El día trece amaneció con una neblina espesa sobre Manhattan, una bruma grisácea que parecía imitar la confusión que reinaba en la mente de Adrián Volkov. Tras el altercado del día anterior, el ambiente en el ático era eléctrico, cargado de una estática que amenazaba con estallar ante el menor roce. Malvina y Penélope apenas se atrevían a respirar con normalidad en presencia del magnate, quien pasaba las horas encerrado en su despacho privado. Adrián no solo ignoraba las llamadas de sus socios más cercanos, sino que había dado órdenes estrictas de no ser molestado mientras se centraba en un solo objetivo: encontrar a Phantom.
Sin embargo, su obsesión por el misterioso diseñador ahora compartía espacio con una tarea más personal y urgente. Por primera vez desde que firmó el contrato de fusión, Adrián se estaba encargando de revisar minuciosamente los movimientos financieros de Soler Luxury, rastreando cada centavo que había inyectado en la empresa.
No lo admitiría en voz alta, pero las palabras de su abuelo Viktor Volkov le habían calado hondo, abriendo una grieta en su armadura de autosuficiencia. Viktor le había sugerido que su soberbia lo había vuelto ciego, y Adrián, al revisar los balances reales, empezaba a sospechar que Soler Luxury no era la joya de la corona que Malvina le había vendido. Los números no cuadraban; había deudas camufladas como inversiones y gastos innecesarios que Malvina intentaba hacer pasar por costos de producción. Pero lo que más le dolía era la duda sobre Elena. ¿Realmente era una ludópata incorregible o Malvina le había pintado una villana para justificar el encierro de su propia hijastra? Dicen que, si quieres que las cosas se hagan bien, debes encargarte personalmente, y el "Carnicero" estaba empezando a afilar su cuchillo para desollar la red de mentiras de las mujeres Soler.
De pronto, el teléfono personal de Adrián — un dispositivo con encriptación militar cuyo número solo conocían cinco personas en el mundo — vibró sobre la mesa de caoba. No había número de remitente, ni siquiera una ubicación de satélite; solo una notificación de un mensaje entrante que desafiaba todos sus protocolos de seguridad.
Mensaje de Desconocido: "Dicen que el Carnicero de Wall Street nunca pierde el rastro de su presa... pero, ¿qué pasa cuando la presa es quien te observa a ti de cerca, Señor Volkov?"
Adrián se tensó, sus dedos apretaron el dispositivo con una fuerza que blanqueó sus nudillos. Sintió una mezcla de furia y una curiosidad casi primitiva. Nadie irrumpía en su privacidad de esa manera. Con el ceño fruncido, tecleó una respuesta rápida: "¿Quién eres y cómo conseguiste este número?".
La respuesta llegó cinco minutos después, cargada de una ironía que lo dejó sin aliento.
Mensaje de Desconocido: "Me gusta el whisky que bebes cuando no puedes dormir; el humo del tabaco parece ser tu única compañía. Pero te sugiero que guardes un poco para la noche de la Gala. Vas a necesitar algo muy fuerte para digerir la realidad de Soler Luxury y el fraude que tienes frente a tus ojos."
—¡Encuentren quién es! —rugió Adrián por el intercomunicador a su equipo técnico de ciberseguridad—. ¡Quiero una ubicación satelital ahora! ¡Nadie entra en mi red personal y sale ileso!
A pesar de sus gritos, una extraña descarga de adrenalina recorrió su columna vertebral. Por primera vez en años, alguien no le tenía miedo. Alguien estaba jugando con él en su propio territorio, usando sus propias reglas de poder. Durante el resto del día, Adrián no pudo evitar responder, cayendo en una conversación de sombras. El desconocido le contestaba con una inteligencia afilada, cuestionando su ego, su visión del éxito y la forma en que despreciaba a quienes consideraba inferiores. Era una fascinación intelectual que ninguna persona física había logrado despertar en él jamás.
Mientras tanto, en la planta alta, las Soler estaban al borde del colapso nervioso. El estudio de costura era un campo de batalla. Malvina observaba con ojos de hiena cómo Penélope trataba de ajustar el vestido de seda champán que le habían robado a Elena de sus viejos cuadernos. Pero los dedos de Penélope, acostumbrados solo a sostener tarjetas de crédito y copas de champán, eran torpes. La tela, delicada y antigua, empezaba a sufrir bajo sus manos inexpertas.
—¡Si no logras que esto se vea perfecto, Adrián nos va a destruir antes de que termine la Gala! —siseó Malvina, agarrando a su hija por el brazo—. Él ya sospecha de las cuentas. Si la colección no es un éxito rotundo que silencie a los críticos, no habrá escape a las Caimán. Mañana enviaremos los vestidos al salón de la Gala a primera hora. Elena se quedará aquí, bajo llave. Le diré a Adrián que ha tenido una recaída fuerte, que la fiebre no la deja levantarse. Así no estorbará cuando tú brilles, Penélope. No podemos arriesgarnos a que hable con él.
Elena, que escuchaba desde las sombras del pasillo de servicio, sonrió para sus adentros. Era exactamente la pieza que le faltaba a su tablero. Si Malvina la declaraba "enferma" y "en crisis", le estaba regalando la coartada perfecta. Nadie la buscaría en el ático durante la noche más importante de la industria de la moda.
Esa noche, cuando Manhattan se iluminaba con millones de luces, Adrián entró en la alcoba de Elena. Se veía exhausto, con los hombros cargados por el peso de sus descubrimientos financieros, pero sus ojos brillaban con una chispa nueva, una mezcla de intriga por los mensajes y una sospecha creciente hacia su entorno. Se sentó a los pies de la cama, mirando a la mujer que creía conocer, esa que él mismo había definido como un objeto de intercambio.