Adrián salió de la habitación de Elena con el aroma a jazmín quemándole los sentidos, una fragancia que se le había instalado en la garganta como un nudo imposible de tragar. Las palabras de su abuelo Viktor resonaban en su cabeza como un martilleo incesante, rítmico y despiadado: "Tu orgullo o tu herencia". El "Carnicero de Wall Street", el hombre que nunca pestañeaba ante una adquisición hostil, se sentía por primera vez acorralado en su propio territorio.
Bajó al despacho con pasos pesados, donde el monitor de alta resolución mostraba las gráficas de Volkov Holdings aún tiñéndose de un rojo alarmante. Cada gráfica en descenso era un golpe a su legado. Tomó una decisión que le amargaba la boca, una que sabía a derrota, pero que era necesaria para calmar las aguas antes de que el consejo de administración le arrebatara el timón. Llamó al jefe de seguridad a través del intercomunicador, apretando el botón con una fuerza innecesaria.
—Retiren la vigilancia de la puerta de la señora. A partir de ahora, tiene permitido salir del ático —ordenó Adrián, con la voz tensa, casi vibrante de rabia contenida—. Pero escúchenme bien: quiero a dos hombres siguiéndola a una distancia prudente. No quiero que se sienta asfixiada, quiero que se sienta libre, porque es cuando se siente libre cuando la gente comete errores. Si entra a un edificio que no sea de la familia o se acerca a cualquier competidor, quiero saberlo en un minuto. Ni un segundo más.
Mientras tanto, en el húmedo sótano de una de las propiedades periféricas de los Volkov, el aire olía a derrota, a moho y a sueños rotos. Malvina Soler, sin embargo, no era una mujer que supiera lo que significaba rendirse. Sus hijas, Penélope y Tiffany, dormían agotadas sobre unos colchones viejos, con el rímel corrido y el espíritu quebrado, pero ella permanecía despierta, observando las sombras que bailaban en las paredes de hormigón. Había logrado lo imposible: sobornar a un guardia novato, un chico joven y asustadizo llamado Liam, cuya ambición era más grande que su lealtad a los Volkov. Malvina lo había manipulado con la promesa de una joya que tenía oculta, una herencia que Adrián no había confiscado aún.
—Llévale esto a Elena —le susurró Malvina al guardia, entregándole un pequeño papel arrugado con un número escrito a toda prisa—. Dile que si no llama, su mundo se acabará hoy mismo. Dile que el pasado no se entierra; se pudre hasta que el olor llega a la superficie.
El guardia, cumpliendo el encargo con el corazón latiéndole en las sienes, llegó al ático y logró entregarle el mensaje a Elena mientras los hombres de confianza de Adrián se distraían en el tedioso cambio de turno. Elena, al recibir el papel, sintió un frío punzante recorrerle la columna vertebral. Sin dudarlo, marcó el número desde el celular que el guardia le facilitó temporalmente, un dispositivo barato y desechable.
En el sótano, Malvina se encerró en el pequeño y mugriento cuarto de baño. Con dedos ágiles, sacó un celular barato que mantenía oculto bajo el lavabo, pegado con cinta adhesiva en un rincón oscuro donde la humedad apenas permitía que el pegamento resistiera. No había llegado tan lejos en la escala social si no fuera una mujer astuta, una depredadora dispuesta a conseguirlo todo por medio de sobornos, artimañas y el dolor ajeno.
—¿Elena? —susurró Malvina con un siseo venenoso que parecía filtrarse por los circuitos del teléfono—. Sé que me escuchas. No creas que porque Adrián nos tiene aquí has ganado la partida. Si dejas que Adrián nos tenga encerradas, si permites que nos quiten hasta el último centavo, le contaré al mundo la verdad sobre tu "honorable" padre, Sebastián Soler.
—No tienes nada, Malvina —respondió Elena, apretando el auricular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos—. Mi padre fue un hombre íntegro, todo lo contrario a lo que tú representas.
—Tu padre no era el santo que tú crees, querida. ¿O ya olvidaste por qué me permitió entrar en su vida con tanta facilidad? ¿Por qué se hizo cargo de mis hijas como si fueran propias? —La risa de Malvina fue corta y seca, cargada de una maldad antigua—. Él cargaba con la muerte de mi primer esposo en su conciencia. Un "accidente" de coche en una noche lluviosa que él provocó por su imprudencia. Yo fui la única que lo supo, la única que tenía las pruebas. Lo chantajeé durante años por ese secreto, y él aceptó el trato para mantener su nombre limpio y tu infancia perfecta. Si yo caigo, diré que tú lo sabías todo. Diré que la única heredera de Sebastián Soler es la hija de un asesino. Detén a Adrián, o el escándalo de los Volkov no será lo último que te preocupe cuando la prensa devore la memoria de tu padre.
Elena colgó el teléfono, sintiendo que el suelo bajo sus pies se transformaba en arena movediza. La revelación de Malvina, aunque dolorosa, encajaba perfectamente con la extraña sumisión que su padre siempre mostró hacia esa mujer, una obediencia que Elena nunca había logrado comprender hasta hoy. Sin embargo, no podía quedarse encerrada alimentando sus fantasmas.
—Marta, prepárate. Vamos a salir ahora mismo —dijo Elena con una determinación renovada, ocultando el temblor de sus manos tras una máscara de frialdad.
Minutos después, Elena bajaba del edificio acompañada por Marta, cuya presencia le servía de escudo ante los ojos indiscretos de la seguridad. Adrián la observaba desde su auto, justo antes de arrancar rumbo a las oficinas centrales de Volkov Holding. La vio subir a un taxi con una elegancia que le dolió en el pecho, preguntándose a dónde iría la mujer que, según él, no tenía a dónde escapar. Llegaron a una cafetería concurrida en la Quinta Avenida, un lugar lleno de ejecutivos apurados y turistas distraídos.