Cenizas en la Pasarela

Capítulo 31.

Adrián Volkov no esperó a que el sol terminara de ponerse. El ático se había vuelto una olla a presión y la mirada de suficiencia de Elena lo estaba volviendo loco. Necesitaba respuestas y las necesitaba ahora. Dejó a Elena bajo doble vigilancia y se dirigió al exclusivo club privado donde sus informantes le habían asegurado que Julián Vance pasaba sus tardes.

Cuando Adrián entró al salón de roble y cuero, el silencio lo siguió. Julián estaba sentado en un sillón de terciopelo azul, con una pierna cruzada y una copa de coñac en la mano. Parecía un rey esperando a un mensajero, no un hombre que acababa de declarar la guerra al "Carnicero de Wall Street".

—Sabía que tardarías poco en aparecer, Volkov —dijo Julián, sin siquiera levantar la vista de su tablet—. Aunque esperaba que fueras más elegante. Ese nudo de corbata grita desesperación.

Adrián caminó hasta quedar frente a él, su imponente figura proyectando una sombra sobre la mesa.

—¿Quién es Phantom, Vance? —siseó Adrián, con la voz cargada de una violencia contenida—. Sé que estás detrás de la inversión. Sé que estás usando a esa marca para desangrar mi empresa. Dime quién es ella y cuánto quieres para entregármela; conmigo su éxito está asegurado.

Julián soltó una carcajada suave y melódica que irritó los nervios de Adrián más que cualquier insulto. Dejó la copa en la mesa y se puso de pie, igualando la altura de Adrián. Mientras Adrián era fuerza bruta y cólera, Julián era precisión y hielo.

—Ese es tu problema, Adrián. Crees que todo tiene un precio —Julián dio un paso hacia él, invadiendo su espacio con una calma aterradora—. Buscas a Phantom para reivindicarte ante tus socios, cuando lo que deberías estar buscando es la manera de salir del hoyo en donde estás metido. No estoy aquí por dinero. Tengo suficiente. Estoy aquí porque me gusta el talento, el misterio y sobre todo la audacia de mi cliente Phantom. Lo que has hecho últimamente, esos errores por creerte invencible e intocable, es una deuda que Nueva York no te va a perdonar.

—Phantom es una mina de oro que pienso arrebatarte —rugió Adrián, cerrando los puños—. No me hables de deudas morales. Hablamos de negocios. Entrégame al genio detrás de esa marca y sal de mi camino.

Julián sonrió con una lástima que fue como un látigo para el ego de Adrián.

—No puedo entregarte a alguien que es independiente; además es un ser humano, no un objeto, Adrián. Phantom no te pertenece ni te pertenecerá jamás. Mientras tú te ahogas en tus propias mentiras, ella está conquistando el mundo que tú creías dominar. Vete a casa, Volkov. Estás peleando una guerra que perdiste en el momento en que decidiste hacer malos negocios con Malvina Soler, esa mujer tiene mala reputación. Y tú, por no investigar a fondo, solito te pusiste en esta situación.

Adrián se quedó sin palabras. La seguridad de Julián era tan aplastante que, por primera vez, sintió que estaba golpeando un muro de hormigón. Sin una respuesta que pudiera salvar su orgullo, se dio la vuelta y salió del club, pero la furia no se había disipado; se había transformado en un veneno que necesitara inyectar en alguien más.

Mientras subía a su coche, el aroma a jazmín que había sentido en la pasarela volvió a invadir su mente. "Es imposible", pensó, apretando el volante. La única pista real para saber quién era Phantom era el perfume de jazmín, uno que cualquier mujer con dinero podía adquirir. No podía ser Elena. Ella estaba ese día en su cuarto, enferma, bajo su control. O eso quería creer. Hasta que no supiera quién era Phantom, no dejaría a Elena libre; la mantendría en su jaula de oro no solo como castigo, sino como el control que necesitaba para descubrir qué demonios estaba ocultando Elena tras esa mirada de acero y su inesperada valentía.

No regresó al ático. Se dirigió directamente a la propiedad donde tenía retenidas a Malvina, Penélope y Tiffany bajo vigilancia. Si Julián Vance le había dejado un sabor amargo en la boca, él se encargaría de que esas arpías mentirosas probaran la hiel.

Entró en el sótano donde las tres mujeres permanecían custodiadas. Al verlo, el silencio sepulcral fue roto por los sollozos de Tiffany y el temblor visible de Penélope. Malvina, intentando mantener una pizca de dignidad, se levantó.

—Adrián, querido, esto es un malentendido... —empezó Malvina con voz temblorosa.

—¡Cállate! —el grito de Adrián rebotó en las paredes húmedas. Caminó lentamente hacia ellas, como un depredador que disfruta del terror de su presa—. Julián Vance acaba de burlarse de mí en mi propia cara por su culpa. Por haberles creído a ustedes, tres parásitos que no tienen ni una pizca del talento que le robaron a Elena y quién sabe a cuántos más. Dejaron hundirse a una empresa de prestigio como lo fue Soler Luxury.

Se detuvo frente a Penélope, quien se encogió de hombros con cobardía.

—Tú... —dijo él con un susurro peligroso—. Me vendiste basura como si fuera oro. Hiciste que mi apellido fuera el hazmerreír de Wall Street. ¿Sabían que Elena pasó siete años siendo su esclava? ¿Sabían que ella era inocente? Y aun así me mintieron.

Malvina palideció. —Ella miente, Adrián...

—¡Ella no miente! —rugió él, pateando una silla que salió volando hacia un rincón—. Mi abuelo confirmó cada diseño. Ustedes no solo son ladronas; son asesinas de sueños. Y ahora, van a pagar.

Adrián se inclinó hacia Malvina, su rostro a centímetros del de ella.




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