Cenizas en la Pasarela

Capítulo 43.

La ciudad de Nueva York parecía distinta desde el piso 50 de la Torre que ahora portaba el sello de Phantom Inc. Para Elena, las luces de Manhattan ya no eran estrellas inalcanzables que observaba a través del cristal de una jaula dorada; ahora eran los puntos de un mapa que ella misma estaba trazando. Sin embargo, la advertencia de Vanderbilt seguía resonando en su mente con la persistencia de un latido: un animal acorralado es cuando más muerde.

Esa misma noche, Elena se quedó tarde. El edificio estaba en un silencio casi absoluto, roto solo por el zumbido del sistema de climatización y el ocasional clic de su pluma contra los documentos. Los papeles del divorcio ya estaban firmados y sellados, marcando el fin oficial de su servidumbre, pero el vacío legal y financiero que dejó la caída de los Volkov requería su atención absoluta. No podía permitirse un solo error; ahora que era la reina, todos esperaban verla tropezar.

El silencio fue interrumpido por el sonido suave de la puerta abriéndose. Elena no necesitó levantar la vista para saber quién era. El aroma a sándalo y un toque de tabaco caro inundó la oficina antes de que él pronunciara una sola palabra. Julián Vance caminó hacia ella con esa elegancia felina que lo caracterizaba, trayendo dos tazas de café humeante.

—Aún es pronto para que te vuelvas una adicta al trabajo, Soler —dijo él, dejando una de las tazas sobre el escritorio, justo al lado de su mano. Su voz sonaba más grave en la penumbra de la oficina—. Aunque debo admitir que el traje de CEO te queda mucho mejor que el de esposa mártir. El poder te sienta bien, resalta el fuego de tus ojos.

Elena tomó el café, buscando el calor del vaso para calmar el ligero temblor de sus dedos, que no era por cansancio, sino por la presencia de Julián.

—No es adicción, Julián. Es vigilancia —respondió ella, obligándose a mantener un tono profesional—. Sé que ni Viktor ni Adrián se quedarán de brazos cruzados. El mensaje de Vanderbilt fue un golpe directo al corazón de su orgullo, y los hombres como ellos prefieren quemar el mundo antes que admitir una derrota.

Julián no se retiró. En lugar de sentarse en la silla frente al escritorio, se apoyó en el borde del mueble de caoba, invadiendo el espacio personal de Elena. Se había quitado el saco y tenía las mangas de la camisa remangadas, revelando la tensión en sus antebrazos. Se veía cansado, pero sus ojos brillaban con una intensidad eléctrica que Elena empezaba a encontrar peligrosa.

—Ellos son el pasado, Elena. Un eco que se apaga —susurró él, bajando la voz hasta un registro que hizo que ella sintiera un escalofrío en la nuca—. El verdadero desafío ahora es mantener lo que hemos construido. La junta directiva te observa con lupa, esperando que seas débil. Los medios te aman hoy porque eres la novedad, pero buscarán cualquier grieta en tu armadura mañana para despedazarte. Y luego... —hizo una pausa deliberada, fijando su mirada en los labios de ella—, luego está lo que pasa aquí, entre estas cuatro paredes.

Elena levantó la vista, encontrándose con la mirada oscura de Julián. El aire en la oficina pareció volverse más espeso, más difícil de respirar.

—¿A qué te refieres con "lo que pasa aquí"? —preguntó ella, aunque su corazón ya había empezado a galopar.

—A que ya no somos solo socios estratégicos, y ambos lo sabemos —susurró él, inclinándose hacia ella hasta que Elena pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Me pediste que te ayudara a destruir a un hombre, y lo hicimos. Lo pusimos de rodillas. Pero en el proceso, me has destruido a mí también, Elena. Ya no puedo mirar un informe financiero sin preguntarme qué estarás pensando tú. Ya no puedo planear un movimiento en la bolsa sin querer sentir tu aprobación. Me has desarmado sin disparar una sola bala.

Elena sintió un vuelco doloroso y dulce en el pecho. Cerró los ojos un segundo, tratando de recuperar su centro.

—Julián, no.… no estoy lista para esto. Acabo de salir de una celda de oro donde mi voluntad no valía nada. No quiero entrar en otra, por muy brillante y tentadora que sea. Tengo miedo de que esto sea solo otra forma de control.

Julián sonrió con una ternura que nunca antes había mostrado, una expresión que suavizó las líneas duras de su rostro de depredador. Estiró la mano y, con una lentitud tortuosa, recorrió con el dorso de sus dedos la línea de la mandíbula de Elena. El contacto quemaba.

—No quiero ser tu carcelero, Elena. Nunca lo quise —dijo él con una sinceridad que le cortó el aliento—. Quiero ser el hombre que te sostenga la espada mientras tú conquistas el mundo. Quiero ser el que te cuide la espalda cuando te canses de ser la Valkiria. Pero no te equivoques... no soy un hombre paciente. Soy un Vance, y nosotros estamos entrenados para identificar lo que es valioso y no soltarlo jamás.

—¿Y qué es lo que quieres exactamente de mí? —desafió ella, aunque su respiración se había vuelto errática y sus labios se entreabrieron por instinto.

Julián se puso de pie, rodeó el escritorio con pasos lentos y se detuvo justo detrás de su silla. Elena no se movió, atrapada por la anticipación. Sintió las manos de Julián apoyarse en sus hombros, ejerciendo una presión suave pero posesiva. Luego, él se inclinó hacia su oído, y Elena pudo oler la mezcla de sándalo, café y ese aroma metálico que ella asociaba con el peligro y el poder.

—Quiero que me mires no como el hombre que te ayudó a cobrar tu venganza, sino como el hombre que va a estar a tu lado cuando no quede nadie a quien destruir —le susurró al oído, su aliento rozando su piel—. Quiero que cuando este imperio sea el más grande de Nueva York, te gires y sepas que mi mano es la única en la que puedes confiar.




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