Mientras Nueva York seguía convulsionada por la revelación de que Elena Soler era el genio tras Phantom Inc., en una de las propiedades periféricas de los Volkov, el tiempo se había detenido de la peor manera. Malvina Soler observaba la pequeña pantalla del celular que le había robado al guardia novato, viendo el rostro radiante y poderoso de su hijastra en la rueda de prensa. La imagen de Elena, con la barbilla en alto y los ojos llenos de una determinación gélida, era una bofetada para su ego.
—¡Maldita sea! —gritó Malvina, estrellando el aparato contra la pared de hormigón—. ¡Esa estúpida nos engañó a todos! ¡Nos tuvo en la palma de su mano mientras nosotras creíamos que la estábamos aplastando!
Sus hijas, Penélope y Tiffany, lloraban en un rincón. Ya no quedaba rastro del maquillaje perfecto ni de los peinados de salón. Estaban desaliñadas, con la piel irritada por la humedad del sótano y el hambre empezando a morderles el estómago. Ya no eran las "princesas de la sociedad"; eran fugitivas atrapadas en una ratonera que ellas mismas ayudaron a construir.
—Mamá, haz algo... —sollozó Tiffany, abrazándose a sus rodillas—. Adrián nos va a matar si se entera de que Elena lo humilló por nuestra culpa. Nos va a entregar a la policía para salvarse él.
—Adrián ya no es nadie —siseó Malvina, con los ojos inyectados en un odio visceral—. Ese imbécil ha caído más bajo que nosotras. Pero yo todavía tengo una carta... el secreto de su padre. Si voy a caer, me llevaré a esa niña muerta de hambre conmigo al infierno.
Malvina se abalanzó hacia la puerta, dispuesta a gritar por el guardia Liam, pero antes de que sus dedos tocaran el metal frío, la puerta se abrió de golpe. No fue un guardia de los Volkov quien entró. Fue un equipo de agentes federales con chalecos tácticos, seguidos de cerca por Julián Vance.
—Malvina Soler —dijo Julián, su voz resonando con una autoridad que heló la sangre de las tres mujeres—. Quedan bajo arresto por fraude corporativo masivo, falsificación de documentos, lavado de dinero y conspiración para el asesinato de Sebastián Soler.
El rostro de Malvina pasó del rojo de la furia a un blanco cadavérico. —¡Eso es mentira! Sebastián murió en un accidente trágico. ¡Yo no tuve nada que ver, fue su propia imprudencia!
Julián dio un paso al frente, sosteniendo una carpeta con el sello de la fiscalía. —Los frenos no se cortan por imprudencia, Malvina. Y el silencio de un mecánico no se paga durante siete años por un simple accidente. Elena ya sabe la verdad. Su padre era un hombre íntegro, se hizo cargo de ustedes por la amistad de un buen amigo, pero descubrió tus robos; tú fuiste la parásita que le arrebató la vida para no perder el lujo.
Los agentes esposaron a Malvina, quien forcejeaba como una fiera acorralada, gritando insultos que nadie escuchaba. Penélope y Tiffany fueron arrastradas hacia los vehículos policiales entre llantos histéricos. Julián se había asegurado de algo más: la prensa, hambrienta de un cierre para el escándalo Soler, estaba fuera grabando cada segundo de la caída. Las "reinas de la estafa" entraban a las patrullas despeinadas y esposadas, marcando el fin de su era de seda y engaños.
A kilómetros de allí, en el bar oscuro donde Adrián Volkov intentaba ahogar su ruina en alcohol, las pantallas de televisión cambiaron la imagen de la rueda de prensa de Elena por la del arresto en vivo de las Soler.
Adrián vio cómo Malvina era empujada dentro de una patrulla. Sintió un escalofrío. Esas mujeres eran su última conexión con el control que creía tener sobre Elena. Verlas arrestadas por el asesinato de Sebastián Soler fue el clavo final en su ataúd social.
—Se acabó... —susurró Adrián, dejando que el vaso de whisky rodara por la barra hasta caer al suelo.
Su "rubia de farmacia", asustada por la mención de cargos de asesinato y el FBI, se levantó silenciosamente y se alejó de él, dejándolo solo en la penumbra. Adrián comprendió en ese instante la magnitud de su error: por ambición, se había aliado con asesinas para oprimir a un genio. Había despreciado a la única mujer que valía la pena, y ahora ella era la dueña de la ciudad mientras él era considerado inferior vinculado a un nido de criminales.
Horas después, en la prisión estatal de mujeres, la realidad golpeó a Malvina con una fuerza brutal. El olor a desinfectante barato y orina reemplazó para siempre su perfume francés. Sus hijas fueron separadas de ella, enviadas a pabellones donde su fragilidad y su arrogancia las convirtieron de inmediato en el blanco de las reclusas más peligrosas.
La verdadera tortura para Malvina no fue el uniforme naranja ni la comida rancia. Fue el anonimato. En ese lugar, ella no era "La Gran Malvina Soler"; era la reclusa 4052, la mujer que vendió a su hijastra y mató a su marido.
—¿Así que tú eres la que se cree mucha cosa? —dijo una mujer corpulenta, bloqueándole el paso en el corredor—. Y he estado siguiendo la noticia de Phantom en la televisión. Aquí no hay abogados que te salven, "reina". Aquí vas a aprender lo que es el verdadero dolor por cada lágrima que le hiciste derramar a esa chica.
Malvina retrocedió, temblando, dándose cuenta de que la cárcel no sería solo un encierro, sino un infierno diario de humillación donde su nombre no valía nada.
Mientras tanto, en lo alto de su nuevo edificio corporativo, Elena observaba las luces de Manhattan desde su oficina propia. Julián entró silenciosamente y se colocó a su lado, respetando su espacio.