Cenizas en la Pasarela

Capítulo 23.

La mañana del día doce comenzó con un estruendo en el despacho de la planta baja que sacudió los cimientos del ático. Adrián no había dormido; sus ojos, inyectados en sangre, eran el reflejo de una noche consumida por la desconfianza y el whisky. Sobre la mesa de caoba, los informes financieros y los bocetos robados parecían pruebas de un crimen que aún no terminaba de descifrar. Malvina y Penélope estaban de pie frente a él, pálidas, sintiendo que el aire de la habitación se volvía escaso bajo la mirada del magnate.

—¿Creen que soy idiota? —rugió Adrián. Su voz no era un grito, era un siseo letal que cortaba el aire como un bisturí—. Estos diseños que presentan ahora... no tienen nada que ver con la basura técnica que me mostraron ayer. Tienen el estilo de la vieja escuela Soler, pero se sienten sin vida, vacíos. Como un cadáver maquillado para un funeral de lujo.

—Adrián, cielo, es que Penélope decidió volver a sus raíces —trató de calmarlo Malvina, con una sonrisa temblorosa que delataba su pánico—. Se dio cuenta de que lo vanguardista no encajaba con el prestigio de la Gala, y prefirió apostar por lo seguro...

—¡Mientes! —Adrián se levantó bruscamente y se acercó a Malvina, invadiendo su espacio de una forma que la hizo retroceder hasta chocar con la pared fría—. Sé que están ocultando algo. Sé que el dinero de la fusión no está siendo justificado con sus diseños mediocres. Si para el final del día no tengo una explicación coherente de por qué su colección cambia de identidad cada veinticuatro horas, entraré en modo verdugo. Despedazaré sus fideicomisos, congelaré sus tarjetas y las dejaré en la calle antes de que puedan decir… "Cielo".

Penélope empezó a temblar visiblemente. El pánico de ser descubiertas por el hombre que financiaba su supervivencia las estaba asfixiando. Adrián las despidió con un gesto de asco, y mientras ellas salían atropelladamente del despacho, él se quedó mirando el monitor de seguridad. No podía quitarse de la cabeza la sombra fugaz que vio en las cámaras días atrás, ni el persistente aroma a jazmín que parecía invadir sus sentidos cada vez que pronunciaba el nombre de Elena. Su intuición de depredador le decía que el secreto no estaba en los bocetos, sino en la mujer que mantenía encerrada.

Arriba, la tensión no era menor. Elena acababa de entrar por la pequeña ventana de la habitación de servicio, ayudada por el joven que recolectaba la basura, quien le había permitido el paso por los callejones traseros. Corrió por los pasillos internos, ocultando el uniforme de mucama bajo su abrigo, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo. Tuvo suerte; el guardia de la puerta no estaba en su puesto en ese momento, probablemente distraído por los gritos que subían desde el despacho.

—¡Marta! —susurró Elena, irrumpiendo en su habitación.

Marta saltó de la cama, despojándose de la lujosa ropa de dormir de Elena. —Señora, el Sr. Volkov ha estado preguntando por usted. He escuchado decir al guardia que ha pasado dos veces por la puerta con una expresión aterradora. ¡Tenemos que cambiarnos ya!

En ese preciso instante, se escucharon los pasos pesados y rítmicos de Adrián subiendo las escaleras de mármol. No venía a hablar; venía a buscar la pieza que faltaba en su rompecabezas.

—¡Rápido! —Elena se despojó del uniforme, quedando solo en ropa interior negra. El tiempo se agotaba. Marta se puso frenéticamente su cofia y el delantal, mientras Elena se lanzaba a la cama y se cubría con el edredón hasta la barbilla, fingiendo una respiración pesada de alguien sumido en un sueño profundo.

Marta, con las manos temblorosas, tomó la bandeja de té vacía y se colocó en un rincón justo cuando el pomo de la puerta giraba. Adrián entró sin llamar. Su mirada recorrió la estancia como un rayo láser, buscando cualquier inconsistencia. Vio a Marta junto a la mesa, aparentemente terminando de recoger el servicio.

—¿Qué hace aquí todavía? —preguntó Adrián, su voz cargada de una sospecha punzante.

—Yo... yo solo recogía el servicio de anoche, señor. La señora no quiso cenar —respondió Marta con la cabeza baja, rogando porque él no notara que su propio pecho subía y bajaba por el susto de la adrenalina.

Adrián no le prestó atención a la mucama; sus ojos se clavaron en el bulto bajo las cobijas. Caminó hacia la cama con paso lento, cada pisada resonando en los oídos de Elena como un tambor de guerra. Elena sentía el sudor frío resbalar por su nuca. Tenía el cabello revuelto y el corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que temía que él pudiera verlo a través del edredón.

Adrián se inclinó sobre ella. Estaba tan cerca que Elena pudo oler el tabaco, el cuero y el whisky que emanaba de él. Extendió una mano y rozó su hombro.

—Elena... —susurró él. Su voz era una mezcla extraña de deseo reprimido y desconfianza pura—. ¿Estás dormida? Elena... contéstame.

Elena no se movió. Sabía que, si abría los ojos, la dilatación de sus pupilas la delataría. La mano de Adrián bajó hacia su cuello, rozando la piel caliente que aún sudaba por la carrera desde el callejón. Estuvo a punto de apartar las cobijas, a punto de descubrir que bajo la seda ella todavía llevaba el calzado puesto, lista para huir.

—Señor —intervino Marta con una valentía desesperada—, la señora Malvina lo busca abajo. Dice que el contador acaba de llegar con los balances finales y es urgente.

Adrián gruñó, apartando la mano de Elena como si el contacto lo hubiera quemado físicamente. Miró a su esposa una última vez, con una sospecha que quemaba en sus ojos grises, y salió de la habitación sin decir una palabra.




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