El taller de Arlette era el único rincón de la Torre que no se sentía como una extensión del poder omnipotente de los Vanderbilt. Allí, entre el aroma a vapor de plancha, los rollos de seda salvaje y el siseo de las tijeras cortando el aire, Elena encontraba el oxígeno que Julián le robaba en los pasillos con su vigilancia constante. Mientras las maletas para París descansaban abiertas como fauces hambrientas, listas para devorar la nueva colección, Arlette doblaba con una delicadeza casi religiosa un vestido de encaje negro.
—Ese hombre te está asfixiando, pequeña —soltó Arlette sin levantar la vista de su labor. Sus manos, aunque marcadas por el paso de los años y las mil picaduras de agujas, se movían con una agilidad felina, casi letal—. Julián tiene la mirada de quien cree que ha encontrado un tesoro enterrado, pero olvida un detalle vital: los tesoros no pertenecen a quien los descubre, sino a quienes tienen el valor de dejarlos brillar por sí mismos.
Elena se sentó sobre un baúl de cuero antiguo, frotándose las sienes con cansancio. El eco de la última discusión con Julián todavía vibraba en sus oídos como un zumbido molesto.
—Dice que me protege, Arlette. Pero a veces, cuando lo miro, siento que solo está cambiando el diseño de mi celda. Antes era de cemento frío en un sótano, ahora es de cristal blindado en un ático, pero los barrotes siguen ahí.
Arlette dejó el vestido y se acercó a ella. En un gesto de una ternura tan profunda que descolocó a Elena —ese gesto maternal que algunas sombras en la casa envidiaban y que otras temían—, tomó el rostro de la joven entre sus manos. Sus ojos oscuros, siempre impenetrables y cargados de secretos, brillaron con una luz protectora que Elena nunca había recibido de su propia familia.
—Tú eres lo único que me importa en esta casa llena de lobos, Elena —susurró la costurera, bajando la voz como si las paredes tuvieran oídos—. No dejes que ninguno de ellos te convenza de que les debes la vida. Tú ya estabas viva antes de que ellos llegaran con sus planes de rescate; solo necesitabas que alguien te recordara cómo rugir.
Arlette se dio la vuelta y buscó en el fondo de un pequeño costurero de madera incrustada, una reliquia que parecía haber viajado por medio mundo. Sacó un amuleto: un camafeo de plata antigua con una piedra de luna en el centro que parecía contener su propia luz.
—Lleva esto en París. Era de alguien que amaba la libertad tanto como tú, y que pagó un precio muy alto por ella. Que te sirva de recordatorio cuando las sombras se acerquen.
Mientras Arlette se alejaba hacia el fondo del taller para buscar unos hilos de seda, Elena tomó el camafeo. Al intentar guardarlo con cuidado en su bolso, golpeó accidentalmente una carpeta de cuero que Arlette tenía escondida entre los patrones de diseño. Un par de papeles se deslizaron al suelo con un sonido seco. Elena se agachó para recogerlos y su corazón dio un vuelco violento.
No eran diseños de moda. Era una fotografía amarillenta, con los bordes gastados, pero la imagen era dolorosamente clara: aparecía una mujer joven, con una sonrisa que era el vivo retrato de la de Elena, posando junto a una Arlette mucho más joven en lo que parecía ser una calle empedrada de París. Al reverso, una caligrafía elegante y firme rezaba: "Para mi hermana de alma, siempre juntas bajo el cielo de Francia. 2004".
Elena sintió un escalofrío recorrer su columna. ¿Qué hacía Arlette con una foto de su madre? ¿Por qué nunca se lo había mencionado en estos dos meses de cercanía? Justo cuando iba a confrontarla, su teléfono vibró en el bolsillo de sus jeans. Era un mensaje de texto. No era de Julián, ni de la red de seguridad del Abuelo.
Caleb: "He pasado por el Garden. Todavía quedan restos de confeti en la acera. Por cierto, he descubierto que el secreto de un buen hot dog no es la cantidad de mostaza, sino comerlo sin que nadie te dé órdenes. Mantén la gorra cerca, jefa. París necesita un poco de esa rebeldía."
Elena no pudo evitarlo. Una sonrisa genuina, la primera en muchas horas de tensión, iluminó su rostro. El mensaje de Caleb era su cable a tierra, un recordatorio divertido de que fuera de las intrigas corporativas y los secretos de sangre, existía un mundo real donde ella podía ser simplemente Elena.
Sin embargo, la calidez del momento se congeló en un instante cuando la puerta del taller se abrió de golpe, golpeando la pared. El Abuelo Vanderbilt entró, apoyado en su bastón de plata, con una expresión de desprecio que hizo que el aire del taller se volviera pesado y difícil de respirar.
—Basta de reuniones de mujeres y chismes de costura —sentenció el anciano, recorriendo el taller con una mirada de asco, como si el arte de Arlette fuera una pérdida de tiempo—. Elena, cierra las maletas ahora mismo. El vuelo sale en tres horas, pero los planes han cambiado drásticamente.
Elena se puso de pie de un salto, guardando la fotografía en su bolsillo con movimientos rápidos y nerviosos. —¿A qué te refieres con que los planes han cambiado, Abuelo? Todo estaba organizado.
Vanderbilt se acercó al ventanal del taller, ignorando por completo la presencia de Arlette, a quien trataba como si fuera parte del decorado. Miró hacia el horizonte de Manhattan con la arrogancia de un general que desprecia a sus tropas.
—París no es solo para que ustedes luzcan sus trapos y sus vanidades en una pasarela —dijo con una voz de acero que destilaba una misoginia rancia—. El desfile es solo un decorado, un telón de fondo para los hombres que realmente mueven el mundo. Vamos a cerrar un trato con la banca europea para desmantelar la última línea de crédito de los Volkov. Pero para que esos banqueros firmen, necesito que asumas un compromiso que involucra directamente tu futuro legal y tu estado civil.