El sol de Manhattan no trajo calidez esa mañana; trajo una sentencia de muerte social. Apenas eran las seis de la mañana y el teléfono de Adrián Volkov no dejaba de vibrar, estrellándose contra la mesa de noche como un insecto atrapado en una caja de cristal. Adrián, que apenas había conciliado el sueño tras su infructuosa búsqueda de Phantom en el MET, estiró el brazo con un gruñido cargado de frustración.
Al encender la pantalla, el brillo le lastimó los ojos, pero lo que leyó le heló la sangre de inmediato. El portal de noticias financieras más importante del mundo, junto con el principal tabloide de moda de Nueva York, lucían el mismo titular en letras escarlatas que gritaban humillación:
"EL CARNICERO TRASQUILADO: EL FRAUDE MILLONARIO DETRÁS DE LA FUSIÓN VOLKOV-SOLER"
Adrián se incorporó de golpe, sintiendo un vacío gélido en el estómago. Al deslizar la pantalla con dedos temblorosos por la furia, se encontró con una filtración masiva de documentos confidenciales: copias de los balances reales, correos electrónicos de Malvina Soler ordenando el robo de diseños y, lo más devastador, pruebas irrefutables de malversación de los fondos que Adrián ya había inyectado. El artículo no solo destruía a las Soler; se burlaba abiertamente de Adrián Volkov por haber sido "seducido por una marca muerta", dejándolo como un principiante ingenuo ante sus competidores.
—¡Maldita sea! —rugió, arrojando el teléfono contra la pared con una fuerza que desintegró la pantalla.
No tuvo tiempo de procesar la furia. La puerta se abrió con un golpe seco. Viktor Volkov entró golpeando su bastón contra el suelo con una fuerza que hacía temblar los muebles.
—¡Eres un imbécil, Adrián! —La voz del patriarca retumbó como un trueno—. Te advertí que tu soberbia te estaba volviendo ciego. Te advertí que Soler Luxury era un cadáver y tú, en tu afán de demostrar que podías dominarlo todo sin escuchar a nadie, nos has arrastrado al fango mediático.
—¡Yo estaba investigando, abuelo! —trató de defenderse Adrián, de pie y con el torso desnudo, luciendo más vulnerable de lo que jamás había estado.
—¡Llegas tarde! La prensa tiene los documentos antes que tú. El apellido Volkov es hoy el hazmerreír de Wall Street. Creyeron que el "Carnicero" era infalible, y resulta que dos arpías y una avariciosa muerta de hambre te engañaron frente a todo el mundo. Ahora mismo vas a bajar a ese salón. Las Soler están ahí, intentando huir. Si dejas que crucen esa puerta con un solo centavo más de nuestra familia, no te molestes en volver a la junta directiva nunca más.
Abajo, el ambiente era de naufragio. Malvina y Penélope estaban vestidas con ropa de viaje rápida, con las maletas listas. Malvina gritaba por teléfono, mientras Penélope lloraba viendo cómo su Instagram se llenaba de comentarios llamándola "ladrona" y "fraude".
—¡Tenemos que irnos ya, mamá! —chillaba Penélope, con el maquillaje corrido por el llanto.
—¡Cállate! Si logramos salir antes de que Adrián firme el embargo, tenemos lo de las Caimán —respondió Malvina con odio—. ¡Esa maldita de Phantom tiene que haber tenido algo que ver! No sé cómo, pero esto huele podrido... claro, es algo que yo hubiera hecho para eliminar la competencia. Jugar sucio.
—¿A dónde creen que van? —La voz de Adrián bajó por las escaleras como una guillotina de acero.
Apareció vestido con un traje gris plomo que resaltaba su palidez colérica. Sus hombres de seguridad bloquearon todas las salidas.
—Adrián, cielo, es toda una confusión... —intentó Malvina.
—¡Cierra la boca! —gritó Adrián, caminando hacia ella con una ferocidad que la hizo chocar con el piano—. He visto los correos y las transferencias. Han usado mi dinero para pagar deudas de juego y comprar silencios. Eso se llama fraude.
Adrián tomó el iPad de la mesa y lo estrelló frente a ellas, mostrando los bocetos originales que firmaban con una elegante “E”. El ridículo era total.
—Me han dejado en ridículo. Han ensuciado mi nombre. Y lo peor de todo... me hicieron creer que Elena era la enferma, mentirosa, avariciosa y loca, cuando las verdaderas podredumbres de esta familia son ustedes dos.
En ese momento, Elena apareció en la barandilla. Llevaba una bata de seda blanca, luciendo pálida pero con una mirada de una claridad aterradora.
—¡Elena, hija, dile que somos inocentes! —suplicó Malvina.
Elena bajó los escalones lentamente. Se detuvo al lado de Adrián, pero miró directamente a la mujer que la había encerrado.
—Se acabó, Malvina —dijo Elena con voz de acero—. Las cenizas no pueden volver a convertirse en madera. Ayer en el desfile esa tal Phantom les quitó la gloria, y hoy la verdad les quita la libertad.
Adrián se giró hacia Elena. El aroma a jazmín de la noche anterior volvió a su mente con una fuerza violenta. La duda cruzó sus ojos, pero la urgencia del desastre lo distrajo.
—Seguridad, lleven a estas mujeres al sótano —ordenó Adrián con desprecio—. Voy a recuperar cada dólar. Y cuando termine con ustedes, desearán haber muerto antes de conocer por qué me apodan el Carnicero.
Los gritos de las Soler se desvanecieron mientras eran arrastradas. El salón quedó en silencio. Viktor se acercó a Elena con un respeto nuevo.