Cenizas en la Pasarela

Capítulo 42.

Adrián caminó por las calles de Manhattan sintiendo que cada par de ojos lo juzgaba. El sobre de quinientos dólares quemaba en su bolsillo como una marca de infamia. Tardó más de una hora en llegar a la mansión de Viktor; no porque estuviera lejos, sino porque sus piernas pesaban y su mente no dejaba de repetir la imagen de sí mismo, de rodillas ante Elena.

Al llegar, los guardias de la entrada —que antes le abrían el paso con una reverencia— lo hicieron esperar bajo la llovizna hasta que Viktor dio la orden de dejarlo entrar. Cuando entró a la biblioteca, encontró a su abuelo frente a la chimenea, bebiendo un whisky que olía a pura amargura. Viktor no se giró.

—Vienes a pedir dinero —dijo el viejo con voz gélida—. Te lo dije, Adrián, no eres bienvenido aquí. Has manchado el apellido de una forma que ni cien años de servicio comunitario podrían limpiar.

—No vengo por dinero, abuelo —respondió Adrián, su voz sonando hueca—. Vengo a darte un mensaje. Estuve con ella... con Elena. En mi oficina. Bueno, en mi ex oficina.

Viktor se giró lentamente, sus ojos nublados por la edad, pero aún afilados por la malicia. —¿Y qué? ¿Te humilló? ¿Te hizo ver que ahora ella es quien mueve los hilos? Eso ya lo sé.

—No fue ella quien me dio el mensaje. Fue el hombre que está con ella. Un hombre más o menos de tu edad que usa un bastón de plata.

Viktor dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco. El color empezó a abandonar su rostro, dejando su piel con un tono grisáceo y enfermizo. —¿Qué hombre? Habla de una vez.

—Dijo que te diera saludos —Adrián tragó saliva, sintiendo un frío repentino—. Dijo que el exilio terminó. Que ha vuelto para cobrar la humillación que le propinaste a su familia hace más de treinta años. Dijo que su nombre es... Vanderbilt.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el crujido de la leña en la chimenea. Viktor se tambaleó, sus manos nudosas aferrándose al borde de su escritorio de roble para no caer. Sus labios temblaron y, por primera vez en su vida, Adrián vio algo en su abuelo que creía imposible: pavor puro.

—¿Vanderbilt? —susurró Viktor, su voz apenas un hilo—. No.… eso es imposible. Él murió en el exilio. Yo me aseguré de que no le quedara nada, ni un centavo, ni un aliado. Lo borré de la faz de la tierra.

—Pues no está muerto, abuelo. Y no está solo —continuó Adrián, dándose cuenta de que la caída de su imperio era solo el principio—. Está con Elena. Él es el capital detrás de Phantom Inc. Él es quien planeó todo esto durante años. Nos han estado cazando, y nosotros creíamos que Elena era solo un adorno.

Viktor se dejó caer en su silla, respirando con dificultad. Sus ojos recorrían la habitación como si buscara una salida que no existía.

—Si él ha vuelto y tiene a esa niña... entonces no estamos ante una crisis financiera, Adrián. Estamos ante nuestra ejecución. Él no quiere nuestras empresas, quiere nuestras cabezas. Quiere vernos mendigando en las calles donde antes caminábamos como reyes.

De repente, Viktor miró a su nieto con un odio renovado.

—¡Tú tenías la clave! ¡La tenías en tu casa! Si la hubieras tratado con un mínimo de respeto, si la hubieras hecho nuestra, él no habría tenido un arma tan perfecta contra nosotros. ¡Nos entregaste en bandeja de plata a nuestro peor enemigo por una maldita aventura con una cualquiera!

—¡Ya basta! —rugió Adrián—. ¡Tú también la subestimaste! ¡Todos lo hicimos!

Viktor no respondió. Se quedó mirando el fuego, dándose cuenta de que el pasado, el oscuro secreto que creyó haber enterrado bajo capas de poder y dinero, acababa de llamar a su puerta con el rostro de la mujer que su nieto llamó "inútil".

Mientras el apellido Volkov se desmoronaba entre el humo de la chimenea en Manhattan, el ambiente en el piso 50 de la Torre era radicalmente distinto. El aire ya no pesaba; vibraba con la electricidad del triunfo.

Julián Vance dejó la tablet sobre el escritorio de caoba y se acercó a Elena, quien permanecía de pie frente al ventanal, observando cómo la ciudad comenzaba a encender sus primeras luces.

—Lo hiciste bien, Valkiria —dijo Julián, rompiendo el silencio con una voz que arrastraba una mezcla de respeto y algo mucho más peligroso—. Ver a Adrián de rodillas fue... educativo. No sabía que disfrutabas tanto viendo a un hombre suplicar. Me gusta tu estilo, Soler.

Elena no se giró, pero una pequeña sonrisa de satisfacción curvó sus labios.

—Él mismo eligió su lugar, Julián. Yo solo le proporcioné el suelo —respondió ella con una calma que le heló la sangre al mismo Vance—. El "Carnicero" siempre creyó que las mujeres éramos ganado. Hoy aprendió que hasta el cordero más dócil puede morder si lo acorralas lo suficiente.

Julián acortó la distancia, quedando a escasos centímetros de su espalda. El aroma a sándalo de su perfume se mezcló con el jazmín de la oficina.

—Eso es lo que me fascina de ti —susurró él, inclinándose apenas hacia su oído—. No tienes piedad con los que no la merecen. Pero dime... ¿qué harás ahora que el lobo está herido? ¿Vas a rematarlo tú misma o vas a dejar que el señor Vanderbilt se encargue de las sobras?

Elena finalmente se giró, quedando atrapada entre el ventanal e el imponente cuerpo de Julián. Sus ojos se encontraron y, por un segundo, la frialdad de la oficina desapareció bajo una tensión eléctrica que nada tenía que ver con los negocios.




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