Cenizas en la Pasarela

Capítulo 52.

La mañana en París nació con un cielo gris plomo que parecía pesar sobre los tejados de pizarra de la ciudad, como si el firmamento mismo compartiera la tristeza que Elena llevaba tatuada en el alma. La lluvia, fina y persistente, golpeaba los ventanales del Hôtel Plaza Athénée con un ritmo monótono que crispaba los nervios de cualquiera. Elena no había pegado el ojo; la revelación de Arlette sobre la fotografía en Nueva York y el intento de escape de su madre daban vueltas en su cabeza como un carrusel macabro de posibilidades perdidas.

Mientras se preparaba mentalmente para la gala de esa noche —aquella farsa donde el Abuelo pretendía subastarla a los Moretti para salvar su imperio textil—, un sobre lacrado apareció bajo su puerta. No tenía remitente, solo el sello seco de una notaría parisina desaparecida hace décadas. El papel se sentía frío, casi gélido, contra sus dedos.

Elena rompió el sobre con manos temblorosas. Dentro, un acta de defunción amarillenta, con los bordes carcomidos por el tiempo, fechada hace siete años. El nombre en letras de molde era el de su madre. El lugar del deceso: un sanatorio estatal a las afueras de la ciudad, un lugar que de nombre tenía "hospital" pero de alma tenía prisión. La causa: insuficiencia cardíaca. Pero lo que le desgarró el alma, lo que la hizo caer de rodillas sobre la alfombra de seda, fue la nota manuscrita de un enfermero anónimo adjunta al documento:

"Murió llamando a un esposo que nunca llegó. Llorando por su niña que dejaba sola y desamparada en las garras de lobos. Nadie reclamó el cuerpo. Fue enterrada en una fosa común bajo el nombre de 'Paciente 402'".

El grito de Elena no salió de su garganta; se quedó atrapado en su pecho, convirtiéndose en una piedra de hielo que amenazaba con detenerle el corazón. Su madre no estaba esperando ser rescatada en algún rincón secreto de Europa. Su madre había muerto sola, olvidada y desechada como basura por los Volkov y los Vanderbilt, mientras ella seguía atrapada en aquel sótano custodiada por Malvina, alimentando una esperanza que ya no sería posible.

—Murió sola, Caleb —susurró Elena cuando el guardaespaldas entró a la suite, alertado por el silencio sepulcral que emanaba de la habitación—. Malvina y Volkov no solo la encerraron. La borraron del mapa, de la historia... de la vida. Mientras esa mujer se pudre ahora en esa celda junto a sus hijas, mi madre ya es solo polvo anónimo en una fosa francesa.

Caleb se acercó a ella con pasos lentos. No intentó consolarla con palabras vacías ni promesas de paz que ambos sabían imposibles. Se limitó a tomar el acta de defunción, leyendo la tragedia en silencio. Sus nudillos se pusieron blancos al sostener el papel.

—La justicia que le diste a Malvina poniéndola en prisión es real, Elena —dijo Caleb con su voz profunda, una vibración que parecía sostener el mundo de ella para que no colapsara—. Pero la venganza por este papel... esa todavía no ha empezado. Malvina está sufriendo, sí, pero los hombres que financiaron ese silencio, los que firmaron los cheques para que la 'Paciente 402' nunca fuera encontrada, siguen caminando por alfombras rojas y dándose apretones de manos en París.

Elena se puso de pie, secándose una lágrima solitaria que se negaba a ser seguida por otras. Su rostro se transformó; la suavidad de la tristeza fue reemplazada por una estructura de granito. Ya no sería una pieza del tablero, ni la moneda de cambio de un viejo decrépito. La Valkiria había tomado el control total.

—Tienes razón. El Abuelo Vanderbilt y Viktor Volkov lo sabían. Sabían que ella había muerto hace años y me dejaron creer que había una esperanza de encontrarla solo para mantenerme dócil, para manipularme a su antojo —siseó Elena, su voz vibrando con un odio puro que helaba la sangre—. Esta noche, en la gala, no voy a ser el trofeo de nadie. Voy a ser el arma sin seguro. Lista para disparar al corazón de quienes me lo rompieron primero.

La puerta de la suite se abrió con prepotencia y Julián entró, luciendo un esmoquin que costaba más que la vida de diez familias trabajadoras. Su mirada evitó a Caleb, centrándose en Elena con esa intensidad posesiva que ahora le resultaba repugnante, como el rastro de una babosa sobre una rosa.

—Es hora de prepararse, Elena. Lorenzo Moretti ha enviado su escolta personal. El Abuelo te espera abajo y está impaciente. Quiere que uses el vestido negro que Lorenzo envió de Italia. Dice que es una señal de respeto hacia nuestra nueva alianza.

Elena miró el vestido negro sobre la cama. Era hermoso, sí, pero era una marca de propiedad. Se acercó a él y, ante la mirada atónita de Julián, tomó unas tijeras de costura que Arlette había dejado sobre la cómoda y rasgó la seda fina de arriba abajo con un movimiento violento, un sonido seco que llenó la habitación.

—Dile a tu "aliado" que Elena Soler no usa uniformes de gala ni marcas de ganado —sentenció Elena, arrojando los restos de seda al suelo—. Usaré el diseño de Arlette. El que tiene los hilos de mi propia historia, no la de los Moretti. Y dile al Abuelo que si quiere una nueva alianza, que use su propio bastón de plata para negociar, porque yo no estoy en venta.

Julián palideció, la rabia y el despecho por haber sido desplazado por el guardaespaldas lo estaban empujando al abismo de la desesperación.

—Estás cometiendo un error, Elena. Sin los Moretti, los Volkov podrían rearmarse. Sin nosotros, no eres nada.

—Sin ustedes, soy libre —respondió ella, dándole la espalda como quien ignora a un insecto.




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