Cenizas en la Pasarela

Capítulo 55.

El Grand Palais se había convertido en un sepulcro de mármol y ecos. Afuera, París era un caos de luces azules y rojas que rebotaban contra la lluvia persistente, pero dentro, el silencio pesaba más que el oro que decoraba las imponentes columnas corintias. El aire todavía sabía a pólvora y a sangre, una neblina baja que se negaba a disiparse, como si los fantasmas de la noche se resistieran a abandonar el escenario donde sus imperios habían muerto. Los cristales de la cúpula, rotos por las balas, dejaban filtrar el frío de la noche, recordando a los sobrevivientes que la elegancia era solo una máscara frágil.

Elena Soler no sentía el frío. Sus manos, antes impecables y delicadas, estaban teñidas de un carmesí espeso que empezaba a secarse bajo sus uñas como una marca indeleble. No se apartó de Caleb ni un milímetro cuando los paramédicos de la unidad de élite francesa llegaron a su lado con gritos de urgencia. El mundo, para ella, se redujo a la luz blanca de las linternas de emergencia y al sonido rítmico, casi agónico, de la respiración de su protector. Cada exhalación de Caleb era un recordatorio del precio de su libertad.

—¡Tienen que salvarlo! —la voz de Elena no fue un grito, sino un mandato cargado de una autoridad que nunca antes había usado. Ya no era la voz de una víctima; era la de una mujer que había reclamado su trono sobre las ruinas.

Lorenzo Moretti apareció a su lado, su figura impecable contrastando violentamente con el desastre que lo rodeaba. Puso una mano firme en el hombro de Elena, no para consolarla con una falsa calidez, sino para anclarla a la realidad.

—Denle la mejor atención que la medicina pueda comprar —ordenó Lorenzo a los paramédicos, su voz resonando con el peso del dinero y la influencia que solo un Moretti poseía—. Si este hombre muere, consideren sus carreras terminadas. Mi banco pagará la factura, pero quiero resultados inmediatos.

Mientras subían a Caleb a la camilla, Lorenzo sacó su teléfono satelital del interior de su esmoquin. No esperó al amanecer ni a los protocolos legales. El trato estaba sellado en sangre y él era un hombre de negocios que sabía exactamente cuándo ejecutar una orden de venta masiva para destruir a un competidor.

—Ahora —dijo Lorenzo a su interlocutor al otro lado del mundo, con una calma que helaba la sangre—. Filtra los archivos de Elena. Todos. Quiero que las cuentas de Vanderbilt en las Caimán se iluminen como un árbol de Navidad para la Interpol. Y envíen la auditoría forense de Viktor Volkov a la prensa financiera de Londres y a la bolsa de valores. Ahora mismo. Que no quede nada en pie.

A unos metros de distancia, el Abuelo Vanderbilt era escoltado por dos oficiales de la policía francesa. Ya no se arrastraba; intentaba recuperar una pizca de esa dignidad rancia que lo había definido, pero el esfuerzo era patético. Su rostro, una vez la cara del poder absoluto y el terror empresarial, era ahora una máscara de decrepitud y derrota. Al pasar frente a Elena, sus ojos se cruzaron por un segundo. El viejo intentó mover los labios, tal vez para una última manipulación o una súplica disfrazada de consejo, pero Elena simplemente lo miró con una indiferencia tan gélida que el hombre pareció encogerse físicamente bajo su esmoquin arrugado. Ya no era ese abuelo que pretendía ser el dueño de su vida; era un extraño patético camino a una celda de la que nunca saldría vivo.

Sin embargo, el verdadero cierre de la noche estaba ocurriendo en el centro del salón, lejos de las sirenas y los flashes.

Adrián Volkov se había quedado solo frente al cadáver de Julián Vance. El cuerpo de Julián yacía rodeado de cristalería fina rota, su sangre mezclada con un Chateau Margaux de cinco mil dólares que ahora empapaba el mármol. Adrián miró el rostro inerte de su antiguo enemigo con una mezcla de náusea y revelación. Minutos antes, mientras los oficiales revisaban el perímetro, Adrián había encontrado un documento arrugado en la chaqueta de Julián: un contrato de exclusividad firmado de puño y letra por su propio abuelo, Viktor Volkov, a sus espaldas.

Julián nunca habría sido un buen aliado; la lealtad era un concepto que no existía en su vocabulario de ambición. Había sido el parásito perfecto que alimentó la guerra entre los Volkov y los Vanderbilt solo para quedarse con los restos del festín. Había conspirado con el patriarca Volkov para desplazar a Adrián y convertirlo en un títere desechable.

Adrián sintió una náusea profunda golpeándole el estómago, pero luego, una calma amarga lo invadió. Recordó la pasarela en Nueva York, cuando Phantom se presentó por primera vez y él creía estar en la cima del mundo. Recordó cómo Julián, con una arrogancia insoportable, había alzado una copa de cristal frente a él, burlándose de su supuesta derrota.

Lentamente, Adrián levantó su mano derecha. Estaba vacía, pero sus dedos se cerraron en el aire como si sostuviera la copa de cristal más fina del mundo. Con un gesto pausado, casi litúrgico, inclinó la copa imaginaria hacia el cadáver de Julián.

—Por tu nueva casa, Julián —susurró Adrián, su voz cargada de un veneno tranquilo que cortaba el aire—. Espero que el infierno sea tan lujoso como creías que sería tu imperio. Me dijiste aquella vez que un brindis era la mejor forma de celebrar una caída... tenías razón. Esta es la mejor caída que he visto.

Fue un brindis de sombras. Adrián dejó caer la mano, permitiendo que la copa invisible se rompiera contra el suelo, y se alejó sin mirar atrás, dejando a su "enemigo" en la soledad del mármol frío.




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