Cenizas en la Pasarela

Capítulo 36.

Pasaron tres días desde la noche en que Adrián Volkov desnudó su cinismo en el ático. Para él, el mundo parecía estar volviendo a su eje de poder absoluto. Las menciones negativas sobre el fraude de las Soler habían empezado a bajar de tono en los tabloides, sofocadas por comunicados de prensa estratégicos y nuevas adquisiciones tecnológicas. Adrián caminaba por los pasillos de Volkov Holdings con la barbilla en alto, convencido de que había "domado" la situación y, sobre todo, a su esposa.

Él creía firmemente que Elena estaba humillada, rota por la confesión de su infidelidad y por la burla cruel sobre su pureza. La veía recluida en sus habitaciones, aceptando las bandejas de té de Marta sin protestar, y asumía que ese silencio era el de una mujer derrotada.

—Ves, abuelo —dijo Adrián durante una llamada matutina, mientras se ajustaba los gemelos de oro frente al gran ventanal de su oficina—. El mercado tiene memoria corta y las mujeres, después de un golpe de realidad, aprenden a aceptar su lugar. Las acciones se han estabilizado. Elena ya no me desafía con la mirada y esa tal "Phantom" parece haberse quedado sin municiones. Solo fue un pequeño fuego insignificante que logramos apagar a tiempo.

—No cantes victoria, muchacho —la voz de Viktor sonó ronca y cargada de una sospecha ancestral—. El silencio de una mujer inteligente no es sumisión, es estrategia. Y el mercado... el mercado es una bestia que huele la soberbia a kilómetros. Ten cuidado, Adrián.

Adrián colgó con un gesto de suficiencia, ignorando la advertencia del viejo lobo. Esa noche daría una cena privada en un exclusivo restaurante de Manhattan para celebrar la "estabilización" de la empresa. Incluso le ordenó a Marta que le comprara un vestido nuevo a Elena, una pieza de seda azul oscuro que gritara "propiedad de los Volkov", para que lo acompañara y sellara ante sus socios la imagen de la pareja perfecta; el socio estable y serio que el mercado financiero exigía.

Lo que Adrián no sospechaba, mientras firmaba documentos creyéndose el rey del mundo, era que, tras la puerta cerrada de su habitación, Elena Soler estaba diseñando su venganza con una precisión metódica.

En la penumbra de su cuarto, Elena no lloraba. Sus ojos brillaban con una claridad aterradora mientras sus dedos volaban sobre las páginas de un nuevo cuaderno oculto. Si con "Cenizas y Fuego" había logrado que el mundo de la moda se detuviera a mirar, con su nueva colección, "Renacimiento", estaba dispuesta a hacer que todos cayeran de rodillas. Cada trazo era más delicado, más audaz y más complejo que el anterior. Eran diseños que desafiaban la gravedad y la lógica, piezas que mezclaban la suavidad de la seda con estructuras que recordaban a armaduras medievales.

“Si me quieres como un adorno, Adrián, te mostraré cómo el adorno destruye al dueño”, — pensó Elena mientras sombreaba el boceto de un vestido que parecía hecho de pétalos de cristal.

Ella ya no era la mujer inocente y sumisa que él despreciaba; era una arquitecta de sueños que estaba a punto de demoler la realidad de Adrián Volkov. Cada diseño en ese cuaderno era un clavo en el ataúd financiero de su marido. Elena sabía que la excelencia técnica de sus nuevos trazos era tan superior a lo que Malvina Soler alguna vez presentó, que la industria no tendría más remedio que declarar a Phantom como la única y verdadera reina.

A varios kilómetros de allí, en el búnker tecnológico de Vance Enterprises, Julián Vance terminaba de coordinar el asalto final. Junto al equipo de ingenieros financieros más agresivo de la costa este, revisaba los algoritmos de compra y venta. La entrada de Phantom Inc. al mercado bursátil no sería un evento ordinario; sería una emboscada.

—Señor Vance, los reguladores han otorgado el visto bueno final. Phantom Inc. debutará en el mercado secundario a las ocho de la noche —informó su jefa de operaciones—. El interés de los fondos de inversión es algo que no hemos visto en décadas. Quieren el genio, quieren la exclusividad y quieren la sangre de los Volkov. El mercado percibe que Phantom es el futuro, y Volkov Holdings... bueno, ellos son el pasado que se resiste a morir.

Julián observó el reloj. Faltaban pocas horas para la cena de gala de Adrián.

—Lancen el video introductorio de "Renacimiento" en todas las plataformas digitales de forma simultánea. Quiero que los teléfonos de todos los comensales en ese restaurante vibren al mismo tiempo. Quiero que vean cómo la excelencia de Elena eclipsa el ocaso de Adrián Volkov.

Mientras tanto, en el ático, llegó la hora de prepararse. Elena observó el vestido azul que Adrián le había enviado. Con un movimiento lento y deliberado, lo dejó caer al suelo en un montón de seda inútil. No volvería a usar nada que él hubiera elegido para ella. En su lugar, sacó de su escondite un traje sastre de su propia creación: una pieza de seda negra tan oscura que parecía absorber la luz, con solapas bordadas en hilo de plata invisible que solo brillaban con el movimiento.

Se detuvo frente al espejo de cuerpo entero y se observó con una intensidad que nunca antes se había permitido. Recordó a la mujer que cruzó el umbral de ese ático casi un mes atrás: una sombra delgada, demacrada por el miedo y con la mirada perdida de quien ha sido vendida al mejor postor. En aquel entonces, Elena era un alma sin fe, una joven cuyas esperanzas habían sido asfixiantes.

Pero esa mujer ya no existía.




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