Cenizas en la Pasarela

Capítulo 44.

El taller de Arlette, ubicado en un rincón bohemio del SoHo, olía a una mezcla reconfortante de tiza de sastre, vapor de plancha y té de jazmín. Era el único lugar en toda Nueva York donde Elena Soler no sentía que llevaba una corona de espinas. Allí, entre rollos de seda salvaje, encajes franceses y maniquíes a medio vestir, no era la poderosa CEO de Phantom Inc., ni la Valkiria que había puesto de rodillas a un imperio financiero. Allí, simplemente era Elena.

Esa tarde, después de una mañana agotadora de juntas legales y estrategias de mercado, Elena se despojó del pesado saco sastre blanco y se arremangó las mangas de su camisa de seda. Tomó unas tijeras pesadas, de esas que han pasado por mil batallas y conservan el filo de la experiencia, y sintió el frío del metal contra su palma. Era un peso familiar, un ancla a la realidad.

—Necesitaba esto —susurró Elena para sí misma, cortando con precisión una pieza de satén negro. El sonido rítmico de la tela rasgándose era la única terapia que conocía para acallar el ruido de las traiciones.

Arlette, que estaba al fondo ajustando el bajo de un vestido de noche, levantó la vista sobre sus gafas de lectura. Sus ojos, profundos y cargados de una sabiduría antigua que a veces inquietaba a Elena, la observaron con una ternura infinita. Se acercó con un alfiletero en la muñeca y, sin decir palabra, le quitó las tijeras de la mano con una suavidad que desarmó a Elena por completo.

—Estás cortando con ira, mon enfant. La tela no tiene la culpa de las faltas de los Volkov —dijo Arlette con voz firme pero dulce, guiándola hacia una silla de terciopelo—. Respira. El diseño necesita amor para cobrar vida, no solo los residuos de una venganza que te está robando el sueño.

—Es difícil separar las dos cosas, Arlette —admitió Elena, dejándose caer en el asiento, sintiendo que sus hombros finalmente bajaban la guardia—. Siento que, si dejo de estar alerta un solo segundo, la oscuridad volverá a tragarme. Malvina siempre decía que mi madre terminó loca, perdida en sus sombras... A veces temo que esa fragilidad sea mi única herencia real.

Arlette se arrodilló frente a ella, un gesto tan natural y maternal que a Elena se le hizo un nudo en la garganta. Le tomó las manos —esas manos que ahora firmaban contratos de millones pero que anhelaban la aguja— y empezó a frotarlas para darles calor.

—Escúchame bien, Elena —dijo Arlette, su voz vibrando como un bálsamo—. Tu madre no estaba loca. Estaba rota. Estaba rota por ver cómo la codicia y la ambición destruían sus sueños poco a poco. Ella vio cómo el amor de su vida se consumía entre la avaricia, cómo el hombre que amaba se iba perdiendo hasta convertirse en un extraño movido por el poder. Pero tú no eres ella. Tú tienes su talento y su belleza, pero también tienes un fuego que ella no pudo encender. Yo estoy aquí para asegurarme de que ese fuego no te consuma, sino que ilumine tu camino. Recuerda: construirte a ti misma y superar lo que te hicieron es la mejor venganza. No te conviertas en lo que ellos son.

—¿Cómo puedes estar tan segura? ¿Por qué me cuidas así desde que llegaste a la Torre? —preguntó Elena, buscando desesperadamente respuestas en las arrugas de expresión de la mujer.

Arlette le dedicó una sonrisa enigmática, una que parecía guardar secretos de otra vida.

—Porque alguien tiene que ser la voz que te susurre al oído cuando el orgullo te ciegue. Alguien tiene que ser el hada madrina que convierta tus harapos de dolor en vestidos de victoria. Nunca has estado sola, Elena. Ni siquiera cuando el frío del sótano te hacía creer que el mundo te había olvidado. Alguien siempre estuvo allí, en las sombras, esperando el momento de tu renacimiento.

La campana de la puerta del taller tintineó, rompiendo la burbuja de intimidad. Julián Vance entró, luciendo extrañamente fuera de lugar entre tanto encaje y delicadeza. Su mirada escaneó el lugar con eficiencia de cazador hasta posarse en Elena.

—Vanderbilt te está buscando —dijo Julián, deteniéndose al ver la cercanía física entre las dos mujeres. Sus ojos mostraron un destello de algo que Elena no supo descifrar: ¿celos, sospecha o un alivio repentino al verla a salvo? —. Pero veo que has encontrado un refugio mucho mejor que el piso cincuenta.

Elena recuperó su postura profesional, aunque se negó a ponerse el saco sastre; se sentía más honesta así, en mangas de camisa y rodeada de bocetos.

—Arlette y yo estamos preparando las piezas maestras para la Semana de la Moda en París, Julián. ¿Qué quiere el abuelo que sea tan urgente?

Julián se acercó, ignorando a Arlette por un momento, aunque la costurera lo observaba con una intensidad analítica. Él se detuvo frente a Elena e, ignorando las conversaciones, estiró la mano. Con un gesto casi tierno, le quitó una pequeña hebra de hilo negro que había quedado atrapada en su mejilla. El roce de sus dedos fue eléctrico, una caricia lenta que duró un segundo de más y que hizo que el aire entre ambos se volviera denso.

—Quiere asegurar que la seguridad en París sea impenetrable —susurró Julián, su voz volviéndose sombría y posesiva—. Viktor tiene aliados en Europa. No quiere que la pasarela sea tu coronación ante la alta costura, sino tu funeral público. Pero no estoy aquí solo por órdenes de Vanderbilt. Estoy aquí porque me preocupa que te pierdas en este taller y te olvides de que allá afuera el mundo sigue queriendo devorarte.

Elena sostuvo su mirada, sintiendo la tensión sexual vibrar en cada centímetro de espacio que los separaba. Julián ya no la miraba como a una socia, sino como a algo precioso que temía perder.




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