Mientras Adrián Volkov deambulaba por las calles de Manhattan buscando un refugio que ya no existía, en el centro de detención de mujeres la realidad golpeaba con la fuerza de un mazo de hierro. El lujo, la seda y el aroma a perfumes importados se habían transformado en cemento frío, desinfectante barato y el eco metálico de las puertas cerrándose para siempre.
Malvina Soler se aferraba a los barrotes de su celda con una fuerza que hacía palidecer sus nudillos. Sus uñas, aquellas que solían lucir una manicura impecable de quinientos dólares, estaban rotas y sucias de tanto arañar las paredes de hormigón en sus ataques de ansiedad. A su lado, el silencio era interrumpido por los sollozos rítmicos de sus hijas. Penélope y Tiffany, despojadas de sus extensiones y sus joyas, parecían sombras de las mujeres que solían humillar a las empleadas domésticas.
—¡Cállense de una vez! —rugió Malvina, aunque su voz, antes autoritaria, ahora sonaba quebrada y aguda—. ¡Adrián vendrá por nosotras! Ese estúpido no puede permitir que el apellido Soler se hunda en este fango. Sabe que, si caemos, él cae con nosotras. Unidos podemos sacar a esa niña tonta de donde está y reclamar lo que es nuestro.
—Mamá... Adrián nos odia —sollozó Tiffany, sentada en el camastro mugriento, mirando su uniforme naranja con un asco infinito—. Elena le entregó las pruebas de lo que le hicimos a papá. Él no va a venir. Nadie va a venir. Estamos solas, mamá. No tenemos a nadie en este mundo que no quiera vernos muertas.
Malvina no respondió, pero el temblor en sus manos delató su terror. Sabía que su hija tenía razón. El imperio de mentiras que construyó sobre el cadáver de Sebastián Soler se había desmoronado como un castillo de naipes bajo un huracán. Lo que más le dolía no era la falta de libertad, sino saber que Elena —la niña huérfana a la que creyó haber quebrado física y mentalmente en aquel sótano oscuro— era ahora la que sostenía la llave de sus celdas. La "princesita" ya no esperaba un príncipe; había regresado con una armadura de plata para quemar el reino.
A kilómetros de la miseria de la prisión, el ambiente en el Club Obsidian era radicalmente distinto. En la penumbra de un salón privado al que solo se accedía con una invitación codificada y un apellido de siete cifras, Julián Vance esperaba frente a una mesa servida con la pulcritud de un funeral de estado. El aire olía a tabaco de alta regalía y a una historia que Nueva York prefería olvidar.
El sonido rítmico de un bastón golpeando el mármol anunció la llegada del invitado. Julián enderezó la espalda de inmediato. Ya no era el aliado arrogante y despreocupado que Elena conocía; en ese momento, era un hombre reconociendo la autoridad de un titán.
El hombre del bastón de plata, entró en el salón con una elegancia que el tiempo y el exilio no habían logrado mellar. Se sentó frente a Julián, dejando su bastón apoyado contra la mesa con una parsimonia que ponía a prueba los nervios de cualquiera.
—Se tomó su tiempo, señor —dijo Julián, rompiendo el silencio mientras servía una medida generosa de whisky de malta.
—La paciencia es una virtud que los Volkov nunca aprendieron, muchacho. Ellos siempre quisieron el mundo para ayer, y por eso hoy se están quedando sin mañana —respondió el anciano, sus ojos nublados pero cargados de una inteligencia depredadora—. Dime, ¿cómo está nuestra Valkiria?
Julián hizo una pausa, su mirada perdiéndose en el ámbar del licor. Por un segundo, su máscara de frialdad profesional se agrietó, dejando ver un destello de genuina fascinación.
—Elena es... sorprendente. Mucho más de lo que calculamos en nuestras proyecciones iniciales —admitió Julián con voz baja—. Creí que tendría que llevarla de la mano en la toma de control de la torre, que su inexperiencia sería un obstáculo. Pero se mueve por las oficinas como si hubiera nacido con una corona puesta. El odio hacia los Volkov y Malvina Soler la ha transformado, señor. Es brillante, calculadora y tiene una presencia que incluso a mí me da escalofríos. No es un peón, es una reina que acaba de descubrir su tablero.
Vanderbilt sonrió, una mueca gélida que no llegó a sus ojos.
—El odio es un combustible excelente, Julián, pero se consume rápido si no se administra con sabiduría. Por eso te necesito a ti a su lado. Tu familia le debe mucho a la mía; tu padre no habría sobrevivido a la ruina de los noventa si yo no hubiera intervenido antes de que Viktor Volkov pudiera apretar la soga que le puso al cuello. El apellido Vance brilla hoy porque yo lo permití desde las sombras.
—Lo sé. Mi lealtad está con usted, y la deuda de mi padre es mi deuda —afirmó Julián, aunque sus dedos apretaron el cristal del vaso con una tensión inusual—. Pero Elena. Ella es demasiado inteligente para creer que todo esto es fruto del azar o de ayudarla desinteresadamente como un inversor anónimo. Cree que usted es su salvador por puro cariño, pero si descubre que esto es una venganza de treinta años cocinada a fuego lento...
—Elena es la cara de la justicia que el público necesita ver; yo soy la mano que sostiene la espada en la oscuridad —sentenció Vanderbilt con firmeza—. Asegúrate de que no se distraiga. Los Volkov están heridos, y un animal herido es cuando más veneno escupe. Quiero que mañana, cuando Adrián pise esa oficina buscando clemencia, sienta que el suelo que pisaba como dueño ha desaparecido bajo sus pies. No le des tregua, Julián. Quiero que su humillación pública sea el prefacio de la ruina total de Viktor.