Cerca del peligro

Capítulo 1: El peor día posible

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Capítulo 1: "El peor día posible"

El eco del último acorde aún vibraba entre mis dedos cuando abrí los ojos.

Silencio.

Perfecto.

Perfecto.

Así tenía que sonar. Así siempre tenía que sonar.

Bajé las manos del piano y respiré hondo, sintiendo cómo la tensión abandonaba mis hombros milímetro a milímetro. La madera pulida del teclado aún conservaba el calor de mis dedos después de tres horas de contacto constante. Frente a mí, la partitura de Chopin me devolvía la mirada con sus manchas de tinta y anotaciones al margen: más legato, respira aquí, no apresures —escritura apretada y obsesiva que reconocía como propia. Llevaba tres horas practicando el Nocturno en Do menor. Tres horas repitiendo los mismos compases hasta que cada nota cayera en su sitio como una gota de agua.

La luz de la tarde se filtraba a través de la ventana del aula de práctica, alargando las sombras de las estanterías llenas de métodos y tratados de armonía. Partículas de polvo flotaban en el haz de luz como pequeños planetas en suspensión. Olía a papel viejo, a madera encerada, a los restos de café frío que alguien había dejado en un vaso de cartón sobre el alféizar.

Así es como funciona la perfección.

No es un accidente. Es obsesión.

—Sabes que ya son las cuatro de la tarde, ¿verdad?

La voz de Emma irrumpió en mi burbuja como una piedra lanzada a un estanque. Giré en el taburete —la madera crujió bajo mi peso— y la encontré recostada contra el marco de la puerta del aula de práctica, con una manzana en la mano y esa sonrisa suya que parece decir el mundo es maravilloso y tú eres ridícula por no darte cuenta. Llevaba su uniforme de todos los días: jeans rotos en la rodilla izquierda, sudadera holgada de la universidad, el pelo recogido en un moño desordenado que amenazaba con desmoronarse.

—Las cuatro —repetí, como si necesitara procesarlo.

El número flotó en el aire entre nosotras, ajeno y absurdo. ¿Cómo podían haber pasado tres horas? Sentía los dedos rígidos, la espalda tensa, los ojos secos de tanto mantenerlos fijos en las partituras.

—Las cuatro. Llevas aquí desde la una. No has comido y tienes los dedos morados.

Miré mis manos. Emma exageraba, como siempre. Solo estaban un poco enrojecidos, las yemas ligeramente inflamadas, las uñas mordisqueadas —un mal hábito que creí haber dejado en la secundaria y que volvía cada vez que la presión se instalaba en mi pecho como un animal enquistado.

—La presentación es en cuatro semanas —dije, volviéndome hacia el piano. El teclado me devolvió el reflejo de mi propio rostro en la laca negra: facciones tensas, cejas fruncidas, el pelo castaño escapándose de la coleta—. El profesor Markov dijo que mi digitación en el tercer movimiento todavía es...

—Perfecta. Dijo que era casi perfecta. Y tú escuchaste el casi y decidiste destruirte las articulaciones.

Soltó una mordida a la manzana con un crujido deliberadamente alto.

Casi.

Esa palabra me perseguía desde los seis años, cuando mi primera profesora de piano dijo casi llegas al acorde, Isabell. Casi. Casi. Casi. Una palabra que sabía a aprobado raspado, a esfuerzo insuficiente, a no eres lo suficientemente buena, pero te lo diremos con amabilidad para que no llores.

La odiaba.

La amaba.

No entendía cómo alguien podía ser tan irritantemente optimista y tan leal al mismo tiempo, pero por eso era mi mejor amiga. Porque cuando el resto del mundo me decía es suficiente, ella sabía que yo necesitaba escuchar está bien no ser suficiente hoy.

—Ven —dijo, extendiéndome la mano libre. Sus dedos tenían restos de brillantina de alguna manualidad que seguro había estado haciendo en la clase de didáctica—. Roma nos espera en la cafetería y tienes esa cosa de familia esta noche, ¿no?

Esa cosa de familia.

Suspiré mientras guardaba la partitura en mi mochila. El papel crujió entre mis dedos, y lo doblé con el cuidado de quien sabe que cada pliegue mal hecho puede significar tener que pedir otra copia al profesor. Cerré la tapa del piano con un golpe sordo y el silencio que siguió fue tan absoluto que casi dolió.

Qué forma tan amable de decir mis padres van a decidir algo importante por mí sin preguntarme qué pienso.

🎵🎵🎵🎵🎵🎵🎵🎵🎵🎵

La cafetería de la facultad de Música siempre olía a café quemado y a frustración estudiantil. Era el perfume oficial de los que eligieron una carrera artística y todavía no saben si van a terminar dando conciertos en Europa o dando clases a niños de cinco años.

Las máquinas de espresso gorgoteaban detrás del mostrador como enfermos terminales, y el sonido de las tazas chocando contra los platillos creaba una percusión aleatoria que se mezclaba con fragmentos de conversaciones: alguien discutiendo sobre la digitación de un pasaje de Liszt, otro quejándose de que su profesor de análisis no había puesto las notas a tiempo, una risa estridente que cortaba el aire cada poco segundos.




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