Adrián soltó los hombros de Elena con una brusquedad que la hizo tambalear, pero no se alejó lo suficiente como para romper la atmósfera asfixiante que los rodeaba. Sus ojos, inyectados en una mezcla de alcohol y una arrogancia peligrosa, recorrieron el rostro de su esposa con un desprecio que ella nunca había visto tan nítido. El silencio en el ático fue interrumpido por la risa seca de Adrián, un sonido carente de humor que erizó los vellos de la nuca de Elena.
—Así que finalmente te diste cuenta de la rubia —dijo él, caminando con paso errático hacia el bar de nogal para servirse una medida generosa de whisky, sin rastro alguno de arrepentimiento—. Me sorprende que hayas tardado tanto, Elena. Siempre pensé que, debajo de esa capa de timidez, eras un poco más observadora. Pero claro, estabas demasiado ocupada jugando a la víctima en tu torre de cristal.
Elena se quedó petrificada en su lugar, con el corazón martilleando contra sus costillas. Esperaba una negación, una mentira corporativa bien ensayada, pero no esa honestidad brutal y descarada.
—¿Entonces es verdad? —su voz salió más firme de lo que esperaba, aunque por dentro sentía que se desmoronaba—. ¿Tienes el descaro de traer a tu amante a nuestra casa, a media noche, mientras yo estoy en la habitación de al lado?
Adrián se bebió el whisky de un solo trago, dejando que el líquido le quemara la garganta antes de girarse hacia ella con una sonrisa que destilaba veneno.
—Soy un hombre con muchas tensiones, Elena. Manejo un imperio que se desangra, peleo contra fantasmas digitales como esa tal Phantom que intenta hundirme, y lidio con un abuelo que me respira en la nuca cada cinco minutos. Necesito válvulas de escape, y esa mujer es una de ellas. Ha sido parte de mi vida desde mucho antes de que tú aparecieras con tu apellido manchado y lo seguirá siendo mucho después de que te hayas ido. No pienso cambiar mis hábitos, ni mi estilo de vida, por un contrato matrimonial que fue, esencialmente, una transacción comercial para limpiar mi nombre.
Caminó de regreso hacia ella, rodeándola lentamente como un depredador que analiza los puntos débiles de una presa que ya no tiene escapatoria.
—¿Sabes por qué nunca he pensado en tocarte de esa forma, Elena? ¿Por qué nunca he intentado llevarte a mi cama a pesar de que legalmente me perteneces? —Él se detuvo justo detrás de ella, susurrándole al oído—. Porque Malvina Soler me vendió una idea muy específica: una mujer que dijera a todo que sí, una figura dócil que no protestara, que no cuestionara y que simplemente estuviera ahí para decorar mi brazo en las galas como un accesorio caro. No busco pasión en una adquisición, busco utilidad. Y hasta ahora, me habías servido bien... hasta que decidiste empezar a pensar por ti misma y a cuestionar mis libertades.
Elena sintió que el estómago se le revolvía de puro asco. La frialdad con la que hablaba de ella, como si fuera un mueble de oficina o un activo depreciado, era más dolorosa que cualquier grito que pudiera haberle lanzado.
—¿Y tú, Elena? —preguntó él de repente, rompiendo el espacio personal hasta que su aliento a alcohol rozó su mejilla—. ¿Acaso no sientes ese deseo? ¿No sientes esa urgencia de ser tocada, de dejar de ser una estatua de jazmín para convertirte en carne y hueso?
Elena retrocedió un paso, sintiendo un calor repentino y traicionero subir por su cuello. Se puso visiblemente nerviosa, sus manos buscaron refugio en los pliegues de su falda, apretando la tela con desesperación.
—No... yo no siento nada de eso. Mucho menos por un hombre como tú —logró articular, aunque su voz traicionó su seguridad con un leve temblor.
Adrián soltó una carcajada que resonó en las paredes de cristal del ático, una burla cruel y llena de superioridad que la hizo sentir diminuta.
—¿De verdad? ¿Esa es tu respuesta? —Él la escudriñó con una mirada que parecía querer desnudar sus secretos más profundos—. Por Dios, Elena... no me digas que el "regalo" de Malvina viene con un sello de pureza intacto. ¿Acaso eres virgen?
El rostro de Elena se encendió en un rojo carmesí. Bajó la mirada al suelo, incapaz de sostener ese escrutinio humillante y lascivo. El silencio que siguió fue su propia confesión.
—Sí —susurró finalmente, sintiendo que esa verdad era su última vulnerabilidad expuesta ante un monstruo—. Y así seguirá siendo. No permitiré que pongas un dedo sobre mí.
Adrián se acercó tanto que ella pudo sentir el calor abrasador de su pecho. Estiró una mano y rozó con el dorso de sus dedos la mejilla de Elena, un gesto que en otro hombre habría sido una caricia, pero en él se sentía como una marca de propiedad.
—Ahora entiendo todo —se burló él, su voz bajando a un susurro oscuro y cargado de cinismo—. Entiendo por qué no sientes la necesidad de quitarte el deseo: no conoces el fuego, solo la escarcha de tu propia ignorancia. Eres una niña jugando a ser mujer en un mundo lleno de lobos hambrientos. Pero déjame advertirte algo, mi querida esposa: cuando pruebes ese fuego, cuando alguien finalmente despierte lo que tienes dormido bajo ese perfume rancio de jazmín, no vas a poder parar. Te volverás adicta a la misma tensión que hoy desprecias con tanta soberbia.
Se alejó de ella abruptamente, recuperando su máscara de frialdad empresarial y ajustándose los puños de la camisa como si nada hubiera pasado.
—Ve a dormir, Elena. Mañana será un día largo y no tengo paciencia para tus dramas de convento. No me importa lo que hagas con tu castidad, siempre y cuando no interfiera con el prestigio de mi apellido. Y en cuanto a la rubia... acostúmbrate. Ella me da lo que tú, con toda tu "pureza" y tu linaje roto, nunca podrías darme en mil años.