El amanecer del día dieciséis no trajo la tregua que Adrián Volkov esperaba. Al contrario, Manhattan parecía haberse despertado con un solo objetivo: devorar al hombre que durante años había sido el depredador más temido de Wall Street. Las pantallas gigantes de Times Square mostraban gráficos en rojo sangre que indicaban la caída libre de las acciones de Volkov Holdings. El escándalo de la fusión con Soler Luxury no solo era un chisme de moda; era un fraude financiero que ponía en duda la capacidad de juicio del "Carnicero".
En el piso sesenta de su torre corporativa, el caos era absoluto. Los teléfonos no dejaban de sonar con llamadas de inversores enfurecidos y socios que exigían la rescisión inmediata de sus contratos.
—¡Señor Volkov, el fondo de pensiones de Ohio ha retirado sus activos! ¡Hemos perdido tres mil millones en menos de dos horas! —gritó su asistente principal, entrando al despacho sin siquiera llamar.
Adrián estaba de pie frente al ventanal, con la mandíbula tan apretada que le dolía. Sus manos, hundidas en los bolsillos de su pantalón de mil dólares, temblaban de una furia contenida que amenazaba con estallar. Había pasado toda la noche intentando rastrear al inversor de Phantom, pero se había topado con una pared de empresas fantasma y cuentas encriptadas.
—¡Dígales que la auditoría está en marcha! ¡Que las Soler están bajo custodia! —rugió Adrián, girándose con una mirada que hizo que su asistente retrocediera tres pasos—. Y busquen al tipo que está con Phantom. Quiero saber quién le paga y por qué se atrevió a burlarse de mí en mi propia cara.
Mientras Adrián intentaba desesperadamente apagar el incendio de su empresa, en el ático la atmósfera era extrañamente tranquila. Elena estaba sentada en el comedor, disfrutando de un café que, por primera vez en años, no sabía a miedo. Marta entró con una sonrisa que no podía ocultar.
—Señora, el abogado que contactó el señor Vance está en la entrada de servicio. Dice que tiene los documentos listos para su revisión —susurró la mucama.
Elena asintió. Minutos después, estaba frente a un hombre de aspecto impecable y mirada astuta. No era el tipo de abogado que Adrián contrataría; era alguien que disfrutaba destruir a hombres como él.
—Señora Volkov, los términos son claros —dijo el abogado, extendiendo una carpeta de cuero sobre la mesa—. Dado el escándalo público, la infidelidad documentada de su esposo y la coacción, tenemos todas las de ganar. No solo recuperará su apellido; recuperará cada propiedad que le fue arrebatada. Solo falta su firma.
Elena tomó la pluma. Su mano no tembló. Al estampar su firma, sintió como si una cadena invisible se rompiera finalmente en su cuello.
—¿Qué pasará cuando él se entere? —preguntó Elena, mirando el documento.
—Se enterará hoy mismo. La notificación será entregada en su oficina en plena crisis —respondió el abogado con una sonrisa gélida—. El señor Vance cree que el "golpe de gracia" debe ser meticuloso y preciso.
Mientras tanto, Julián Vance se encontraba en un exclusivo club privado, observando el colapso de las acciones de Volkov en una tablet mientras saboreaba un whisky de malta. No sentía remordimiento. Había visto el talento de Elena y la crueldad de Adrián, y decidió que el Carnicero necesitaba una lección de humildad. Su teléfono vibró. Era un mensaje de Elena.
Elena: "Está hecho. Los papeles van en camino."
Julián: "Perfecto, Le Génie. Ahora prepárate. Un animal herido es cuando más peligroso se vuelve. Estaré cerca de la torre Volkov para asegurarme de que el colapso sea total. No dejes que sus amenazas te alcancen hoy; él ya no tiene poder sobre ti."
De vuelta en la oficina de Adrián, el desastre alcanzó su punto máximo. Las agencias de calificación de riesgo acababan de bajar la nota de su empresa a "bono basura". Sus socios más antiguos le habían dado la espalda. En ese preciso instante, un mensajero entró con un sobre sellado.
—Señor Volkov, entrega personal y urgente —dijo el hombre, dejando el sobre sobre el escritorio lleno de cenizas de tabaco.
Adrián lo abrió con brusquedad. Sus ojos recorrieron el documento y, por un segundo, el mundo se quedó en silencio. Eran los papeles del divorcio.
—"Solicitud de disolución matrimonial por crueldad mental, coacción y malversación de propiedad intelectual" —leyó en voz alta, su voz quebrándose de pura incredulidad.
En el documento, Elena no pedía dinero. Pedía su libertad. Adrián sintió que la sangre le subía al rostro. Así que la "débil y enferma" Elena había estado planeando esto mientras él creía tenerla bajo control. Ella no era la víctima; no era el animalito herido que había comprado. En realidad, ¿quién demonios era Elena?
—¡Preparen el coche! —gritó Adrián, barriendo todo lo que había en su escritorio con un movimiento violento—. ¡Regresamos al ático! ¡Ahora mismo!
El trayecto fue un infierno de sirenas. Adrián solo podía pensar en las palabras de Elena: "Deberías preocuparte menos por quién sabía qué, y más por quién eres tú ahora que el mundo sabe que fuiste engañado".
Cuando entró al ático, el silencio lo recibió como una bofetada. Elena estaba esperándolo en la sala, sentada con las piernas cruzadas y una maleta pequeña a su lado. Vestía un traje sastre negro que la hacía ver imponente.