Cenizas en la Pasarela

Capítulo 46.

El logotipo de Volkov Holding había sido arrancado de las paredes de granito del vestíbulo apenas cuarenta y ocho horas atrás. En su lugar, el emblema minimalista y plateado de Phantom Inc. brillaba con una luz fría. Para Elena, ver ese cambio era observar su propia metamorfosis: en apenas ocho semanas, pasó de ser una "mala transacción" a la dueña del tablero.

Sin embargo, el pasado se negaba a morir. Elena revisaba el contrato de un nuevo empleado junto a Arlette, buscando un respiro en la costurera, cuando el intercomunicador vibró.

—Directora Soler... el señor Adrián Volkov está en la recepción. Está alterado. Dice que no se irá hasta que le devuelva "lo que le pertenece".

Elena miró a Julián, su inseparable guardián. Desde su confesión en el despacho de Vanderbilt, Julián no se le despegaba; su presencia era una sombra constante que, aunque protectora, empezaba a sentirse como una jaula de seda. Él se tensó de inmediato junto al ventanal, ajustándose el saco, listo para dar una lección de leyes y finanzas.

—Déjalo pasar —ordenó Elena—. Es hora de cerrar este círculo.

Adrián entró como un huracán de desesperación. Su aspecto era deplorable: la corbata torcida y los ojos inyectados en sangre. Se lanzó directamente hacia el escritorio.

—¡Me robaste todo, Elena! —gritó, golpeando la madera—. ¡Esa empresa era mi legado! ¡Mi sangre! ¡Tú no eres nada sin el apellido Volkov! ¡Devuélveme las llaves de la Torre ahora mismo!

Adrián extendió la mano para sujetar el brazo de Elena, pero antes de que sus dedos rozaran la seda de su blusa, una sombra masiva se materializó a su lado. Una mano grande y firme como el acero atrapó la muñeca de Adrián en el aire, deteniéndolo en seco.

Caleb Thorne no había hecho ruido al entrar. Parecía haber surgido de las sombras mismas. Su mirada gris tormenta estaba fija en Adrián con una frialdad que helaba la sangre.

—La señorita Soler ha dicho que su tiempo aquí terminó —dijo Caleb. Su voz era un barítono profundo que vibró en el aire—. Suéltela. Ahora.

—¿Quién diablos eres tú? —escupió Adrián, tratando de soltarse, pero la presión de Caleb aumentó hasta que el Volkov soltó un quejido de dolor.

—Soy el hombre que va a invitarlo a salir por las buenas... o por las malas —respondió Caleb con una calma aterradora—. Usted elige si sale caminando o si lo ayudo a bajar las escaleras sin usar los pies.

Elena se puso de pie, mirando a Adrián con una lástima que dolía más que cualquier insulto.

—Se acabó, Adrián. Hasta aquí llegaste. Caleb, sácalo de mi vista.

Caleb no esperó una segunda orden. Giró a Adrián con una maniobra experta y lo escoltó hacia la salida. Julián intentó intervenir, dando un paso hacia Caleb con autoridad.

—Yo me encargaré de la seguridad de la planta baja, no es necesario que...

Caleb se detuvo un segundo, mirando a Julián sobre el hombro con una indiferencia absoluta.

—Usted encárguese de los papeles, señor Vance. Yo me encargo de que nadie toque a mi jefa.

Tras sacar a Adrián, el silencio regresó a la oficina, pero era un silencio tenso. Julián se giró hacia Elena y Arlette, visiblemente irritado por haber sido desplazado en su rol de protector.

—Elena, ¿quién es este hombre? No puedes meter a un desconocido en tu círculo íntimo sin consultarlo. Es peligroso —reclamó Julián, acercándose demasiado al espacio personal de Elena.

Arlette, que había permanecido observando todo con sus ojos afilados, se interpuso sutilmente entre Julián y Elena. Sus manos, expertas en manejar seda y agujas, se cruzaron sobre su pecho.

—No es un desconocido, Julián. Yo se lo recomendé a Elena —soltó Arlette con una voz cargada de una desconfianza que no se molestó en ocultar—. Es un ex militar entrenado, fiel y, sobre todo, sabe mantener su lugar. Sus credenciales son perfectas para proteger a Elena en París.

Arlette miró de reojo a Julián, dejando claro que no confiaba en sus motivos. Para ella, Julián era otro hombre moviendo piezas, y Elena necesitaba a alguien que solo respondiera a ella.

—¿Y tú desde cuándo contratas mercenarios, Arlette? —cuestionó Julián con ironía.

—Desde que me di cuenta de que en este edificio hay demasiados "guardianes" que solo cuidan sus propios intereses —respondió Arlette sin parpadear.

Elena se sentó de nuevo, sintiéndose abrumada. La confesión de Julián sobre sus sentimientos la había dejado descolocada, y su insistencia en estar presente en cada minuto de su día la hacía sentir asfixiada.

—Basta, Julián —dijo Elena con calma desconcertante—. Caleb es mi seguridad personal. Y a diferencia de todos aquí, él solo responde ante mí. No ante el Abuelo, ni ante ti. Me cansé de que otros decidan quién guarda mi espalda.

Debido a unos ajustes de logística con la colección, el viaje a París se pospuso una semana. Fue una semana extraña. Julián intentaba mantener su distancia tras el golpe de autoridad de Elena, pero su mirada la seguía a todas partes, cargada de una intensidad que ella no sabía cómo procesar. Caleb, por el contrario, se convirtió en una presencia constante pero silenciosa, un muro de piedra que no pedía explicaciones.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.