Cenizas en la Pasarela

Capítulo 48.

La euforia del Madison Square Garden se disipó en cuanto la camioneta blindada entró en el garaje de la Torre. El eco de los neumáticos sobre el pavimento liso y el chirrido de los frenos marcaron el final de la tregua. El silencio de la oficina central, roto solo por el zumbido monótono del aire acondicionado y el parpadeo de las luces de seguridad, golpeó a Elena como un balde de agua fría. La libertad de la sudadera holgada, el aroma de las palomitas y el sabor salado del hot dog se sentían ahora como un sueño lejano, una alucinación de otra vida que no le pertenecía.

Julián la esperaba en el vestíbulo privado, justo frente a los ascensores de cristal. Estaba impecable, como siempre. Ni un solo cabello fuera de lugar, ni una arruga en su traje gris oscuro de tres piezas. Sostenía una tablet en la mano y consultaba su reloj con una precisión meticulosa. No gritó, no hizo una escena de celos explosiva ni lanzó reproches airados; simplemente se quedó allí, erguido, observándola con una "preocupación" que a Elena le supo más amarga que la hiel.

—Llegas tarde, Elena —dijo Julián. Su voz era suave, aterciopelada, pero cargada de una decepción calculada para hacer mella en la conciencia de cualquiera—. Faltan exactamente seis horas para el vuelo a París y aún no has revisado los protocolos de seguridad actualizados. La logística en Francia es diez veces más compleja que en Nueva York.

Elena no se quitó la gorra de los Knicks que Dante Ricci había rozado con sus dedos. Al contrario, la ajustó más sobre su frente, usándola como un escudo contra la mirada inquisitiva de Julián. Se sentía extraña con su ropa informal frente a la etiqueta rígida de él, pero esa misma extrañeza era su fortaleza.

—Estaba viviendo, Julián —respondió ella, caminando hacia su despacho sin detenerse—. Algo que pareces haber olvidado en tu itinerario de odio y venganzas. No todo en este mundo son acciones, contratos y planes de asalto.

Caleb se mantuvo a un metro de distancia de ella, siguiendo sus pasos con una cadencia militar. Era una sombra silenciosa que Julián ignoró deliberadamente, como si el guardaespaldas fuera parte del mobiliario. Julián caminó al ritmo de Elena y le tendió un fajo de documentos impresos.

—He diseñado tu agenda detallada para Francia —continuó Julián, ignorando el comentario—. No habrá salidas laterales, no habrá "aventuras" espontáneas en estadios ni paseos por el Sena. Estarás escoltada desde el momento en que el tren de aterrizaje toque la pista hasta que entres en la suite del hotel. He bloqueado el piso entero del hotel para evitar infiltraciones. Solo mis hombres de confianza, los que yo mismo he filtrado, tendrán acceso a tu puerta. Nadie entra y nadie sale sin que pase por mi filtro.

Al escuchar las frases "bloqueado el piso" y "acceso a tu puerta", el aire en los pulmones de Elena se detuvo en seco. Por un milisegundo que pareció una eternidad, el mármol reluciente de la oficina desapareció bajo sus pies. El olor a perfume caro fue reemplazado por el olor a humedad y encierro. Se vio a sí misma en el sótano de Malvina, mirando aquella puerta de madera pesada cerrada por fuera, escuchando los pasos de sus hermanastras arriba mientras ella esperaba, hambrienta y a oscuras, a que alguien decidiera cuándo podía salir a ver la luz del día.

El flashback fue tan nítido que sintió el frío del cemento calando sus huesos. Sus manos empezaron a temblar ligeramente y su respiración se volvió errática, superficial. Era la misma sensación: la de ser un objeto valioso que otros guardaban bajo llave.

—¿Elena? Estás pálida —Julián dio un paso hacia ella, rompiendo su espacio personal. Intentó tomar su brazo con esa familiaridad que él consideraba un derecho—. Solo quiero que estés a salvo. Entiéndelo, es por tu bien. Hay enemigos allá afuera que no dudarán en usarte para llegar a nosotros.

Ella retrocedió como si el contacto de Julián la hubiera quemado con un rayo. Sus ojos, antes nublados por el cansancio, se encendieron con una furia nueva, una chispa de rebelión que nunca antes había mostrado de forma tan frontal.

—"Por mi bien" —repitió ella, y su risa sonó seca, carente de cualquier pizca de humor—. Esa es la frase favorita de los carceleros, Julián. Malvina y Adrián la usaban a diario. Malvina decía que me humillaba por mi bien, para "forjar mi carácter". Adrián decía que me controlaba cada caloría y cada paso por mi bien, para que fuera la esposa perfecta. Y ahora vienes tú, me vigilas por GPS, me rastreas como a un animal de carga y me bloqueas las puertas de mi propia suite... ¿por mi bien?

—No te atrevas a comparar mi protección con su abuso —siseó Julián, perdiendo finalmente la compostura. Su mandíbula se tensó y sus ojos se oscurecieron—. Nosotros te rescatamos de ese agujero, Elena. El abuelo Vanderbilt y yo pusimos los recursos, la estrategia y el dinero para sacarte del lodo. Te estamos dando este imperio, estamos poniendo el mundo a tus pies. Un poco de gratitud y prudencia no vendrían mal.

Elena dio un paso al frente, acortando la distancia hasta quedar a centímetros del rostro de Julián. Podía oler su perfume costoso, podía ver el latido de la vena en su cuello.

—Ustedes me dieron las armas para recuperarlo, que es distinto —lo corrigió ella, su voz vibrando con una fuerza que hizo que Arlette, quien observaba desde la penumbra del pasillo, esbozara una sonrisa imperceptible—. Y siempre estaré agradecida por eso. Pero te equivocas en algo fundamental, Julián. Te crees mi dueño porque fuiste mi salvador. Pero escucha bien: no me saqué un collar de hierro para ponerme uno de oro. Si quieres ser mi socio, respeta mi espacio y mi juicio. Si lo que buscas es una muñeca que obedezca tus itinerarios y viva en una jaula dorada, busca a otra. Porque esta Valkiria ya no tiene amo, ni siquiera uno con buenas intenciones.




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