El Grand Palais lucía como un templo de cristal bajo la lluvia de París, pero por dentro era una jaula de oro donde se gestaba una ejecución silenciosa. Al cruzar el umbral, Elena sintió cómo la atmósfera cambiaba, volviéndose densa y cargada de electricidad. Lorenzo Moretti, el heredero de la banca italiana, observaba la entrada principal con una indiferencia ensayada que se desmoronó en un segundo. Su informante secreto le había hablado de Elena Soler como una sobreviviente etérea y quebradiza, pero al verla en persona, Lorenzo sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.
La descripción se había quedado corta. Elena no solo era hermosa; era un incendio forestal envuelto en seda roja. El vestido sexy se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, resaltando cada curva con una elegancia peligrosa, pero era el fuego frío en sus ojos lo que realmente lo impactó. Lorenzo, acostumbrado a tratar con depredadores financieros, supo ver lo que los demás ignoraban: bajo esa fachada de Valkiria indomable, palpitaba un dolor antiguo que ella había decidido transformar en acero.
Él podría ofrecerle una tregua, una salida digna de ese infierno de manipulaciones, pero se preguntó si una mujer que había sido traicionada por cada hombre en su vida sería capaz de creer, aunque fuera por un instante, en la palabra de un Moretti.
—Parece que mi regalo no fue de su agrado, señorita Soler —dijo Lorenzo cuando ella llegó a su altura, su voz era una caricia de terciopelo y poder—. Pero debo admitir que el rojo le queda mucho mejor que la sumisión que su abuelo pretendía venderme.
—La sumisión nunca ha sido mi color, Señor Moretti —respondió ella, sosteniendo su mirada de obsidiana con un desafío que lo dejó fascinado—. Y el negro es para los funerales. Yo he venido a celebrar un nacimiento.
La cena comenzó en un ambiente de tensión asfixiante. El Abuelo Vanderbilt sonreía con la arrogancia de quien cree haber cerrado el trato del siglo, mientras Julián Vance vigilaba cada movimiento de Caleb con ojos de halcón, su mano derecha siempre cerca de la solapa de su esmoquin. Pero la paz de la élite se rompió cuando las puertas del salón se abrieron de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire frío y desesperación.
Adrián Volkov entró escoltado por dos hombres, luciendo como el fantasma del imperio que una vez fue. Su traje era impecable, pero sus ojos delataban la ruina. Intentó acercarse a la mesa principal, buscando desesperadamente una alianza que detuviera su caída libre.
—Vengo a proponer un negocio que los Moretti no podrán rechazar —comenzó Adrián, pero su voz tembló bajo el peso de la humillación.
Julián Vance se puso de pie lentamente, soltando una carcajada seca que atrajo todas las miradas.
—¿Negocios, Volkov? —dijo Julián con un desprecio lacerante—. No tienes nada que ofrecer excepto deudas y desgracias. Eres un perro callejero tratando de mendigar sobras en la mesa de los reyes. Fuera de aquí antes de que ordene que te saquen a patadas.
Adrián, herido en lo más profundo de su orgullo, no se quedó callado esta vez. Dio un paso al frente, apretando los puños.
—¿Tú hablas de perros, Vance? —escupió Adrián, mirando a Julián con odio—. Eres el faldero de los Vanderbilt, un hombre que no tiene apellido propio y que vive de las migajas de un viejo que pronto perderá hasta el bastón. Al menos mi imperio fue mío, mi herencia, no una limosna por cuidar a un viejo decrépito.
El silencio fue absoluto. El Abuelo Vanderbilt se puso de pie, su rostro enrojecido por la furia, golpeando su bastón contra el suelo de mármol con un estruendo que resonó en toda la cúpula.
—¡Basta! —rugió el viejo—. No permitiré que la escoria de los Volkov ensucie mi nombre en París. Has perdido tu honor, tu dinero y ahora tu lugar en este mundo, Adrián. Seguridad, saquen a este vagabundo de mi vista antes de que me arrepienta de no haberlo destruido antes.
Adrián fue arrastrado hacia afuera bajo las burlas susurradas de la aristocracia. Elena observó la escena enfocada en su copa de cristal, sin mostrar un ápice de compasión. Lorenzo, por su parte, observaba el espectáculo con una sonrisa cínica; para él, ver a los Volkov y los Vanderbilt despedazarse era simplemente entretenimiento antes del plato principal.
Después del incidente, la orquesta comenzó un vals lento. Lorenzo se puso de pie y, con una elegancia impecable, extendió su mano hacia Elena.
—Concédame este baile, señorita Soler. Es hora de hablar de los negocios que realmente importan.
En la pista de baile, Lorenzo quería jugar el papel del príncipe al rescate. Estaba preparado para ofrecerle protección a cambio de su lealtad, pero quedó totalmente asombrado cuando Elena, mientras giraban bajo las luces, le habló con una frialdad técnica que no esperaba.
—No busco un salvador, Lorenzo. Busco un socio —susurró ella, deslizando un pequeño objeto metálico hacia la mano del italiano—. En este pendrive están las pruebas que alguien de mi confianza recolectó durante años. Transferencias, registros médicos de mi madre y la red de corrupción que une a Vanderbilt con los Volkov. Úsalas para hundirlos y quédate con el imperio. Yo solo quiero mi libertad y Phantom Inc.
Lorenzo detuvo sus pasos por un segundo, mirando el dispositivo con incredulidad. Había esperado una súplica, no un contrato de ejecución firmado con sangre.