Cenizas en la Pasarela

Capítulo 22.

El encierro total había convertido el ático en un mausoleo de mármol y sospechas. Adrián, tras el severo regaño de su abuelo, se había vuelto una sombra errática que caminaba por los pasillos con una furia contenida, incapaz de admitir que las palabras de Viktor le habían calado hondo. Bajo la insistencia de Malvina, quien aseguraba que Elena estaba "perdiendo el contacto con la realidad", Adrián había doblado la guardia. Ahora, Elena tenía prohibido incluso salir al comedor; era una prisionera en su propia alcoba de lujo.

Sin embargo, lo que Malvina y Adrián ignoraban era que, en las pocas semanas de su matrimonio por contrato, Elena no se había quedado de brazos cruzados. Mientras ellos la creían una inútil o absorta en su miseria, ella se había ganado la lealtad de quienes eran invisibles para Adrián Volkov: los empleados. Elena les había ayudado a escondidas con las tareas pesadas cuando los veía agotados, les había escuchado sus penas y les había tratado como seres humanos, algo que nadie más hacía en esa casa.

Elena caminaba de un lado a otro en su habitación. Los diamantes negros estaban en el taller, y ella estaba aquí, viendo cómo el tiempo se le escapaba entre los dedos. De pronto, la puerta se abrió con suavidad. No era un guardia, sino Marta, una de las mucamas más jóvenes, quien entró con una bandeja de té.

—Señora... —susurró Marta, cerrando la puerta con seguro y hablando casi sin mover los labios—. Escuché a la señora Malvina. No la van a dejar salir ni para el jardín. Dicen que está "en crisis" para justificar el encierro ante el Sr. Volkov.

Elena tomó las manos de la joven con urgencia. —Marta, necesito tu ayuda. Si no salgo de aquí esta noche, perderé lo único que me queda, mi dignidad. Necesito que intercambiemos lugares por unas horas.

Marta palideció, pero no dudó. Recordó la vez que Elena la ayudó a pulir la platería hasta la madrugada para que no la despidieran por no terminar a tiempo.

—Sabe que en lo que pueda la voy a ayudar, señora —dijo Marta con firmeza—. Usted es buena y no se merece el trato de esas arpías, ni tampoco el del Sr. Volkov. El cambio de turno es a las dos de la mañana. Me pondré en su lugar y me meteré en la cama, de espaldas. Los guardias solo abren la rendija para ver si hay un bulto bajo las cobijas. Usted use mi uniforme y el delantal con la cofia baja. Salga con la bolsa de la lavandería hacia el elevador de servicio; yo le diré al chofer de la basura que la deje pasar.

—Gracias, Marta. Te juro que no te meteré en problemas —prometió Elena, sintiendo que su bondad pasada era ahora su única llave a la libertad.

Mientras tanto, en la planta baja, el ambiente era muy distinto. Malvina y Penélope estaban encerradas en el despacho, revisando febrilmente los viejos diseños que le habían robado a Elena del sótano.

—Este de seda champán es perfecto —decía Penélope, acariciando la tela con ojos brillantes de codicia—. Si lo presentamos como mi "obra maestra", Adrián no tendrá más remedio que darnos el control de la fusión. Es clásico, elegante... justo lo que su abuelo ama.

—Asegúrate de que el sastre no haga ni un solo cambio —advirtió Malvina con una sonrisa gélida—. Ese vestido es nuestra llave al éxito y a más dinero. Una vez que el contrato se firme tras la Gala, nos largamos con el dinero. Y Adrián solo se quedará con el cascarón de Soler Luxury. Su furia será destinada al estorbo de Elena cuando descubra el fraude; para entonces, nosotras estaremos muy lejos.

En el salón principal, Tiffany decidió que era su momento de brillar, por si sola. Adrián estaba solo, bebiendo whisky y mirando fijamente la ciudad a través del gran ventanal. Ella se había puesto su vestido de satén rojo más provocativo, un diseño que dejaba poco a la imaginación, y caminó hacia él con un contoneo calculado.

—Pareces muy solo aquí, Adrián —susurró Tiffany, acercándose por detrás y deslizando sus dedos por los hombros del magnate—. Mi madre y mi hermana están obsesionadas con esos trapos viejos, pero yo... yo sé lo que un hombre como tú necesita para olvidar el estrés.

Adrián no se movió. Ni siquiera parpadeó ante el contacto. Tiffany se envalentonó y rodeó su cuello con los brazos, pegando su cuerpo al de él.

—Olvida a Elena, Adrián. Ella es un mueble roto, una loca. Yo puedo darte lo que ella ni siquiera imagina —murmuró, buscando su cuello con los labios.

Bruscamente, Adrián la tomó por las muñecas y la apartó con tal fuerza que la hizo tambalearse. Sus ojos grises, los ojos del "Carnicero", destellaban un asco profundo que hizo que Tiffany retrocediera un paso.

—¿Crees que soy tan estúpido, Tiffany? —la voz de Adrián fue un latigazo de desprecio—. Sé exactamente lo que eres. Eres una versión más joven y desesperada de tu madre. No tienes ni una décima parte de la clase de las mujeres que han estado a mi lado. Incluso en sus peores días, Elena es mejor opción que tú. Al menos ella tiene dignidad, algo que tú ni siquiera puedes pronunciar.

—¡Ella está loca! —chilló Tiffany, herida en su vanidad.

—Y, aun así, su locura es más interesante que tu patética seducción —sentenció Adrián, dándole la espalda—. Lárgate de mí vista antes de que decida que Soler Luxury no es la única que debe desaparecer. Si vuelves a tocarme, te enviaré de regreso a los Hamptons y me encargaré de arruinar tu incipiente carrera de modelo antes de que empiece.

Tiffany salió corriendo del salón con el rostro ardiendo de humillación. Adrián suspiró, frotándose las sienes. El perfume barato y empalagoso de Tiffany le daba náuseas; por alguna razón, últimamente solo el aroma a jazmín que emanaba de Elena lograba calmar el caos en su cabeza.




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