El día catorce amaneció con un silencio sepulcral en el ático de los Volkov, una quietud pesada y cargada de presagios. Era la calma absoluta que precede a la tormenta más devastadora. Mientras el sol se filtraba tímidamente por los ventanales de Manhattan, en las plantas inferiores de Soler Luxury, el ambiente era de triunfo anticipado. Los vestidos robados, aquellos diseños que Penélope pretendía hacer pasar por suyos, estaban siendo embalados con una delicadeza casi religiosa en cajas de terciopelo negro, custodiados por guardias de seguridad privada como si se tratara de los diamantes de una corona.
Malvina y Penélope se movían por el taller con una confianza renovada, casi arrogante. Para ellas, el fraude ya estaba consumado; solo faltaba la ceremonia de coronación.
—Mañana a esta hora, el contrato de fusión definitivo estará firmado y nuestra cuenta en las Islas Caimán tendrá los dígitos que realmente nos merecemos —susurró Malvina al oído de su hija, mientras chocaban sus copas de champán en un brindis privado—. Y lo mejor de todo es que esa "loca" se quedará aquí, pudriéndose en su miseria y luego en la clínica, mientras nosotras somos las reinas indiscutibles de la noche. Adrián está tan cegado por el negocio que no verá el golpe hasta que sea tarde.
Mientras tanto, a pocos metros de allí, en la penumbra de su oficina, Adrián Volkov no podía soltar su teléfono. La comunicación con aquel Desconocido se había transformado en una adicción peligrosa que consumía cada uno de sus pensamientos. No sabía quién estaba detrás de la pantalla, pero la elegancia cortante de su léxico y la precisión de sus ataques lo desafiaban de una forma que le resultaba embriagadora. No era solo inteligencia; era una voluntad que se negaba a ser domesticada por su poder, algo que Adrián no encontraba en ninguna de las personas que lo rodeaban.
Adrián: "¿Por qué tanto misterio? Si tienes pruebas del fraude que mencionas, deberías darlas ahora mismo. Yo podría darte el imperio que buscas si me demuestras quién eres."
Desconocido: "El mundo reclama lo que ve, Señor Volkov, pero yo solo reclamo lo que es mío por derecho de sangre y sudor. Mañana no busques pruebas en papeles; busca la verdad que se ha escondido en cada costura, en cada caída de tela. Y recuerda muy bien mis palabras... yo no soy una mercancía que puedas comprar, ni un activo que puedas poseer. Soy el precio que vas a pagar por tu insoportable arrogancia."
Adrián cerró los ojos y dejó caer el teléfono sobre el escritorio, sintiendo un escalofrío que le recorrió la nuca. Esa frase, "no soy una mercancía", le escocía en la memoria como una herida abierta, recordándole el desprecio absoluto con el que él mismo le había hablado a Elena el día que firmaron el contrato matrimonial. Sin embargo, sacudió la cabeza para espantar el pensamiento; para su lógica fría, Elena era una sombra rota, mientras que este Desconocido era una fuerza intelectual que amenazaba con devorarlo todo. En su mente, era imposible que hubiera conexión alguna entre la víctima sumisa que tenía en casa y esta mente brillante que lo ponía en jaque.
Por la tarde, Elena inició su acto final en el ático con una precisión de actriz consumada. Con la complicidad silenciosa de Marta, empezó a simular un empeoramiento drástico de su "estado". Se negó a probar bocado, fingió escalofríos y pidió que bajaran todas las persianas de la alcoba, alegando que la luz le causaba una migraña insoportable. Cuando Adrián subió a verla antes de marcharse a una reunión crucial previa a la Gala, encontró la habitación sumida en una oscuridad casi total. Elena estaba allí, pálida y envuelta en capas de mantas, fingiendo una debilidad que apenas le permitía articular palabra.
—¿Segura que no quieres que llame a mi médico personal ahora mismo, Elena? —preguntó Adrián, de pie en el umbral. Había una nota de culpa genuina en su voz, una inquietud que lo empujaba a querer protegerla.
—No… solo necesito oscuridad y silencio —susurró Elena, forzando un hilo de voz casi imperceptible—. Ve a la Gala, Adrián. Disfruta de tu éxito y de la gloria que tanto has buscado con Soler Luxury. Mañana... mañana estaré mejor, te lo prometo.
Adrián asintió, sintiéndose extrañamente perturbado por la quietud de su esposa. —Mañana se acaba todo este juego de acertijos. Me encargaré personalmente de que tengas la mejor atención médica después de esto. Quiero averiguar quién eres realmente: una mentirosa y adicta al juego, o una víctima de las circunstancias.
Al salir, Adrián, en un último gesto de "protección", ordenó a la servidumbre y a los pocos guardias que dejaba apostados en la puerta que no permitieran que nadie entrara a la habitación de Elena hasta su regreso la noche siguiente. Quería "proteger su descanso" de las intrigas de Malvina, Penélope y Tiffany. Sin saberlo, el Carnicero acababa de construirle a Elena la bóveda de privacidad perfecta para su gran escape.
En cuanto escuchó los pasos de Adrián alejándose, Elena se incorporó en la cama de un salto. Ya no había rastro de la mujer enferma. Sus ojos brillaban con la luz feroz de la venganza. Marta entró al cuarto segundos después, empujando un carrito de limpieza donde, oculta bajo las toallas, descansaba una maleta pequeña.
—Todo está listo, señora. El uniforme de repuesto está aquí —susurró Marta, señalando el fondo del carrito de limpieza—. Los guardias en la puerta no revisan el carrito al salir, solo se aseguran de que nadie entre a molestarla. Si se pone el uniforme y sale con la cabeza baja empujando esto, pensarán que soy yo terminando el turno. El coche la espera en la salida de emergencia a medianoche.