Cenizas en la Pasarela

Capítulo 34.

Julián Vance observó a Elena alejarse de la cafetería bajo la protección de Marta. Sus ojos, usualmente gélidos y calculadores, se suavizaron por un segundo mientras la veía desaparecer entre la marea de gente de la Quinta Avenida. Recordaba perfectamente esa sensación de desamparo absoluto; él también había estado en ese lugar oscuro, solo contra el mundo, cuando los Volkov decidieron que la empresa de su padre era simplemente el siguiente trozo de carne que querían devorar para alimentar su insaciable imperio. La imagen de su padre derrotado, viendo cómo décadas de esfuerzo se desvanecían en una firma forzada bajo presión, era el motor que aún lo impulsaba.

Sacó su teléfono personal, un dispositivo con encriptación militar, y marcó un número que no figuraba en ninguna agenda pública ni registro comercial.

—Está hecho —dijo Julián al contestar, su voz recuperando la frialdad profesional—. Adrián ha mordido el anzuelo con una desesperación que incluso a mí me sorprende. Está tan obsesionado con el perfume y los mensajes de Phantom que no ve cómo el suelo desaparece bajo sus pies. Está peleando contra un fantasma mientras el mundo real se le viene abajo.

—¿Y la chica? —La voz al otro lado era profunda, pausada, cargada de una sabiduría amarga y acompañada por el sonido rítmico de un metal golpeando suavemente un suelo de mármol. Clac, clac, clac. El sonido de un bastón—. ¿Sigue siendo el daño colateral que planeamos desde el principio, Julián?

Julián apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de culpa que no esperaba. —Eso era antes de conocerla de verdad. Elena no es un daño colateral. Ella es la pieza central de todo esto y, para ser honesto, es la razón por la que sigo en esto con tanta convicción. No es solo el negocio, es ella.

—Cuidado, Julián. No olvides quién te recogió de la ruina cuando no eras más que un rastro de despojo humano —advirtió el hombre del bastón con una frialdad paternal que cortaba como un bisturí—. Cuando Maikel Volkov humilló a tu familia y los hundió en la miseria más absoluta, yo fui quien te dio un nombre nuevo, una educación de élite y el capital necesario para ser el hombre que eres hoy. Te entrené para ser el primero, para sentarte en el trono, no para ser el segundo de nadie, y mucho menos para ser la sombra de un Volkov. Si acepté financiar esta operación de asalto masivo, fue porque me prometiste justicia, no una historia de rescate.

—Y habrá justicia, se lo aseguro —sentenció Julián con una firmeza que no admitía réplica—. Pero Elena Soler tendrá su libertad. Ella es inocente de los pecados de su marido y de la ambición de Malvina. No permitiré que caiga con él al abismo. Ella es la clave, señor. Mantenerla a salvo y dejar que Phantom conquiste el mercado de la moda es nuestra mayor ventaja competitiva. Ella confía en mí, y después de todo lo que perdió —su voz bajó un octavo—, no voy a ser yo quien la traicione. Además, cuando la veo a los ojos... me recuerda demasiado a mí mismo cuando lo perdí todo.

Julián colgó sin esperar respuesta. Su lealtad hacia su tutor, aquel misterioso hombre que lo rescató cuando no tenía nada más que odio en las venas, era innegable. Sin embargo, su devoción por Elena estaba empezando a superar cualquier plan de venganza previamente trazado. Ver a Elena florecer bajo su protección no era solo un movimiento estratégico; era, en cierto modo, una forma de sanar sus propias heridas del pasado.

Mientras tanto, Elena regresaba al ático con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Sentía que caminaba sobre una cuerda floja; Malvina le había lanzado una granada informativa y Julián le había ofrecido un escudo que aún no terminaba de comprender. Al entrar, se encontró con lo que más temía: Adrián la esperaba en medio de la estancia principal. Había regresado temprano de la oficina, lo cual nunca era una buena señal. Estaba allí, con el nudo de la corbata deshecho y una botella de whisky de malta a medio terminar sobre la mesa de cristal. La habitación apestaba a alcohol y a una rabia contenida que estaba a punto de desbordarse.

—Tardaste mucho por un par de capuchinos, Elena —dijo Adrián, levantándose con una lentitud amenazante. Su voz era una mezcla corrosiva de sospecha y una extraña desesperación que lo hacía parecer un animal herido—. ¿O es que el aire de la Quinta Avenida te dio ideas nuevas? ¿O tal vez alguien te las susurró al oído?

Elena se quitó el abrigo con una parsimonia que no sentía, tratando de que el temblor de sus manos no la delatara.

—El aire de la libertad siempre da ideas, Adrián. Deberías probarlo alguna vez en lugar de vivir encerrado en tus propias paranoias y muros de cristal. El mundo es mucho más grande que este ático.

Adrián se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo. El olor metálico del alcohol se mezclaba con el aroma a jazmín que ella todavía emanaba, creando un contraste mareante.

—Recibí otro mensaje de Phantom —soltó él, escudriñando cada micro expresión en el rostro de su esposa, buscando una grieta por donde entrar—. Me dijo que no confía en hombres que confunden protección con posesión, ni en los infieles. Curioso, ¿no crees? Es exactamente el mismo discurso que tú me das cada vez que intentas rebelarte. Empiezo a pensar que esa tal "Phantom" te conoce mejor de lo que tú misma te conoces, o que ha estado escuchando nuestras peleas tras las paredes. O tal vez... ella te está usando como espía para desangrarme desde adentro. ¿Eres su espía, Elena? ¿Estás vendiendo mis secretos a cambio de tu libertad?




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