Adrián Volkov nunca pensó que volvería a pisar la Torre Volkov de esta manera. La noche anterior había sido un descenso directo al infierno. Tras ser expulsado de la mansión de su abuelo —quien le cerró la puerta en la cara gritándole que no quería "basura tóxica" bajo su techo—, Adrián buscó refugio en el lujoso departamento de su amante, creyendo que su "lealtad" comprada con joyas sería su salvación.
Pero la "rubia de farmacia" resultó ser tan cínica como él mismo. Al verlo llegar con una caja de cartón, el traje arrugado y sin el respaldo de sus tarjetas de crédito, ni siquiera le permitió cruzar el umbral.
—Lo siento, Adri, pero mi edificio tiene estándares y no aceptamos indigentes —le soltó ella con una risita cargada de veneno, antes de dejarlo solo en el pasillo con el eco de la cadena de seguridad cerrándose.
Sin más opción, terminó en un hotel de baja categoría cerca de la zona portuaria, un lugar donde las sábanas olían a humedad y el ruido de la calle no le permitió pegar un ojo. Por eso, al llegar a la torre que antes llevaba su nombre, no entró por el estacionamiento privado en su Maybach blindado; llegó en un taxi destartalado, con el traje de seda arrugado y la sombra de una barba de días marcando su derrota absoluta.
Al entrar al vestíbulo, el aire acondicionado le pareció más frío que de costumbre. Se dirigió mecánicamente hacia los ascensores ejecutivos, pero una mano firme y desconocida se interpuso en su camino.
—Su gafete de visitante, señor —dijo un guardia joven con tono impersonal.
—Soy Adrián Volkov —siseó él, tratando de recuperar un fuego que ya se había extinguido.
—Lo sé. Pero las órdenes de la CEO son estrictas. Todos los visitantes deben registrarse y esperar su turno en la zona común. Por favor, anótese en la recepción.
Adrián sintió que la bilis le subía por la garganta. Tuvo que caminar hacia el mostrador donde una fila de mensajeros y proveedores esperaba con impaciencia. Cuando llegó su turno, la recepcionista —la misma que antes le enviaba orquídeas cada mañana por su cumpleaños— le sonrió con una cortesía profesional tan distante que dolía.
—Piso 50. La señora Soler lo recibirá en cuanto termine su conferencia internacional con París. Por favor, tome asiento en las sillas de espera.
Pasó una hora. Luego dos. Adrián veía cómo ejecutivos que antes le temblaban entraban y salían del ascensor, evitándole la mirada como si fuera un leproso financiero. Él, el temido "Carnicero de Wall Street", era ahora una mancha molesta en el paisaje impecable de su propia torre.
Cuando por fin el intercomunicador pronunció su nombre, Adrián subió con el corazón martilleando contra sus costillas. Al abrirse las puertas del piso 50, el mundo se detuvo. El diseño minimalista y gélido que él tanto amaba había desaparecido. Ahora la oficina respiraba una elegancia orgánica, con toques de seda, plantas exóticas y un aroma a jazmín que lo envolvió como un reproche silencioso.
Elena estaba sentada tras el escritorio de caoba. No llevaba máscara. Su cabello caía en ondas perfectas sobre sus hombros y vestía un traje sastre blanco que la hacía lucir como una deidad de mármol, inalcanzable y pura. A su lado, Julián Vance revisaba una tablet con aire despreocupado, y en el rincón, el hombre del bastón de plata observaba la escena con una sonrisa indescifrable grabada en su rostro antiguo.
—Llegas tarde a nuestra "cita", Adrián —dijo Elena, sin levantar la vista de los documentos que firmaba con una pluma de oro. Su voz no era de odio, sino de algo mucho más doloroso: una indiferencia total.
—Elena... tenemos que hablar del ático —logró articular él, dándose cuenta de lo patético que sonaba su tono suplicante—. Han congelado mis cuentas personales por "auditoría". No tengo a dónde llevar mis cosas ni capital para una mudanza. Necesito una prórroga de treinta días. Solo treinta.
Elena finalmente levantó la mirada. Sus ojos, antes llenos de sumisión y miedo, ahora lo escaneaban con la frialdad de quien analiza un error en una hoja de cálculo.
—Me pediste que fuera un adorno, Adrián —comenzó ella, dejando la pluma con un sonido seco sobre la mesa—. Me dijiste que mi único valor era mi "pureza" y que debía ser una esposa dócil. Durante semanas, fui ese mueble silencioso en tu ático mientras tú te burlabas de mi existencia en mi propia cara.
Se levantó con una gracia que lo hizo retroceder un paso por instinto. Caminó hacia el ventanal, dándole la espalda para observar la ciudad que ahora le pertenecía.
—Ahora que soy la dueña de este edificio, he decidido que tú eres el mueble que ya no combina con la decoración. El ático ha sido puesto en venta legalmente. Tus pertenencias de lujo están siendo subastadas en este momento para cubrir parte de la deuda que le dejaste a la empresa por los malos negocios que hiciste con Malvina.
—¡No puedes hacer eso! ¡Mis relojes, mi colección de arte...! —rugió Adrián, dando un paso al frente, pero Julián Vance se interpuso de inmediato, su mirada advirtiéndole que cualquier movimiento en falso sería el último.
—Puedo y ya lo hice —respondió Elena, girándose para enfrentarlo. Sacó un sobre blanco de su escritorio y lo deslizó por la superficie—. Ahí tienes quinientos dólares y la dirección de un albergue de calidad en Queens. Considéralo el "pago" final por los servicios que me prestaste como mi carcelero.