer —la cortó Viktor con un tono que no admitía réplicas.
Malvina, Penélope y Tiffany se retiraron al estudio, donde el pánico estalló. —¡Busca los bocetos originales de Elena! —le gritó Malvina a su hija—. Los que le quitamos antes de que entrara a la clínica, los que guardamos en la caja fuerte del banco. Olvida esa basura vanguardista; usaremos esos diseños reales y diremos, como siempre, que son tuyos. Es la única forma de que Adrián no nos destruya. Él no los ha visto; yo me encargué de que solo viera lo que Elena "hizo" esos últimos días en el sótano.
Mientras tanto, en el gran salón, Viktor miraba a su nieto con una mezcla de lástima y reproche.
—Tu soberbia te está nublando el juicio, Adrián —dijo el abuelo, golpeando el suelo con su bastón—. Tu elevado ego te ha hecho creer que puedes comprarlo todo, incluso a esa jovencita que estás usando de fachada para seguir en tus andanzas. Ella merece respeto y una oportunidad ante ti. Si no la ibas a tomar en serio, no sé por qué aceptaste casarte con ella. Estás haciendo las cosas mal. Muy mal.
—Estoy protegiendo la inversión, abuelo —respondió Adrián, cruzando los brazos—. Soler Luxury es un activo necesario para la expansión en Europa. Y ella venía como obsequio en el trato.
—Era un activo que se está desmoronando desde que esa mujer está al frente —espetó Viktor—. No sé qué hizo esa mujer, Malvina, para convencerte de esta fusión y para que le creas cada palabra. Tienes a detectives persiguiendo a un tal Phantom mientras el verdadero enemigo te sonríe en el desayuno. Algo no me gusta de esas mujeres Soler, Adrián. Tienen ojos de hiena. Aunque debo decir que Elena es la excepción a todas ellas; hay algo en esa muchacha que tú, en tu arrogancia de "Carnicero", te has negado a ver.
Adrián apretó la mandíbula. —¿Elena? Ella solo es una mujer problemática y mentirosa que intenta manipularme con acertijos.