Cenizas en la Pasarela

Capítulo 50.

El jet privado de los Vanderbilt, un Gulfstream plateado que cortaba las nubes con una elegancia depredadora, se sentía para Elena como un ataúd de lujo a treinta mil pies de altura. El interior, revestido en cuero crema y madera de nogal pulida, era lo suficientemente espacioso para una fiesta, pero el aire estaba viciado, denso por la tensión estática y el aroma del whisky de malta caro que el Abuelo Víctor paladeaba con una parsimonia irritante en su sillón giratorio. Cada vez que el cristal del vaso chocaba contra sus anillos de oro, el sonido retumbaba en los oídos de Elena como una campana fúnebre.

Elena se había hundido en uno de los asientos del fondo, buscando la mayor distancia física posible de los hombres que pretendían trazar el mapa de su existencia. Ignoró la copa de champagne de cristal de Baccarat que una de las azafatas le había ofrecido con una sonrisa ensayada. Llevaba puesta la gorra de los Knicks, con la visera baja, ocultando su mirada cansada y cargada de una rebelión que apenas empezaba a arder. A su lado, Caleb permanecía sentado con la espalda recta, casi como una extensión del asiento, pero su presencia era el único anclaje real que le impedía a Elena abrir la puerta de emergencia y saltar al vacío de la noche estrellada.

Julián intentó acercarse un par de veces. Se levantaba, caminaba por el pasillo alfombrado con la excusa de revisar unos informes financieros en su tablet, buscando una apertura para hablar, pero Elena ni siquiera le devolvió la mirada. Sus auriculares canceladores de ruido eran su declaración de guerra, una barrera digital contra el mundo que intentaba devorarla. Sin embargo, no pudo ignorar la vibración en el suelo del avión cuando el Abuelo golpeó suavemente su vaso contra la mesa de madera.

—Quítate esa gorra, Elena. Estamos en una reunión de negocios de alto nivel, no en un patio de juegos de Brooklyn —sentenció Vanderbilt. Su tono, seco y cortante, no admitía réplicas ni matices.

Elena se quitó los auriculares lentamente, dejando que el rugido de los motores inundara sus oídos, pero dejó la gorra exactamente donde estaba. Sus ojos se clavaron en los del anciano con una frialdad que lo hizo arquear una ceja con sorpresa. El hombre no estaba acostumbrado a que su propiedad le devolviera la mirada con tal intensidad.

—Dijiste que soy la pieza central del menú, Abuelo. Las piezas de caza no eligen su vestimenta antes del banquete, ¿verdad? —soltó ella con un sarcasmo que goteaba veneno—. Vamos, suelta la bomba de una vez. ¿A quién le has prometido mi mano esta vez? ¿Quién es ese "aliado" tan valioso que requiere que yo vuelva a pasar por un contrato matrimonial apenas meses después de haber escapado de otro?

Julián se tensó visiblemente en su asiento. Sus dedos se cerraron con tal fuerza sobre el borde de su tablet que sus nudillos palidecieron, una señal clara de que él tampoco estaba del todo conforme con el nivel de control absoluto que el Abuelo estaba ejerciendo, desplazándolo incluso a él en la toma de decisiones.

Víctor Vanderbilt dejó escapar una risa seca, un sonido raspado que no guardaba el menor rastro de afecto familiar. Se inclinó hacia adelante, dejando que las luces LED de la cabina resaltaran las arrugas profundas de su rostro, que en la penumbra parecían cicatrices de antiguas batallas ganadas a sangre y fuego.

—Necesitamos a los Moretti, Elena —dijo el nombre con una reverencia casi religiosa, como si pronunciara el nombre de un dios del Olimpo financiero—. La banca italiana y su influencia masiva en el mercado textil europeo son la última estocada que los Volkov no podrán resistir. Si los Moretti retiran su apoyo financiero y logístico a Adrián y al viejo Volkov en el próximo trimestre, ellos no tendrán ni para pagar el combustible de sus barcos de carga. Se quedarán varados en el puerto de la insignificancia.

—¿Y qué tienen que ver los Moretti conmigo? —preguntó Elena, aunque el frío en su estómago ya le daba la respuesta.

—Lorenzo Moretti —continuó el Abuelo, saboreando cada sílaba del nombre como si fuera un bocado de caviar—. El heredero de la dinastía. Es joven, ambicioso, brillante y desprecia a los rusos tanto como yo. Hemos llegado a un acuerdo preliminar de gran envergadura. Un matrimonio estratégico entre la nueva dueña de Phantom Inc. y el heredero de los Moretti consolidaría un monopolio que borraría el apellido Volkov de la faz de la tierra en menos de un año. Sería una aniquilación total, legal y elegante.

El silencio que siguió fue interrumpido únicamente por el rugido constante de los motores cortando el viento transatlántico. Elena sintió una náusea violenta subir por su garganta, quemándole el pecho. Lorenzo Moretti. Otro nombre en una lista negra, otra cara desconocida, otro hombre decidiendo su destino sobre una mesa de caoba mientras bebían licores caros.

—¿Me estás vendiendo? —susurró Elena, su voz temblando por una rabia contenida que amenazaba con estallar—. Me sacaste de las manos de un monstruo para entregarme a otro por una maldita línea de crédito y una venganza que es más tuya que mía.

—Te estoy dando un lugar en la historia, niña —escupió Vanderbilt con un desprecio que dolió más que un golpe físico—. No seas ingenua, la vida no es una de esas novelas que tanto te gusta imaginar. En este mundo de acero, el amor es una distracción para los pobres. Para nosotros, la familia es una herramienta, un activo. Julián y yo te salvamos de esas garras asquerosas porque eras útil para nuestros propósitos, y ahora es el momento de que pagues tu deuda de sangre.




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