El Madison Square Garden era un rugido constante, una masa de luces, música hip-hop y una energía que Elena Soler solo había visto a través de una pantalla. Para esta noche, ella había tomado una decisión radical: no habría tacones de mil dólares ni vestidos de seda. Vestida con unos jeans desgastados, una sudadera holgada de los Knicks y tenis blancos, Elena se sentía, por primera vez en años, invisible. Y esa invisibilidad era el lujo más grande que podía costearse.
Mientras caminaba por los pasillos hacia sus asientos, el olor a palomitas de maíz, cerveza y hot dogs inundaba el aire. Para cualquier neoyorquino era un aroma común, pero para ella, era el perfume de algo prohibido.
Caleb caminaba un paso detrás de ella, con la mirada escaneando constantemente el entorno. No llevaba el traje rígido de la oficina, sino una chaqueta de cuero oscuro y una camiseta gris que marcaba sus hombros. Se veía menos como un empleado y más como una fuerza de la naturaleza.
—¿Está bien, jefa? —preguntó Caleb, acercándose a su oído para ser escuchado por encima del ruido de la multitud.
—Es... abrumador —confesó Elena, pero con una sonrisa que iluminaba su rostro—. Y huele increíble.
Se detuvieron frente a uno de los puestos de comida. Elena miró el menú con una mezcla de fascinación y culpa. Recordó a Adrián quitándole el plato de las manos si consideraba que tenía demasiadas calorías, y a Malvina obligándola a comer las sobras de sus hermanastras en la cocina. Incluso Julián, en su afán de perfección, solía supervisar que su dieta fuera estrictamente de carbohidratos controlados.
—Quiero un hot dog —dijo Elena, casi en un susurro, como si esperara que alguien apareciera para prohibírselo.
Caleb la miró intensamente. Él sabía leer entre líneas; no necesitaba que ella le contara su pasado para entender que ese simple deseo era un acto de rebelión contra todos los que habían intentado dominar su cuerpo.
—Pida dos —respondió Caleb con naturalidad—. Y que le pongan todo. Mostaza, cebolla, jalapeños. Si vamos a hacerlo, hay que hacerlo bien.
Minutos después, Elena sostenía el pan caliente entre sus manos. Se sentaron en sus asientos justo cuando los jugadores de los Knicks salían a la cancha. Elena dio el primer mordisco. Fue una explosión de sabor, grasa y condimento. Cerró los ojos, saboreando no solo la comida, sino la autonomía de elegirla.
—Es lo más delicioso que he probado en años —murmuró ella, limpiándose una gota de mostaza de la comisura de los labios.
Caleb esbozó una de sus rarísimas y breves sonrisas.
—Es comida de verdad, Elena. Sin etiquetas de precios, sin protocolos. Solo usted y el juego.
El partido fue una verdadera guerra de estrategia. Elena estaba fascinada viendo a Dante Ricci, el número 10.
—Él lee el juego antes de que suceda —le explicó Caleb—. No solo corre, anticipa. Es un maestro del engaño. Mira cómo se posiciona; está leyendo los pies de los defensas. El básquetbol es como una guerra en miniatura. Tienes que engañar al oponente para que crea que vas a la izquierda, cuando tu mente ya está tres pasos a la derecha. Ricci es un experto en eso.
Elena observaba a Ricci, el MVP, encestando un triple que hizo vibrar el estadio. Se sentía identificada con esa lucha por el control, pero por primera vez, no se sentía la víctima de la estrategia de alguien más.
—¿Tú eres así? —preguntó Elena, girándose hacia Caleb—. ¿Siempre estás tres pasos adelante?
—Tengo que estarlo —respondió él, fijando sus ojos grises en los de ella—. Mi trabajo no es solo recibir el golpe por usted, sino evitar que el golpe llegue a lanzarse.
En el último cuarto, durante un tiempo fuera, la "Fan Cam" empezó a recorrer las gradas. Elena estaba riendo de algo que Caleb le decía cuando su rostro, libre de maquillaje pesado y enmarcado por la sudadera, apareció en las pantallas gigantes. El estadio estalló en aplausos. El narrador gritó: "¡Tenemos a una verdadera fan de los Knicks aquí!". Elena se sonrojó, escondiéndose un poco en su sudadera, luciendo como una joven universitaria y no como la CEO de un imperio.
Para sorpresa de Elena, al final del medio tiempo, logró acercarse a la zona baja. Dante Ricci se detuvo frente a ella con una sonrisa coqueta.
—Para la fan más entusiasta de la noche, mi gorra autografiada —dijo Dante. Tomó la gorra que ella llevaba en la mano y la firmó con un trazo rápido: "Para Elena, la verdadera MVP de esta noche. - Dante Ricci #10". Se la devolvió rozando sus dedos, un breve contacto eléctrico que Caleb vigiló de cerca, aunque permitió el espacio.
El partido estaba en su clímax. Faltaban apenas doce segundos para el final. El marcador parpadeaba en un rojo frenético: 98-99. El estadio era una olla a presión.
—Mira a Ricci —susurró Caleb, poniéndose alerta—. Va a tomar el tiro final.
Elena observó al número 10. Dante se movía con una agilidad casi sobrenatural. Hizo un amago hacia la izquierda, un cambio de dirección brusco que Elena ya había aprendido a identificar como su jugada maestra. Pero entonces, el tiempo se detuvo.
No hubo un choque. No hubo una falta. Solo un desplome repentino.
Dante Ricci cayó contra la madera pulida como si le hubieran disparado. El balón, ese que era su mejor amigo, rodó tontamente fuera de la cancha mientras él se retorcía de dolor, golpeando el suelo con el puño cerrado.