Cenizas en la Pasarela

Capítulo 39.

Adrián Volkov no había dormido. Pasó la noche en un hotel de segunda categoría, oculto de la prensa que rodeaba el ático y sus oficinas. Su ropa, la misma seda cara de la cena, estaba arrugada y olía a una mezcla de whisky barato y derrota. Pero la soberbia es un veneno difícil de erradicar; Adrián aún creía que, con una llamada a sus contactos en el Senado o un movimiento legal agresivo, podría recuperar el control.

A las ocho de la mañana, se presentó en la entrada principal de la Torre Volkov. Caminó con paso firme, ignorando los susurros de los empleados que lo veían pasar como si fuera un fantasma. Al llegar a los ascensores ejecutivos, sacó su tarjeta dorada de acceso y la deslizó por el sensor.

Bip. Rojo.

Adrián frunció el ceño y volvió a pasarla. El resultado fue el mismo: una luz roja parpadeante y un pitido sordo que resonó en el vestíbulo.

—Señor Volkov —una voz grave lo detuvo.

Era el jefe de seguridad del edificio, Harrison, un hombre que durante años había bajado la cabeza ante él. Ahora lo miraba con una mezcla de lástima y frialdad profesional.

—Hay un problema con mi tarjeta, Harrison. Arréglalo de inmediato —ordenó Adrián, tratando de mantener su tono de mando.

—No hay ningún problema con la tarjeta, señor —respondió Harrison, cruzándose de brazos—. Su acceso ha sido revocado por la nueva junta directiva. Usted ya no tiene autorización para entrar a este edificio, ni a las oficinas del piso 50.

—¡Soy el dueño de este maldito lugar! —rugió Adrián, atrayendo la mirada de todos los presentes.

—Ya no lo es. Phantom Inc. compró el 60% de la deuda hipotecaria de esta torre hace tres horas, en un movimiento relámpago antes de la apertura de la bolsa. Usted es, legalmente, un intruso.

En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron. Julián Vance salió caminando con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Buenos días, Adrián. Te ahorré el viaje; por cierto, Vance Enterprises posee el otro 40% —dijo Julián, extendiéndole una pequeña caja de cartón—. Aquí tienes las fotos de tu escritorio, tu pluma de la suerte y esa botella de coñac que tanto te gusta. El resto de tus pertenencias han sido enviadas al depósito municipal. El ático también ha sido sellado; el cerrajero terminó de cambiar las cerraduras hace diez minutos.

Adrián sintió que el mundo se inclinaba. —¿Dónde está ella, Julián? ¿Dónde está Elena? ¡Sé que ella y tú planearon esto!

—La señora Soler está ocupada dirigiendo un imperio de verdad —respondió Julián, bajando la voz—. Ella te dio una oportunidad de ser un hombre, Adrián. Pero preferiste ser un carcelero infiel. Ahora ella es libre y es su propia dueña. Si quieres hablar con ella, tendrás que pedir una cita... y la agenda está llena.

Julián le entregó la caja. Adrián la tomó por instinto, sintiendo el peso de su vida reducida a un trozo de cartón.

—Por cierto —añadió Julián antes de retirarse—. El abuelo Volkov ha convocado a una junta de emergencia en su mansión. Parece que él también ha decidido que eres un activo tóxico. Suerte con eso.

Mientras Adrián se quedaba solo en la acera, en la mansión Volkov el ambiente era fúnebre. Viktor Volkov caminaba por su biblioteca, golpeando el suelo con su bastón rítmicamente, un sonido que presagiaba una ejecución. Frente a él, los televisores mostraban el desplome total de su apellido.

—¡Se lo advertí! —rugió Viktor, lanzando un cenicero de cristal contra la pared cuando Adrián entró minutos después, cargando aún su caja de cartón—. ¡Te dije que el silencio de una mujer inteligente era una estrategia! ¡Pero tu soberbia y tu estúpido deseo de humillarla nos han dejado ciegos! Debiste usar tus encantos para que nos ayudara; te dije que tenía talento, pero lo arruinaste. ¡Tú solito nos arruinaste!

—Abuelo, puedo arreglarlo... —empezó Adrián, pero la mirada de Viktor lo silenció.

—No puedes arreglar nada. Elena Soler no solo nos ha quitado el dinero, Adrián. Nos ha quitado el honor. Ella se ha levantado como una Valkiria sobre nuestras ruinas, cobrándose cada desplante, cada lágrima y cada infidelidad que cometiste en ese ático. Ahora ella es el verdugo que tú y Malvina entrenaron con su crueldad.

Viktor se sentó, luciendo de repente mucho más viejo.

—Pero lo peor no es Elena —susurró—. He estado investigando el flujo de capital que respaldó a Phantom Inc. para dar este golpe final. Julián Vance no pudo hacerlo solo. Hay alguien más operando desde las sombras, alguien que lo planeó meticulosamente, no ahora, sino desde hace años... una firma que no he visto en treinta años.

Viktor miró a su nieto con un terror que Adrián nunca había visto en él.

—Detrás de Elena y Julián Vance está el hombre que juró destruirnos cuando tu padre aún era un niño. Un enemigo que humillamos y enviamos al exilio creyendo que estaba muerto. Ha regresado para usarlas a ellas —a Malvina por su ambición y a Elena por su dolor— para borrarnos de la historia.

En el piso más alto del nuevo complejo de Phantom Inc., Elena observaba la ciudad. Ya no era la sombra demacrada del mes pasado. Su piel brillaba, su postura era impecable y sus ojos tenían el fuego de quien ha conquistado su libertad.

A su lado, en una pantalla, veía las imágenes de Malvina y sus hijas en sus celdas grises, despojadas de su vanidad. En la otra pantalla, veía a Adrián saliendo de la mansión de su abuelo, solo, con su caja de cartón bajo la lluvia.




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