Apenas han pasado diecisiete días desde que Elena firmó aquel contrato matrimonial que prometía ser su salvación y terminó siendo otra celda de lujo. En el ático de los Volkov, el aire se ha vuelto irrespirable. Tras el estallido en la sala, Adrián cumplió su amenaza: el personal de seguridad se ha triplicado y Elena se encuentra recluida en su habitación, custodiada por hombres que solo responden a las órdenes de un esposo que siente cómo su reputación se desintegra ante el mundo.
Elena no llora. Hace mucho tiempo que agotó sus lágrimas en la oscuridad del sótano de los Soler. En lugar de eso, está sentada frente a su escritorio, con un carboncillo en la mano, dejando que su genio fluya sobre el papel con una rabia contenida. Cada trazo es una estocada contra su cautiverio. Bajo una baldosa suelta en el rincón del baño, y a veces en el fondo falso de su clóset, descansa el celular que Arlette le entregó. Es su único vínculo con Julián Vance, el hombre que en pocos días le ha demostrado más respeto que el que Adrián le ha brindado en cada segundo de su convivencia.
La puerta se abrió con violencia. Adrián entró, arrojando su saco sobre una silla con un gesto brusco. Se veía exhausto, con la mirada de un cazador herido que busca a quién culpar de su caída.
—¿Entonces sí diseñas, Elena? Mientras mi nombre y mi reputación son arrastrados por el lodo, tú te dedicas al arte —rugió él, caminando hacia ella—. Tu familia me ha estafado. Malvina y sus hijas me usaron para lavar su basura financiera con diseños robados, y tú te quedaste callada.
Elena dejó el carboncillo y se levantó lentamente. Ya no había rastro de la mujer sumisa que bajaba la mirada.
—Mis diseños... ¿Mi familia, Adrián? —Elena soltó una risa amarga que heló el aire—. Ya es momento de que hablemos tú y yo. Malvina no es mi familia. Es la mujer que esperó a que mi padre muriera de esa manera tan "sospechosa" para robarse mi herencia y convertirme en su esclava personal durante siete años. Siete años en los que me obligaron a coser en la sombra para que Penélope brillara con mi talento. Y si no obedecía... me enviaban a una clínica de dudosa reputación para ser torturada y sometida. ¿Esa es la familia que defiendes?
Adrián se quedó inmóvil, impactado por la crudeza de la confesión. Por un segundo, el rastro de una sombra de culpa cruzó su mirada al imaginar a la mujer frente a él siendo sometida a semejantes horrores, pero la soberbia volvió a endurecer sus facciones.
—Lamento que tuvieras que pasar por ese infierno, Elena. Ningún ser humano merece ser tratado como un animal de carga —dijo Adrián, y su voz, por un instante, perdió su filo—. Siete años de tortura explican muchas cosas, pero no borran tu traición. Saber que sufriste no cambia el hecho de que me viste a los ojos mientras ocultabas la verdad, dejando que mi reputación se desmoronara. Tu pasado no te da derecho a destruir mi presente.
Antes de que Elena pudiera replicar, la puerta se abrió de nuevo. Viktor Volkov entró en la habitación, su bastón golpeando el suelo con una autoridad que hizo que Adrián guardara silencio de inmediato. El anciano traía una carpeta con bocetos antiguos y fotografías ampliadas de la gala.
—Adrián —sentenció Viktor, lanzando la carpeta sobre la cama—. He pasado la mañana con los auditores y expertos en arte. Los diseños que Penélope presentó como suyos, sin duda alguna, son de Elena. La técnica de bordado, la caída de la tela... todo coincide con los cuadernos de dibujo que Malvina intentó desaparecer y que logré rescatar antes de que las mantuvieras aisladas en el sótano.
Adrián miró a su abuelo y luego a Elena, procesando la información con dificultad. —¿Entonces... ella creó todo lo de Soler Luxury?
—Así es —confirmó Viktor—. Pero el problema es mayor. Tenemos que investigar a quién más le robó Malvina, porque hay piezas que no encajan con el estilo de Elena. Ella no solo explotó a su hijastra; saqueó el talento de otros diseñadores para inflar y volver a Soler Luxury una empresa fraudulenta.
En ese momento, la televisión de la habitación, que permanecía encendida en un canal de finanzas, emitió un reporte de última hora. La periodista hablaba con un entusiasmo casi insultante para Adrián:
"¡Impacto total en el mundo de la moda! Mientras las acciones de Soler Luxury han llegado a cero y la empresa se declara en quiebra técnica, la marca misteriosa “Phantom” acaba de anunciar que ha triplicado sus pedidos internacionales. Los expertos aseguran que Phantom es el nuevo estándar de la elegancia, dejando al “Carnicero” de Wall Street como el gran perdedor. Julián Vance es, definitivamente, el hombre del momento."
Adrián apretó los dientes, mirando la pantalla con un odio puro. Para él, Phantom era un misterio financiero y Julián Vance un oportunista que se estaba burlando de él en su cara. No sospechaba, ni por un segundo, que el "genio" que todo Nueva York buscaba estaba a dos metros de distancia, vistiendo una sudadera y unos jeans.
—La empresa de tu padre es un cadáver, Elena —dijo Adrián, girándose hacia ella con despecho—. Y por tu silencio, ahora yo tengo que cargar con sus deudas y el escándalo público. Perderás el legado de los Soler.
—¿Crees que me importa? —respondió Elena, encarándolo con una frialdad absoluta—. Te dije hace unos momentos todo lo que pasé en esa casa. Esa empresa no me trae más que recuerdos de dolor, de hambre y de traición. No quiero nada que venga de ese lugar. Prefiero verla arder... junto contigo.