El encierro en el ático de los Volkov se sentía diferente esa mañana. El aire no pesaba por el miedo, sino por una anticipación eléctrica. Marta entró en la habitación de Elena con una bandeja de té, pero sus ojos brillaban con una complicidad nerviosa. Al dejar la bandeja, deslizó con destreza un sobre pequeño debajo de la servilleta de lino.
—La señorita Arlette me pidió que le entregara esto, señora. Dice que tenga cuidado, el señor está... fuera de sí —susurró Marta antes de retirarse rápidamente.
Elena abrió la carta. Arlette le detallaba con lujo de detalles el escándalo en el club y cómo Adrián había intentado marcar territorio frente a Julián Vance. Elena sonrió con una frialdad que le habría dado escalofríos al propio Adrián. Él estaba desesperado, buscando un enemigo externo sin darse cuenta de que el enemigo estaba dentro de su propia casa.
En ese mismo instante, en su despacho personal, Adrián recibió una notificación cifrada en su teléfono. Un mensaje directo de la cuenta oficial de Phantom. Su corazón dio un vuelco.
Phantom: "Señor Volkov, he sabido de su... interés por conocerme. Permítame ahorrarle el esfuerzo: no estoy en venta. Soy una víctima más de la ambición desmedida de Malvina Soler. Ella no solo robó mis diseños; robó mi estabilidad, mi paz y mi confianza en el mundo. El anonimato es mi única armadura contra personas que, como usted, creen que el talento se puede comprar o enjaular."
Adrián sintió que la respiración se le cortaba. No pudo evitar responder de inmediato.
Adrián: "No busco comprarte, Phantom. Busco justicia. Malvina Soler también me engañó a mí. Me vendió una mentira y puso en juego el prestigio de mi familia. Si eres una víctima, tenemos un enemigo común. Déjame proteger tu talento, conmigo tu marca será intocable."
Phantom: "¿Protegerme? ¿Como 'protege' a su esposa, señor Volkov? He oído rumores de que Elena Soler vive encerrada y bajo su vigilancia. No confío en hombres que confunden protección con posesión, ni tampoco en aquellos que son infieles. Si busca redención, búsquela en otra parte, no en mi talento. No volveré a permitir que un hombre o mujer ambiciosos decidan mi destino."
Adrián lanzó el teléfono sobre el escritorio, frustrado y extrañamente fascinado. Esa mujer hablaba con una elegancia y una fuerza que lo cautivaban, pero sus palabras sobre Elena le ardieron en el pecho; los rumores se esparcían demasiado rápido. Se levantó y caminó hacia el tocador del pasillo, donde había dejado un frasco de perfume que mandó traer de urgencia: una fragancia exclusiva de jazmín francés. Lo destapó y aspiró el aroma, comparándolo con el rastro que flotaba en el ático.
—Es el mismo... tiene que ser el mismo —susurró para sí mismo, obsesionado.
—¿Ahora te dedicas a la perfumería, Adrián? ¿O es que el olor a fracaso es tan fuerte que intentas ocultarlo con jazmín? —la voz de Viktor Volkov tronó desde la puerta.
El abuelo entró, su bastón golpeando el suelo con una autoridad que hizo que Adrián se pusiera tenso de inmediato. Viktor miró el frasco de perfume con un desprecio infinito.
—Sigues aquí, perdiendo el tiempo con esencias y mensajes, mientras tu honor se desangra por las alcantarillas de Nueva York —escupió Viktor, plantándose frente a su nieto—. ¿Retener a una mujer a la fuerza por una corazonada y un perfume que usa media ciudad? ¡Por Dios, Adrián! Me das vergüenza.
—¡Elena sabe algo, abuelo! Ese aroma estaba en la gala, estaba en el camerino de Phantom y está en su piel —replicó Adrián, guardando el frasco con manos temblorosas.
—¡Es un perfume común, necio! —rugió Viktor, levantando el bastón—. Estás usando una coincidencia tan banal para esconder tu incapacidad de ser un hombre de palabra. Tienes a la verdadera creadora de Soler Luxury bajo tu techo y, en lugar de pedirle perdón por haberle creído a esa arpía de Malvina, la encierras como a una criminal. No tienes pruebas contundentes, solo tienes paranoia. Cada minuto que ella pasa aquí retenida es un clavo más en el ataúd de tu reputación.
Adrián intentó protestar, pero Viktor no lo dejó.
—Escúchame bien, porque no lo repetiré. Si para mañana no has arreglado este desastre, si no dejas de jugar al carcelero y no limpias el apellido Volkov de este escándalo de fraude, te retiraré de la empresa. Te quitaré el poder de socio y la representación de esta familia. No voy a permitir que un niño caprichoso hunda lo que me tomó cincuenta años construir por una obsesión sin fundamentos. Elige ahora: ¿tu orgullo herido o tu herencia?
Viktor salió de la habitación dejando a Adrián en un silencio sepulcral. Adrián miró hacia la puerta de la habitación de Elena. El perfume de jazmín flotaba en el pasillo, burlándose de él, mientras el mensaje de Phantom seguía vibrando en su mente. Estaba atrapado entre la fascinación por un fantasma y la presión de un imperio que se le escapaba de las manos.
En su habitación, Elena escuchó el eco de los pasos de Adrián en el pasillo. No eran los pasos seguros de un hombre de negocios; eran pesados, erráticos, cargados de la frustración que su abuelo le acababa de inyectar. Ella sabía que él se detendría frente a su puerta. Sabía que él estaba ahí fuera, debatiéndose entre su orgullo y esa duda que lo carcomía.
Elena se levantó de la cama con una parsimonia casi felina. Caminó hacia el tocador y tomó el pequeño frasco de fragancia que le recordaba a sus días felices de su niñez, ese aroma que la abrazaba cuando tenía pesadillas: el amor de una madre que la dejó siendo una niña. Lo observó por un segundo, viendo cómo la luz de la mañana atravesaba el cristal.